Estos tiempos son una locura

Desconozco si el repentino interés por la salud mental a diversos niveles se debe a un interés para solucionarla de una vez, o bien es un interés por el vértigo que produce lo que acontece en la encrucijada de las relaciones políticas nacionales y, por si fuera poco, ahora también eclosiona la locura a nivel internacional.

Lo cierto es que la última semana ha representado una prueba de evaluación de la resistencia cardiaca y emocional para la población. Ante lo que estamos viendo no sabemos si es más deseable que continúe la pandemia o que sigan adelante el curso de los acontecimientos que hemos vivido y, lo que es peor, aquello que nos queda por vivir, al menos hipotéticamente.

Lo primero es que en estas condiciones deberíamos ser prudentes y cautos, porque aparece un estado social de hipersensibilidad, constituyendo un terreno propicio para que aparezcan rumores, fake news y todo tipo de alarmismos sociales o de intimidaciones hacia la población.

Dijo Noam Chomsky que “caso tras caso, vemos que el conformismo es el camino fácil, y la vía al privilegio y el prestigio; la disidencia, sin embargo, trae costos personales”. Esta semana ha sido el paradigma para constatar que esta frase es algo más que una mera sucesión de palabras, muy al contrario, representa un pensamiento real basado en la vida real.

Los aires hispánicos venían revueltos por peleas internas del primer partido de la oposición. Después de oponerse, de forma incomprensible, a toda propuesta que se realizara en el parlamento español, surgen rumores crecientes de nuevos datos que revelan conductas inapropiadas y prácticas poco ejemplares para una administración pública, donde el nepotismo parece que haya infiltrado la toma de decisiones de la Comunidad de Madrid en plena primera oleada de la pandemia y mientras fallecían miles de personas en las residencias de mayores, como consecuencia de sus normas emanadas con disposiciones reprobables desde la perspectiva ética, científico-técnica y política, mientras estas circunstancias acontecían, un familiar directo de IDA se enriquecía con concesiones directas de actividades de “mediación” e intermediación, la cuantía del enriquecimiento resultó asombrosa en la denuncia realizada por el propio equipo dirigente del pp y luego sufrieron sucesivas opiniones y modificación de la cuantía, hasta el punto de retornar a la cifra inicial.

Así las cosas, se puso en marcha una catarata de actos y contra actos, de atribuciones y contra razones, de insultos y contra insultos, de descalificaciones y contra descalificaciones, de maximalismos y contra maximalismos, todo en el seno del propio pp. Se escenificaba una sobreactuación por doquiera aparecieran estos responsables de diversos niveles y lugares, sobreactuación que se evidenciaba con imposturas e hiperactuaciones manifiestas de sus actores y actrices.

Esta guerra fratricida finaliza con la destitución de quien denuncia y el triunfo, al menos aparente, de la persona denunciada que finalmente reconoce la cuantía en litigio, pero adornada de razones rocambolescas para justificar lo injustificable. Así las cosas, todo sigue igual.

Mientras esto acontecía se fraguaba una invasión de una superpotencia, Rusia, contra una nación independiente, Ucrania. En esta pelea tan desigual emergen dos personas: el sátrapa invasor irracional, Putin, y el agredido Zelenski. Mientras en Putin la actitud es despectiva, irracional, autoritaria y con tintes filofascistas, la actitud de Zelenski resulta de una gran dignidad en defensa de la integridad de su pueblo.

No hay duda alguna, ha sido una invasión en toda regla, sin ningún tipo de duda y con una gran desigualdad, una invasión como hacía la horda en épocas pretéritas de la historia. Una invasión por la mera razón de darle la gana al sátrapa ruso de inmiscuirse en los asuntos internos de otra nación independiente, trasgrede la ley internacional y origina una política de devastación y tierra quemada en otro país, como es Ucrania.

Las imágenes de los refugiados, mujeres, niños y personas de la tercera edad, son durísimas, originando una mezcla de rabia e impotencia, de conmiseración y solicitud de justicia. Imágenes que, en Europa, ya  creíamos superadas y casi no podrían volver a repetirse. Las guerras acontecían fuera de Europa y venían hacia nosotros los refugiados, pero ahora es diferente, la guerra está en territorio europeo, las personas afectadas y los refugiados son europeos y la vista de desorientación también es europea.

La primera guerra, referida en este artículo, es solo pecata minuta, esta es una invasión brutal que termina en guerra y que nos afecta a todos. Las guerras influyen en la vida, aparentemente apacible, de personas que viven en lugares lejanos. En este caso hace referencia a dos cuestiones fundamentales: los productos energéticos (petróleo y gas) y productos alimenticios (cereales como el trigo y maíz) van a elevar sus precios y la deben ser drásticas pero, la inflación afectará a muchísimos países y a muchísima población, malditas y tristes guerras, como decía Miguel Hernández.

Tomar decisiones no es fácil, porque al mismo tiempo, han de ser flexibles y actuar con mucha firmeza. El objetivo fundamental es desarrollar la vía diplomática de la negociación real, pero para hablar dos se precisa que quieran y, en este caso, impresiona que el ruso no quiere hablar. El problema consiste en movilizarse para parar esta deriva tan loca por parte de Putin, pero no parece que sea fácil encontrar cómo hacerlo.

En el año 1932 la Liga de las Naciones, germen de la ONU unos veinte años después, encarga a Albert Einstein que recabe información de personas relevantes con el fin de poder prevenir las guerras en Europa. Einstein escribe, entre otras personalidades, a Sigmund Freud. La correspondencia entre ambos tiene un gran interés para comprender algunas bases que sustentan las guerras.

Einstein inicia su misiva con una gran pregunta que él cataloga como el dilema básico: “¿Hay camino para evitar a la humanidad los estargos de la guerra?” Asegura Einstein que se deben “superar los nacionalismos, buscar un consenso internacional para crear un cuerpo legislativo y que cada nación debería aceptarlo así como a sus dictámenes”.

Reconoce el autor que es un dilema, porque la seguridad internacional implica la renuncia incondicional de todas las naciones a zonas de su libertad de acción., el mismo Eisntein afirma que el afán de poder limita esta opción., a la par que otros grupos medran por razones económicas (por ejemplo, en la venta de armas). Hay que considerar, como asegura Einstein, que la minoría dominante tiene bajo su influencia las escuela, la prensa y la Iglesia, por lo que les permite organizar y gobernar las emociones de las masas y convertirlas en un instrumento potente de acción.

El autor e intelectual asegura que el hombre tiene en su interior apatito de odio y destrucción que está latente y emerge en circunstancias inusuales. El dilema que plantea lo formula como: ¿es posible controlar esta maldad interior, con el fin que no emerja al exterior?

A estos planteamientos, Sigmund Freud contesta diciendo que el “derecho y la fuerza son valores antagónicos, pero no se debe olvidar que el derecho surgió de la fuerza”. En este sentido, reconoce Freud, que los conflictos entre los hombres se resuelven mediante la fuerza, representada por la posesión y la opinión.

A la fuerza humana, según la contestación de Freud, era muscular y se fue alargando y sustituyendo por herramientas, así triunfaban quienes tenían mejores armas o quien las utilizaba con mayor habilidad. Señala que las armas “abren espacio a lo intelectual” (diseña, aplicación).

En las guerras se origina mucho daño entre los contendientes con el fin que uno de ellos abandone la pelea, según Freud, de tal suerte que al hacerlo quede tan dañado que no pueda iniciar una respuesta de oposición y a sus congéneres les sirva de escarmiento. Hay que mayar al enemigo porque satisface el instinto de dominio, porque si solo se le subyuga se debe contar con el deseo de venganza.

No obstante Freud asegura que la asociación de varios componentes débiles, puede superar la fuerza de alguien que sea muy poderoso (L’union fait la force). La unión de esos débiles configura el derecho, por lo que el derecho de una comunidad representa el poderío real de esa comunidad, claro que solamente se puede conseguir si esa unión es duradera y permanente. Esta unión, según Freud, debe organizarse y darse normas de funcionamiento para evitar las insubordinaciones. Cuando los miembros de estas colectividades humanas reconocen esta comunidad de intereses, aparece entre ellos vínculos afectivos; pero si no existe equilibrio entre los integrantes, entonces las leyes se formulan en base a los grupos dominantes; pero si no es equitativo al final se buscará ese equilibrio por la fuerza.

Es cierto que la guerra no es un instrumento útil para conseguir equilibrar la situación, porque entonces los logros no suelen ser duraderos y esos grupos se desmembran por la escasa coherencia entre las partes unidas por la fuerza.

De esta suerte, decía Freud en 1932, la tentativa de sustituir el poderío de la fuerza por el de las ideas está condenada, por el momento, al fracaso. Solo sería posible impedir la guerra con un poder central al que se le confiera del poderío suficiente.

Freud recuerda, en base a los contenidos de sus investigaciones y teorías, que no se debe menospreciar el placer que supone la agresión y la destrucción. El dolor del ser viviente se alivia con la destrucción de los otros.

El punto final de esta correspondencia, según Einstein, se formula con una pregunta “¿Es posible controlar ese apetito de odio y destrucción interno que tiene el hombre? La llamada “intelectualidad” es la más proclive a estas sugestiones colectivas”.

A ello le replica Freud diciendo que “todo lo que impulse la evolución cultural obra contra la guerra”.

Parece que hayan pasado casi 100 años y los contenidos y reflexiones de estas dos personalidades tengan tanta actualidad. Queda dicho.