Estar al día o difundir la última información que aparece: Peligro de hacer de una mentira verdad

“Estar a la última”, parece que lo que se publicó ayer ya es antiguo por el peso inexorable de la presión del aquí y ahora, de la inmediatez que supera, en no pocas ocasiones, al rigor. Puede ser una pulsión de determinados comunicadores o académicos.

Hemos de ser críticos para saber analizar si son contenidos antiguos ya sabidos, aunque su expresión formal sea aparentemente novedosa. El Prof. Tierno Galván, nos enseñó que ante una situación dada el análisis debe iniciarse con los principios derivados de la lógica formal, tras ello se puede aplicar, si fuera preciso, el análisis dialéctico, ya empleado por los filósofos presocráticos, sobre todo por Heráclito, muy anterior a Marx y Engels, aunque ellos lo actualizaron y aplicaron a la realidad socio-política.

La explosión de realidades nuevas acontece, sobre todo, en el campo de la salud mental, tan en boga últimamente. Noam Chomsky nos recuerda, que el papel social de los medios de comunicación, en ocasiones es “el propósito de los medios de comunicación no es tanto informar y reportar lo que sucede, sino más bien dar forma a la opinión pública de acuerdo con las agendas del poder corporativo dominante”.

La pandemia de la covid-19 ha sido un buen ejemplo de ello, incluía un terreno propicio: aparición brusca, fenómeno nuevo, incertidumbre generada por el desconocimiento acerca del germen, de la clínica, de la evolución, del tratamiento y la emergencia de situaciones nuevas como la crisis social y económica, los fallecimientos que se vivían como incontrolados. El conjunto de estos factores ha hecho de caldo de cultivo para la emergencia de lo mental, de lo que la OMS ha denominado como la “pandemia silenciosa”. Nunca, como en el momento actual, ha preocupado tanto la salud mental y sus consecuencias.

Casi todo lo que aparece ahora en el tema salud, se le relaciona con la covid de forma directa. Hay ocasiones que son mecanismos de adaptación ante una realidad cambiante, en otras ocasiones son procesos que se desencadenan sobre rasgos previos sean temperamentales o de carácter y, por fin, en un tercer grupo son reagudizaciones de cuadros que estaba instaurados previamente, estuvieran o no compensados clínicamente.

Recientemente nos ha invadido, hace unas dos semanas, desde los medios de comunicación y las redes sociales: “un trastorno nuevo producido por la covid: la coronavirusfobia”, se han permitido el lujo de establecer la descripción de un cuadro clínico y evoluciones clínicas alternativas. En fin, un verdadero despropósito, ya que termina diciendo que debemos acudir al psicólogo y que se deben contratar más psicólogos para atención primaria, lo que siendo cierto pierde todo su rigor para pasar a ser una comparsa, una cantinela repetitiva.

Veamos, se pone un nombre: coronavirusfobia, es decir se supone que es una fobia más, como tantas otras, es un nombre, sin más, para señalar una reacción individual frente a un estímulo. Es decir, es una fobia, como tal es un proceso del sujeto, un proceso general que se habrá mostrado, con mayor o menor intensidad, ante otras situaciones vitales e incluso las soluciones fóbico-obsesivas, que ya habíamos publicado en trabajos precedentes sobre la covid y la salud mental. La solución mixta referida consiste en tener miedos y temores a ser contaminado por la covid, frente a ello el lavado de las manos se vuelve una conducta que se reitera ante cualquier “contacto”. Posiblemente ya se habría manifestado algunos síntomas, más o menos aislados o intensos, en una u otra dirección de las conductas referidas o parecidas ante otras situaciones previas.

Evitar la configuración general para primar lo superficial, no es más que confundir la parte por el todo, lo que origina una gran distorsión de la realidad. En base a esa distorsión no parece que sea un criterio lógico para cualquier planificación asistencial, pues provocaría otra segunda distorsión en todo lo tocante a la atención necesaria a las personas que sufren esos problemas.

Se debe reconocer que la mayoría de las investigaciones en torno a la salud mental en la covid adolecen de límites que deben ser muy señalados, antes de su difusión: un límite es el origen de las muestras, la gran mayoría provienen de servicios asistenciales especializados y en unas circunstancias muy particulares, en que los servicios comunitarios se han visto muy limitados en dotación de profesionales y de funcionamiento.

Un segundo factor que origina distorsión, se refiere al método de obtener la información. Suele ser por medio de encuestas o contestar escalas, sin establecer una entrevista posterior, lo único que se puede asegurar es la reseña de síntomas, pero nunca puede ser un diagnóstico, dado que en las escalas aparecen falsos positivos y falsos negativos.

En tercer lugar, lo que se recogen son síntomas aislados, la forma de interrelacionarlos debe hacerse por entrevista clínica, es lo que se denomina semiología y constituye la base del diagnóstico clínico.

Cuando los criterios se simplifican se realiza una relación lineal entre la presencia de uno o varios síntomas y un diagnóstico clínico, aparece un nivel de alarmismo social que, con criterio científico, no representa criterio científico alguno.

Al final no se sabe que es peor, si que se propaguen las fake-news o que se difunda la (pseudo)-ciencia que se inviste con el armiño académico. Repito con Chomsky aquello de “¿Cómo es que tenemos tanta información, pero sabemos tan poco?”. En el caso de la pandemia ha sido la pauta general, sea o no sea referido de forma directa a tal o cual proceso que emerge en el seno de la pandemia.

Así que viendo lo que está ocurriendo me viene a la mente el artículo que publicó Nancy Andreansen cuando fue eligida como Editora en jefe de American Journal of Psychiatry en 1994. Hablaba, la Profra. Andreansen, de las tres premisas de la falacia ahistórica: 1ª La proposición X debe ser cierta, porque los expertos la enseñan; 2ª La proposición X debe ser cierta, porque es la más reciente, y 3ª Si la información aumenta, el conocimiento también aumenta. Cundo se mimetizan las noticias en este sentido se transforma en una verdad falaz.

Retomando la coronavirusfobia, los miedos y temores al contagio han sido un síntoma muy presente, tal y como se recogió en el estudio 3312 del CIS en febrero de 2021; si estos temores y miedos al contagio se presenta en personas con un fondo obsesivoide, al incorporar las normas de la pandemia (lavado de manos, gel hidroalcohólico, distancia social, mascarilla) se vuelven, para ese sujeto determinado, exigencias de obligado cumplimiento o mandato fundamental. Recordar, que el lavado de manos es un síntoma típico y clásico de los comportamientos obsesivo-compulsivos de limpieza. Con lo que ese lavado compulsivo deja de ser un síntoma, “se normaliza” al ser una norma social de prevención del coronavirus, con lo que el lavado repetitivo está “justificado” para evitar el contagio, como ese lavado es tan patente, ahora se debe al coronavirus y sus efectos, entonces ya está la razón: coronavirusfobia. Se comprenden las tres premisas de la falacia de Andreansen, enunciadas con anterioridad: lo han dicho los técnicos y superespecialistas, la coronavirusfobia es lo último en elaborarse y difundirse como gran teoría, originando un incremento de la información, pero que no origina nuevo conocimiento.

Se podría haber expuesto algo similar con otras informaciones sobre la salud mental en la época de pandemia, pero este ejemplo es muy representativo: la implosión de lo “moderno” de la última teoría, obtura el conocimiento, escotomiza el resto de los contenidos y focaliza sobre un único tema, con lo que no se contextualiza y se pierde la dimensión temporal y del desarrollo de las personas.

También se comprueba que muchos profesionales prefieren guardar silencio, dejarse llevar por la corriente, pues ya Chomsky nos señala que “caso tras caso, vemos que el conformismo es el camino fácil, y la vía al privilegio y el prestigio; la disidencia, sin embargo, trae costos personales. No deberíamos estar buscando héroes, deberíamos estar buscando buenas ideas”.

Parece que, en este caso, si la razón no lo remedia o si no acontece una epidemia de cordura, el desbarre de promover solo lo (aparentemente) nuevo va a continuar. No obstante, yo espero el ataque de cordura de algunos.