La economía del planeta exige la paz inminente en Ucrania

El mundo vive inmerso en un proceso de consumo desatado después de una pandemia que ha afectado psicológicamente a los países con más restricciones como España e Italia en la Unión Europea. El consumo desmedido, el ahorro acumulado en pandemia y los cuellos de botella en la llegada de materiales de China ya nos colocaron al empezar el año en un proceso de subida de precios y espiral inflacionista alegre o de puro consumo como nos gusta llamarlo a los economistas.

Pero el conflicto de Ucrania ha añadido leña al fuego de materias primas y de suministros energéticos lo que complica todo sobremanera en una economía que arde de recalentamiento por el consumo.

Veamos; en Bruselas, la Unión Europea acordó prohibir hasta 90% del petróleo ruso destinado al mercado europeo para fines de este año. En mayo, aproximadamente 500.000 barriles de petróleo diarios llegaron de Rusia a Europa, lo que significa un tercio de los que ingresaban antes de la invasión rusa a Ucrania del 24 de febrero de este año. Esto sucede cuando el precio del barril (Brent) asciende a 120 dólares en el mercado mundial, en tanto que el valor del barril del Ural (medida rusa equivalente al Brent) alcanza a 93 dólares. Lo que representa un descuento de casi 30. El Ural es el precio al que Rusia vende el crudo a China e India, entre otros.

Inmediatamente de tomar la decisión de Europa de prohibir las importaciones de petróleo ruso, Jamie Dimon, CEO de JP Morgan Chase, uno de los 3 principales Fondos de Inversión de EE.UU y del mundo, advirtió que se aproxima “un huracán” en el sistema financiero internacional, que puede ser incluso “…una Supertormenta Sandy”, la catástrofe que se abatió sobre los estados del Golfo de México en 2021, y que destruyó amplias regiones de Louisiana, en la más ruinosa tormenta de la historia norteamericana.

En la misma presentación, Dimon sostuvo que el precio del petróleo puede subir hasta 175 por barril a fin de año, un alza de más de 40% respecto a los niveles actuales. Esto implica una sola cosa: se aproxima en EE.UU. y en la economía mundial una recesión en 2024, si no se toman medidas.

Esta situación surge directamente de la Guerra de Ucrania, combinada con las sanciones internacionales impuestas a Rusia por EE.UU., la Unión Europea y Gran Bretaña, que constituyen un solo conjunto sistémico en relación a la economía mundial. En la misma semana en que Dimon realizaba su advertencia “meteorológica”, el presidente Joe Biden le entregaba a Ucrania un sistema de misiles con un alcance de entre 80 y 500 kilómetros de distancia, denominado Himars, acompañado por municiones de alta precisión capaces de alcanzar blancos a no más de 70 kilómetros, con el compromiso del presidente ucraniano Zelenski de no utilizarlos contra territorio ruso.

Rusia asume que el conflicto de Ucrania se ha transformado en una guerra global de largo plazo, que EE.UU. y la OTAN despliegan contra ella, y en la que el papel que cumplen las fuerzas ucranianas es subordinado y accesorio dentro de la ofensiva estratégica norteamericana. Por eso ha adoptado una estrategia defensiva, destinada a consolidar posiciones en el Sudeste de Ucrania, con eje en la Región del Donbass, donde más de 80% de la población es de lengua rusa y prorusos.

Dentro de esta estrategia defensiva, Rusia desarrolla una ofensiva destinada a cercar a las fuerzas ucranianas situadas entre el Dnieper y el Donbass, un operativo que se despliega en las cercanías de la frontera rusa, y que parece estar en su fase final.

Putin presume que el tiempo como factor estratégico juega a su favor, y lo hace en 2 dimensiones. La primera es Europa donde Francia, Alemania, e Italia señalan que ha llegado el momento de poner término a la guerra, que ha desatado tres grandes “catástrofes” en la economía mundial – las crisis alimentaria, energética, e inflacionaria -; y para eso hay que negociar con Rusia, reconociendo la legitimidad de sus intereses de seguridad frente a Ucrania; y la segunda, y verdaderamente decisiva, es EE.UU. – allí está el verdadero epicentro de esta guerra global -, donde el presidente Biden es el Comandante en Jefe más débil de la historia estadounidense en un conflicto de este tipo.

En la posición estratégicamente defensiva asumida por Rusia en Ucrania existe el compromiso asumido por Putin el 9 de mayo (aniversario de la derrota del Tercer Reich) de evitar sistemáticamente el estallido de una tercera guerra mundial debido al choque bélico directo entre Rusia y EE.UU., las 2 principales potencias nucleares del mundo.

Por eso Putin apuesta al tiempo como factor estratégico, que implica, en primer lugar, la recuperación del legado del General De Gaulle en Europa (autonomía estratégica frente a EE.UU).

Pero la clave de esta Primera Guerra Global del siglo XXI está en EE.UU., donde el indicador fundamental es un nivel de inflación de 8,3% anual en abril, y 8,5% en marzo, el más elevado de los últimos 40 años.

“La Guerra es la madre de todas las cosas” y es la que impulsa los grandes cambios en el mundo, que siempre tienen por definición un carácter cualitativo. Esto significa que la historia busca ante todo la unidad después de una etapa de contradicción exacerbada como la de la Guerra de Ucrania.

El orden global fundado en el poder militar de la OTAN imperante en Europa hasta el 24 de febrero de este año está muerto, aunque todavía no sepultado. El próximo paso es negociar una salida, necesariamente imperfecta, temporaria, frágil, pero siempre orientada al futuro (el pasado pasó, y no vuelve más).

Lo importante es descubrir el sentido de las cosas, el rumbo de los acontecimientos, el vector que canaliza la energía de los hechos humanos. Lo mejor que tienen los estadistas es su instinto y de eso se trata en Ucrania hoy.