Su “el dorado” está en su país

Tras dos años de obligada parada he aprovechado la Semana Santa para retomar los caminos que siempre me gustó transitar, hice la mochila y puse rumbo a África; en concreto a la región de Saint Louis en esa parte de Senegal fronteriza con Mauritania. Además de recorrer rutas que ya conocía, pude reconectar con el continente más olvidado y tener nuevamente la oportunidad de conocer personas y proyectos que me van llenado de vida y me devuelven ese optimismo que he ido perdiendo a fuerza de ver telediarios y de leer la prensa diaria.

De todo lo que he podido conocer en estos escasos días, uno de los proyectos que más me ha impactado es el Centro Cultural Aminata; localizado en Gandiol, un área rural en el Parque Nacional de la Lengua de Barbarie. No fue más que un breve encuentro con su director Tèkheye Ka y alguno de sus colaboradores, pero fue también toda una lección de vida. Mientras nos enseñaban unas instalaciones ejemplo de sostenibilidad medioambiental y desarrollo comunitario, nos demostraron que nada tienen que envidiarnos en talento e innovación; que si miles de compatriotas suyos deben seguir emigrando a diario desde las costas de esa misma región no es por falta de ideas o por no saber qué hacer sino por carencia de recursos y de oportunidades.

El Centro es una actividad promovida por la asociación local Hahatay (son risas de Gandiol), fundada por Mamadou Dia, un joven migrante que tras vivir unos años en España decidió volver a su país y crear esta asociación que trabaja con el concepto de la etnia wolof: “Menenek” (que significa es posible). Su misión es asegurar que todas las personas puedan vivir de acuerdo a su dignidad siendo protagonistas de sus vidas y motor de su propio desarrollo y libertad. Aunque ellos, para explicármelo, usaron unas palabras que me sonaron a auténtica poesía, usaron el símil colonial español de ”el dorado” para incidir en cómo los humanos buscamos un tesoro que hemos creado en nuestra cabeza sin tener una certeza clara de que realmente exista.

Cuántos jóvenes emprenden a diario desde África la incierta travesía en busca de ese “el dorado” europeo, que la leyenda forjada por los que partieron antes ha fijado en el imaginario de tantas generaciones, cuando en realidad ese tesoro que buscan lo tienen en su propio país. Aun reivindicando las migraciones como el derecho humano que es, trabajan para concienciar a los suyos en que organizándose, reivindicando lo que les pertenece y reclamando el fin de los expolios de sus riquezas (porque las colonias acabaron, pero no el colonialismo) conquistaran su propio futuro, en su tierra.

Actividades culturales, proyectos de emprendimiento desde una perspectiva de género, formación, cine, encuentros interculturales y, sobre todo, desarrollo comunitario forman un programa de acción que incide en mantener viva una comunidad de más de treinta mil almas y que sólo necesita de nuestro apoyo y solidaridad porque del resto ellos andan bien pertrechados.

Volveré con más tiempo, me hicieron sentir como en casa y tienen todavía tanto que enseñarme… Esta es la gran paradoja de nuestra Europa satisfecha, creemos que somos mejores porque hemos conseguido una calidad de vida muy alejada de la de ellos, cuando en realidad nuestra única hazaña ha sido llegar los primeros a lo que era expoliable.