Una visita por New York (NYC)

Mi hija Sara me propuso que este año podíamos ir a NYC para hacer algo diferente. Los dos habíamos estado con anterioridad, yo en tres ocasiones por razones profesionales y Sara en una ocasión, pero nos apetecía tener la experiencia conjunta y diferente.

La llegada fue en hora y tras un viaje plácido en avión. Tomamos el metro en el aeropuerto, ese tren que va casi por el aire y que sale en las películas de la serie negra o en las que describen los lugares más vulnerables de la sociedad. La primera sorpresa fueron los letreros del interior donde se hacía recomendaciones sobre el consumo de cannabis, con edad superior a los 21 años, no hacerlo en público y hacerlo con moderación, tres de las frases en inglés y una en castellano.

Nuestro hotel fue el Hotel Blakely, está situado en la calle 55, entre la 6ª (Avenida de las Américas) y la séptima, justo enfrente del hotel está el New York City Center; Central Park está a cinco-seis calles y, hacia el otro lado, a otras cinco-seis calles se encuentra Times Square. Es decir, estábamos en un lugar estratégico. Un hotel un tanto decadente de aspecto, con fachada en ladrillería de tonos rojo ennegrecido, típico de películas de los años cincuenta del siglo pasado, sobre todo de la serie policiaca, con un lobby largo y estrecho, con sillería acolchada en tejidos que simulaban damascados y una decoración en madera de tonos oscuros.

Lo que llama la atención de NYC es el mal olor que tiene la ciudad y los montones de bolsas de basura negras en casi todas las calles. Llama poderosamente la atención estas dos circunstancias. En un momento dado pareciera como que NY estaba retando al sr. Almeida, alcalde de la Villa y Corte de Madrid, para dilucidar qué ciudad estaba más sucia.

En varios lugares hay hombres y mujeres abandonados, incluso en estos barrios del centro de NYC, son los home-less, algunos tienen su carrito de supermercado, pero otros solo tienen un recinto perimetrado por ellos  mismos. Cerca del hotel, quizá a unos 100 metros hacia la 7ª, me percaté de unos colchones en el suelo y unas sábanas que era la protección de esos colchones y algunas bolsas encima de los colchones cubiertas por otras sábanas. Una mañana, por fin, vi a sus habitantes y me quedé largo tiempo para observarles; eran tres personas: un hombre, una mujer ambos de edad media, muy delgados y las facciones muy marcadas, la tercera persona era un muchacho como de unos 15-17 años, parecía que estaba mejor alimentado. El muchacho estaba recostado sobre los colchones, sin hacer nada especial. Los que debían ser sus padres estaban sentados, no se miraban ni buscaban contacto alguno, tampoco hablaban entre sí, las miradas de ambos estaban mates, perdidas en un punto del infinito, la inexpresividad de la mirada y la ausencia de mímica facial completaba este cuadro que me llamó la atención. En todo el tiempo tampoco se dirigieron la palabra entre sí para nada, como si su situación hubiera borrado la comunicación o las interacciones personales.

Visitamos los cuatro museos más importantes: El de Ciencias Naturales, el Gugenheim, el Metropolitan (MET) y el MOMA. Sara y yo disfrutamos las visitas, comentamos, nos fotografiamos. Daba gusto hacerlo y compartirlo entre los dos. El de ciencias naturales es un museo interesante y bien armado, combina bien los contenidos prehistóricos con los de la naturaleza en África o las tribus americanas. En la cola para entrar, delante nuestra había tres chicos con su padre, españoles, dos de los chicos con la banderita en la muñeca y el padre engominado y repeinado. Casi una hora de espera en la cola, hablamos en español todos, no nos dirigimos la palabra, curiosa circunstancia.

El museo Gugenheim, ubicado en la zona alta de la 5th, frente a Central Park, es un museo encantador y muy accesible y fácil de ver para el visitante con su disposición de cuatro plantas en espiral y con una iluminación fantástica. En esta ocasión la exposición fue para disfrutar, uno de mis pintores favoritos: Vasili Kandisky, sus colores, sus formas, su tratamiento del espacio y la combinación que hace es toda una muestra de su maestría con los pinceles.

El MET resulta espectacular, con una escalinata al exterior también en la 5th, sus escalinatas se llenan de gente joven sentada al sol neoyorkino. La sección de arte egipcio hace clamar a Sara que entre Londres y NYC han vaciado Egipto. Hablamos también de las salas de pintura europea y de algunas piezas de pintura de reyes españoles y la caballería con armaduras medievales. En el MET había una exposición de moda actual digna de ser vista y comentada.

Siempre que voy a NYC acudo a ver el MOMA, una experiencia de salud mental. En esta ocasión ha sido muy especial. Había obras de remodelación en la sexta planta y habían realizado una recolocación de cuadros en la quinta planta, pues bien en dos salas había colocado la mayor concentración de talento y arte puro: Mattisse y sus escenas parisinas, Dugas y sus bailarinas, van Goch con el gran cuadro de la noche, Klim y su mujer desnuda, el triple grito de Munch, Cezanne y sus nenúfares acuáticos, Picasso con su versión de las señoritas de Avignon, un cuadrito de la época azul y otro que recordaba los inicios del cubismo con Juan Gris, Miró añadía a las pinturas una pequeña escultura singular y Dalí con su cuadro de los relojes doblados, Margaritte con sus cuadros inquietantes, Modigliani con sus retratos con ojos vacíos y, de nuevo Kandisky y, por fin, Warhol con sus botes de sopas. Las performances más o menos afortunadas o atractivas son salas típicas del MOMA.

Cenamos en el Rock Art y vimos el mítico bajo Honner de Paul Mc Cartney o las guitarras de John Lennon, Keith Richard de los Rolling Stone, Jimi Hendrix y la del punteo de The Eagles, Glenn Frey. Buena música durante la cena.

Hicimos un trayecto de muy grato recuerdo en barco por el río Hudson y me situé en la popa para que me diera la brisa, la vista de NYC desde el río es diferente y la perspectiva de la estatua de la libertad se hace más entrañable, aunque yo sigo prefiriendo la original de París en el río Sena. Aprovechamos para ver el Navy Museum, muy curioso de ver.

Otra visión diferente de NYC fue desde las terrazas del edificio más cinematográfico: el Empire State, donde nos hicimos fotos de guiri total. Un atardecer con puesta de sol y sus tonos rojizos pálidos y las luces de los edificios que se iban prendiendo como luminarias. Completamos esta visión con una visita al Rockefeller Center y Rockefeller Space, también con las típicas fotos en la plaza y pista de patinaje Rockefeller, esa que en invierno se dedica a patinaje sobre hielo y sale en todas las películas románticas y de temática navideña, y los chorritos de agua que delimitan un espacio interior para esas fotos tan típicas y tópicas.

El paseo nocturno por Times Square fue un trayecto obligado, lleno de gente y viendo cola de gente para sentarse en las míticas escaleras rojas. El paseo por el puente de Brooklyn nos llevó a Little Italy, Chinatown y el Soho. Allí estaban esos edificios tan típicos con las escaleras metálicas en la fachada de las casas y que hemos visto en las películas de la serie negra o de espionaje donde se rodaban las fugas más espectaculares subiendo a las terrazas o bajando las escaleras hacia las calles sucias, cuya salida hacia esas escaleras siempre se hace por las ventanas de alguna habitación.

Lo mejor de todo: el tiempo disfrutado con Sara y las chalas entre nosotros de temas banales y de temas más serios. Viaje que repetiría sin dudarlo, Sara es una mujer divertida, con chispa, inteligente y culta, por ello los viajes resultan encantadores. Llevamos realizados París, Oslo, Venecia, Florencia, Buenos Aires y ahora NYC, seguiremos haciendo viajes de este tipo.