La Unión Europea presiona a Rusia como nunca lo hizo antes para el fin de la guerra  en Ucrania

La tasa de inflación en Alemania, líder económico de la Zona Euro y la cuarta economía del mundo (4,2 billones de dólares/5,5% del PIB global) alcanzó a 8% anual en marzo, el mayor nivel en 40 años; y esto ocurrió por un salto en los precios de la energía, que aumentaron 39,5% en un año, debido al shock energético provocado por la guerra de Ucrania.

El gobierno alemán anunció que comenzaba a limitar la provisión de gas en todo el territorio de la República Federal, porque el gas ruso, que cubre más de 60% de la demanda alemana, sería recortado en un 30%, o más, por la disputa sobre la forma de pago: Rusia reclama que se abone en rublos el gas que provee, no en euros.

Christine Lagarde, presidente del Banco Central Europeo (BCE), sostuvo que la guerra de Ucrania golpea a la economía europea, elevando los precios, recortando el crecimiento, y debilitando la confianza de consumidores y empresarios; y, por lo tanto precisó que a medida que la guerra se prolonga, mayor será el costo económico, y más elevada la posibilidad de escenarios negativos con mayor tiempo de recuperación. Lagarde advirtió también que el precio récord del petróleo y el gas ya recortó los ingresos de la Eurozona en 1,2% en el cuarto trimestre de 2021, lo que implica una pérdida de más de 150.000 millones de euros el último año. La titular del BCE caracteriza la situación creada en Europa por la guerra de Ucrania en estos términos: los precios de la energía se han incrementado más de 55% desde comienzos de año (52% el gas; 64% el barril de petróleo), en tanto la inflación alimentaria es la más elevada desde que se llevan registros, debido a que Rusia y Ucrania responden por más de 30% de las exportaciones mundiales de trigo, y la Federación Rusa y Bielorrusia producen más de 40% del potasio global.

El canciller Olaf Scholz afirmó en el Bundestag que la prohibición de importar combustibles fósiles (petróleo y gas) de origen ruso al mercado alemán acarrearía una profunda recesión, y desataría de inmediato una honda crisis económica, debido fundamentalmente a que el shock energético, alimentario, y manufacturero, ha reducido drásticamente la capacidad de gasto de los consumidores; y por eso, la recesión que se pronostica ocurriría acompañada de un salto inflacionario que elevaría los precios 9% anual, o más.

Este sería, en suma, el mayor nivel de aumento de los precios al consumidor de la historia de la República Federal desde su fundación en 1949; y lo mismo ocurriría con Alemania del Este, reunificada con la RFA en 1990, tras la caída del Muro de Berlín en noviembre de ese año.

Al mismo tiempo, el Consejo de Asesores Económicos del canciller Scholz redujo en 2,5  puntos las previsiones de crecimiento de la RFA que había formulado en enero de este año, llevándola de 4,6% anual a 1,8%, mientras que la tasa de inflación trepaba de 2,6% a 6,1% anual en ese mismo periodo, previendo niveles de doble dígito al concluir el año

Por su parte la Comisión Europea sostuvo que el índice de expectativas económicas de marzo se redujo en 5.4 puntos, hasta alcanzar a 108,5, el menor nivel del último año, debido fundamentalmente al hundimiento de la confianza de los consumidores que representan el 75% del PIB. Por eso, la presión para terminar con la guerra de Ucrania a través de una negociación efectiva de paz es cada vez mayor en Europa, ante todo en Francia y Alemania; y esto se contrapone con la política del presidente Joe Biden de descartar las negociaciones e incentivar el conflicto, lo que implica radicalizarlo, como lo puso de relieve en su discurso de Varsovia, en nombre de Occidente.

Toda la discusión sobre si el conflicto de Ucrania se ha transformado o no en una guerra prolongada, se refiere a aceptar o rechazar las negociaciones de paz con Rusia. No es una discusión estratégica de orden general lo que está en juego, sino estrictamente dos opciones políticas de extrema importancia; y esto depende de que Europa recupere o no su autonomía estratégica. Es lo que para Francia puede denominarse “el instinto gaullista”; y esto, en este momento intransferible de la historia de Europa y del mundo, implica recuperar la autonomía frente a EE.UU., e iniciar negociaciones directas con el presidente Vladimir Putin, reconociendo la legitimidad de sus reclamos de seguridad frente a la OTAN.

Alemania es la única gran potencia industrial en la que no hubo retroceso manufacturero, ni participación en el fenómeno de la economía post-industrial, fundada en los servicios. Por eso, lo que afirma su industria, cuyos dos vectores fundamentales son la automotriz y las grandes empresas químicas, es lo que establece el rumbo de la República Federal, antes o después.

BASF, la mayor compañía química del mundo, afirmó que el corte del gas y el petróleo ruso sumergiría a la economía alemana en la mayor crisis desde el fin de la Segunda Guerra Mundial con una recesión profunda de su actividad productiva. La cultura alemana, la de Hegel, la de Bismarck, la de Marx, se funda en distinguir que es lo esencial y que es lo accesorio, y apuesta siempre a lo principal. El núcleo duro de la Unión Europea camina unida y eso impone siempre por muy potente que se sea.