El PP blanquea el peligro ultra

Fue Karl Popper quien alertó sobre los límites de una sociedad tolerante. Tolerar a los intolerantes pone en riesgo nuestra supervivencia como sociedad. Por eso en Europa se reclama un cordón sanitario ante el avance de los intolerantes. Y por eso en España denunciamos al PP de Feijóo cuando intenta normalizar el acceso de los intolerantes al poder.

El contraste entre lo ocurrido en París y en Valladolid durante los últimos días deja en completa evidencia al “nuevo PP”. Mientras todos los demócratas franceses hacen causa común frente al avance ultra, la dirección del PP que encabeza Feijóo ofrece consejerías y leyes a la extrema derecha en el gobierno castellano y leonés.

Vox no es un partido más. Su programa no es otro compendio de propuestas más o menos acertadas. Vox, su ideología, sus valores, sus planes, sus dirigentes, son un peligro para todos los que no piensan como ellos, para la democracia, para la convivencia en paz, para la sociedad misma.

Acierta Pedro Sánchez cuando dice que “ni siquiera son conservadores, porque no quieren conservar lo mejor que hemos construido entre todos: nuestra convivencia democrática”.

En Francia lo saben. Por eso todas las fuerzas políticas democráticas, de izquierdas y de derechas, se unen para evitar que los ultras inoculen su veneno desde los ámbitos de poder. En España, Feijóo y los suyos también lo saben, pero anteponen su ambición de poder al interés de los españoles.

Hay, al menos, diez razones objetivas para considerar a los ultras como un peligro, un peligro a identificar, a aislar y a parar.

Uno. Los ultras hacen política desde la pura emocionalidad, dividiendo a la sociedad entre amigos a los que querer y enemigos a los que odiar.

Las herramientas de la convivencia democrática son la razón, el diálogo y el entendimiento. Los ultras prefieren vencer a convencer. En democracia, hay adversarios con los que discrepar o acordar. En el universo ultra, solo hay enemigos, a los que deslegitimar y tumbar.

Dos. Los ultras pretenden acabar con el consenso constitucional que fundamenta nuestra convivencia en paz desde hace más de cuarenta años. No reconocen la autonomía de nacionalidades y regiones del artículo 2, ni la pluralidad política del artículo 6, ni la legitimidad de los sindicatos del artículo 7, ni la distribución territorial del poder del título 8…

Tres. Los ultras ponen en riesgo la integridad y la vida de la mitad de la población, negando la existencia de la violencia de género y abogando por derogar las leyes que protegen a las mujeres de sus asesinos y maltratadores.Cuatro. Los ultras no creen en el proyecto común de Europa, que es la mayor esperanza para el avance de la civilización en el mundo, y pretenden alinear a España con los parias anti-europeos, como Le Pen, Orban, Salvini y compañía.

Cinco. Los ultras reivindican sin complejos la dictadura de Franco e insultan la memoria de sus víctimas asesinadas, exiliadas, encarceladas y perseguidas por defender la libertad. La última referencia de Abascal al martirio antifascista de Guernica, con motivo de la alocución del presidente ucraniano ante las Cortes Generales, avergonzó a la gran mayoría de los españoles.

Seis. Los ultras amparan la corrupción, como lo demuestra el hecho de que su portavoz parlamentario ha sido condenado por no pagar sus deudas, sin haber asumido responsabilidad política alguna.

Siete. Los ultras planean acabar con el Estado de Bienestar y los servicios públicos de sanidad, educación, dependencia y Seguridad Social, en virtud de sus propuestas de recortes drásticos en los impuestos.

Ocho. Los ultras ponen en riesgo el medio ambiente, negando el cambio climático y combatiendo todas las medidas orientadas a evitar el desastre del calentamiento global.

Nueve. Los ultras buscan la homogeneidad social y rechazan las políticas de respeto y protección de la diversidad. La introducción del llamado pin parental es una buena medida de ello.

Diez. Los ultras promueven el señalamiento y la discriminación de los inmigrantes pobres, latinos y africanos, intentando culparles falsamente de todos los males sociales.

Hasta ahora, todas estas políticas peligrosas solo se anunciaban en medios y redes. Como mucho, ejercían influencia desde fuera de los gobiernos derechistas en Madrid, en Andalucía y en Murcia. Ahora ya son políticas de gobierno, merced al blanqueamiento dispuesto por Feijóo y el “nuevo PP” en Castilla y León.

Y si los números les dan, nadie puede dudar de que Feijóo y Moreno Bonilla seguirán los pasos de Mañueco para elevar a los ultras también al poder en Andalucía. Solo una gran movilización de los votos progresistas en torno al PSOE y Juan Espadas puede evitarlo.

Quienes equiparan el peligro ultra con el “peligro” de Podemos, aludiendo a la supuesta equivalencia de los extremos, está insultando la inteligencia de los españoles. Podemos se equivoca en muchas cosas, pero nunca ha negado la violencia machista, ni el cambio climático, ni el derecho a la diversidad, ni la autonomía de nacionalidades y regiones…

Los ultras son un peligro, y hay que pararlos. Con los votos. En Andalucía primero.