De cuando la información se transforma en desinformación real en tiempos de pandemia y  postpandemia

Ya se tiene el tiempo suficiente para analizar, en forma y contenidos, la información recibida por la ciudadanía durante este tiempo de pandemia y postpandemia. Dos años han trascurrido, han existido diversas fases en el proceso y diferentes informaciones realizadas en esas etapas, con mayor o menor fortuna.

Es preciso recordar las orientaciones de la OMS para la información sanitaria convencional, junto con una señalización final para la época digital que nos toca vivir en la actualidad.

  1. La fuente de la noticia debe estar claramente identificada. No nos vale el rumor, ni el “dicen que…”. La fuente de información debe gozar de fiabilidad y tenerla de primera mano, no valen las versiones, ni las interpretaciones fuera de los cánones científico-técnicos.
  2. La noticia no debe exagerarse, debe ser fiel a la fuente. Es fundamental no magnificar las informaciones porque causan alarmismo innecesario. Las informaciones deben ser ponderadas y ajustadas a lo que se pretende trasmitir: información con contenidos y datos para manejar la situación de forma adecuada, tanto para los medios de comunicación como para la población. No se debe primar “la exclusiva”, ni contenidos anecdóticos, sino la veracidad y el fundamento científico-técnico.
  3. La información debe ser reciente o hacer constar la fecha de la última actualización. Es fundamental, para que no surjan “bienintencionados” que quieren dar la última buena nueva. Las informaciones que se aporten deben ser las confirmadas oficialmente y con la documentación pertinente.
  4. El informador, persona u organización, debe estar bien identificado. No es la agencia de información o un informador aislado o “paracaidista”, sino que debe ser alguien correctamente identificado y con impacto en lo que se está tratando, sea por autoridad académica, científico-técnica, profesional o administrativa.
  5. Si el informador tiene algún conflicto de intereses con el objeto de la noticia, debe manifestarlo. Es una obviedad ética para clarificar el impacto de la propia información.
  6. Cualquier consejo de salud a personas derivado de la noticia debe estar respaldado por una evidencia científica suficiente. Efectivamente, no se debe propagar el “dicen que…”, “vamos haciendo…”. La evidencia científica debe amparar las recomendaciones que se realizan para dar continuidad en la información, seguridad a la población e incrementar la confianza institucional en tiempo y forma.
  7. Esta condición es aplicable a la información digital, hoy tan extendida y que tiene una rapidez de circulación e impacto de alto calibre. Para la información en redes, se completa con: Si no estás absolutamente seguro de la veracidad de la información NO LA DIFUNDAS y, al contrario, difunde las informaciones que interesen y sean veraces. Así será la forma y manera de abordar las noticias falsas o fake-news pero, sobre todo, evitar crear falsas alarmas y precipitar falsas intervenciones.

La población se acostumbra, quizá demasiado, a la crítica por la crítica a lo que se hace casi sin argumentación. Además, los españoles llevamos dentro un seleccionador de fútbol, un gestor sanitario y durante la pandemia y postpandemia se ha generalizado la figura del “epidemiólogo de mesa camilla”, independientemente de todo se consulta, cada vez más, a los prestigiosos Dr. Internet o Dr. Google, a los que se otorga total credibilidad.

Al inicio de la pandemia señalamos la importante, trascendente, responsable y consistente política informativa desplegada desde el Ministerio de Sanidad. El Ministro y su equipo para este caso dieron muestras de contención, quizá excesiva, aportando información, sensatez, coherencia y consistencia, justo es reconocérselo, por el ejercicio de responsabilidad que ha supuesto de cara a la población en general y para los profesionales sanitarios en particular.

Es hora de hacer un balance de la situación desde la perspectiva informativa con metodología de Salud Pública:

  • En España los casos crecieron brusca y exponencialmente en un periodo corto de tiempo.
  • La evolución ha acontecido en varias oleadas sucesivas, con vicisitudes muy dispares, sobre todo en la que se conoce como “sexta ola”, en la que estamos inmersos.
  • El tratamiento se ha modificado a lo largo del tiempo, desde los tratamientos meramente sintomáticos con analgésicos, antitérmicos y buena hidratación, hasta llegar sucesivas medicaciones que eran “probadas” y se confirmaban algunas y desechaban otras, siendo sus resultados muy variables.
  • El 15- 20% precisaron una atención mayor y/o posible ingreso, incluyendo el paso a las UCI y la inclusión de respiración asistida. En varias oleadas la tasa de este tipo de hospitalizaciones originó un casi colapso de la asistencia hospitalaria.
  • Mortalidad: En China se aceptó el 1,7-2%, mientras que fuera de China se situaba en torno al 0,7%. En España se disparó, de forma sorprendente, hasta más del 10% de los contagiados, llegando en la tercera edad hasta el 25-30% de los afectados y creando una gran desazón social y política.
  • Se identificaron factores de riesgo que ensombrecen el pronóstico: pacientes con pluripatologías, edades avanzadas, deficiente funcionamiento de la inmunidad, afecciones crónicas respiratorias y las que cursan con inmunodepresión.
  • Trasmisión: media-alta, siendo similar a otras viriasis en la fase inicial, pero con las dos últimas variedades de los virus (delta y ómicron) se constata una capacidad de difusión muy importante y un exceso de cuadros asintomáticos y presentaciones clínicas de menor gravedad, de forma general con menor mortalidad y mayor morbiliddad.
  • Se desconoce el comportamiento que tiene este nuevo virus en relación a su acción estacional, por lo que no se debe rebajar el nivel de vigilancia.
  • Prevención: interponer al toser un pañuelo o el pliegue del codo, lavado de manos (basta con agua y jabón, es útil las soluciones antisépticas), el uso de mascarillas, tras ser muy debatido, se ha convertido en una herramienta de primer orden, sobre todo en los interiores; además, la distancia social se constituye en otra de las medidas de efecto relevante.
  • Contagio: desde que se conoció la trasmisión por aerosoles, pierde progresivo interés otro tipo de trasmisión por objetos que, en las primeras fases, fue la auténtica estrella.
  • Los coronavirus son sensibles a los antisépticos y a la radiación UV, de ahí se extendió la limpieza inmediata de mesas, sillas, micrófonos, etc.
  • No existe tratamiento específico para coronavirus. Los antivirales resultaron ser tratamientos empíricos con resultados variables y de forma irregular. Los ensayos clínicos proyectados, fueron aportando resultados dispares y escasamente concluyentes. En los últimos meses se han formulado algunos trabajos, con nuevos fármacos más específicos, abriendo una ventana de esperanza.
  • Las vacunas hicieron su aparición, de forma un tanto sorprendente, a finales del año 2020, rápidamente se estableció una especie de carrera por tener las dosis suficientes. La acción preventiva es de tipo asistencial, es decir, disminuye la relevancia del proceso, disminuye la gravedad, las complicaciones, las hospitalizaciones, los ingresos en UCI y las muertes, pero no es capaz de prevenir el contagio. Sus efectos han sido muy importantes en la sexta oleada en la que estamos, destacando el elevado nivel de vacunación en España que se situaba entre los `países de cabeza con tasas de vacunación en torno al 90% de la población diana y el inicio rápido de la vacunación a la infancia y adolescencia a partir de los 5 años de edad. Hemos de destacar que en España existe una proporción irrelevante de antivacunas, aunque existen y tienen voz pública, de forma sorprendente.
  • La repercusión en la vida y el funcionamiento mental de las personas, a todas las edades, ha sido de gran relevancia, sobre todo a partir del confinamiento, tal como demostró la investigación 3312 del CIS. Se podría decir, con la OMS, que la salud mental está siendo la “pandemia silenciosa” que tendrá efectos a medio y largo plazo.
  • El contagio en los profesionales sanitarios ha sido muy relevante, originando muertes, bajas laborales, síntomas de temor a contagiar a su propia familia, sensación de ansiedad y tristeza persistente, que precisa una atención muy específica pues se relaciona con la ejecución cotidiana de su tarea, pudiendo afectar a la calidad de su trabajo.
  • El sistema sanitario ha evidenciado la crisis, sobre todo en tención primaria y en salud mental, responsabilidad directa de las Comunidades Autónomas por estar transferidas las competencias. Dos sectores muy tocados, sobre todo la atención primaria, con la crisis económica de los años 2012-2018. A ello hay que subrayar la escasa relevancia de las acciones de salud pública.
  • La eclosión de la “fatiga pandémica”, denominada así por la OMS, y que ha impactado y, aún hoy lo sigue haciendo, de forma directa en la disminución de la motivación a respetar las normas preventivas, sobre todo en los más jóvenes, pero no solamente en este grupo etáreo.

En estas circunstancias, lo que tiene muy malos resultados es el miedo o pánico a todo y su inverso la autosuficiencia y exceso de seguridad y negacionismo de bajo perfil (no confrontación directa, pero con actitudes pasivas o minimizando las consecuencias de “ciertas transgresiones”); la desconfianza en los profesionales en ocasiones fomentada por comentarios irresponsables de alguna responsable política, buscar respuestas escasamente contrastadas basadas en las conocidas como “fake news”; el SNS español era muy eficaz y eficiente, pudiendo hacer frente a estas situaciones que pudieran crearse, pero estaba dañado y en situación de inestabilidad muy patente; la política que ha desarrollado, en este caso, el Ministerio de Sanidad fue, inicialmente, de elevada calidad en tiempo y forma, pero fue teniendo reacciones francamente mejorables con reiteraciones, retrasos y disminución de la capacidad para trasmitir confianza y seguridad; no se debe hacer caso de informaciones alarmistas y/o escasamente contrastadas.

Es responsabilidad de todos evitar el alarmismo y no dar crédito a lo exagerado y no probado. Las redes sociales dieron alas a las denominadas Fake News, lo que origina una pérdida de tiempo en tener que volver atrás en la información acerca de cuestiones que ya habían sido expuestas. Ese camino de retorno o tipo bucle, retarda la toma de decisiones, incrementa la inseguridad y desconfianza en la ciudadanía, ya que existe una formación política, situada en la extrema-derecha que airea estas posiciones como acción política propia y atrae hacia esa opción, al menos, a otra formación de la derecha política.

La actuación de la justicia, en general, no está siendo suficiente en su compromiso con la ciudadanía y con el bienestar común. En muchas Comunidades Autónomas sus tribunales Superiores de Justicia no convalidan las disposiciones de los Gobiernos autónomos, lo que desencadena que en otras comunidades más reacias a tomar decisiones sensatas, no se tomen de ningún tipo y se clame por una Ley especial de Pandemias cuando, sensu estrictum, no es necesaria porque se tienen las herramientas suficientes para tomar decisiones adecuadas y ponderadas a la gravedad. Es necesario desarrollar los aspectos de la Ley de Salud Pública que el Gobierno del pp paralizó de forma rotunda, en la actualidad se ven los efectos de una acción tan poco responsable.

El primer estado de alarma y la segunda alarma fueron declaradas, de forma escasamente comprensible, inconstitucionales. Apelaban que debía haber sido estado de excepción y no de alarma, verán es un leguleyismo, un aspecto meramente formal, esa sentencia del tribunal constitucional trasmite que se desentiende del beneficio causado a la población en su conjunto y de sus efectos positivos sobre la disminución de fallecimientos y de limitación de la transmisión del virus. El alto tribunal obvió los contenidos científicos y de salud pública conocidos, limitando su sentencia en el mero aspecto formal, quizá en exceso leguleyo y no en el beneficio de la ciudadanía basándose en criterios científicos de salud pública.

La política informativa ha sido francamente mejorable. Había experiencias previas que debían haber servido de fundamento para aprender las bases generales de dicha política. Simplemente no se hizo, a pesar de haber sido referido en tiempo y forma.

Tuve la oportunidad de coordinar, hace más de 35 años, en el famoso “Síndrome por consumo de aceite tóxico”, un grupo constituido por profesionales de la información punteros y de medios de comunicación diversos. Analizamos cómo se había realizado la información a la población en los medios de comunicación social, se concluyó que fue: “nefasta información en forma y fondo”. Centrarse en la modificación de las cifras o las tasas de casos nuevos, de casos totales o de casos fallecidos no resulta ser la mejor metodología de comunicación, ya que se desnaturaliza la información real y de impacto para la población. Con estas bases se elaboró un documento, por parte de los profesionales de la información y que los profesionales sanitarios asumimos, con las conclusiones de aquel grupo, se publicó en los medios y, siendo consecuentes, las noticias perdiendo la primera plana, se modificó la política informativa y ello contribuyó a serenar los ánimos y a centrar la información en otras condiciones más relevantes, sobre todo porque se dirigió a señalar los pasos a dar en la asistencia ante el desconocimiento de este nuevo proceso de intoxicación tan grave y tan nuevo.

El caso del ébola supuso un tema de agitación y propaganda de medios, sin haber contactado de forma adecuada con quienes llevaban meses bregando con esta situación en África y no habían tenido ningún accidente. Cuando se recondujo la información, entonces la inseguridad e incertidumbre decayeron.

Hace poco la “h/listeria” volvió a aportar una línea similar y se volvió a tropezar en la misma piedra: vuelta con las cifras. El resultado lo tenemos más reciente. La consejería de sanidad correspondiente mandaba sus responsabilidades fuera y, por primera vez, el Ministerio de Sanidad asume su lugar de liderazgo y coordinación y, asume el caso y desde que lo hace, se reconduce la situación de forma pertinente.

Ahora el caso del coronavirus ha vuelto a las andadas: cifras, baile de sospechas aquí y allá, rumores que sostienen miedos, inseguridades e incertidumbres sociales y, lo que es peor, una proliferación de fake-news sin ningún tipo de contenido científico contrastado y de efectos demoledores en la población.

 El Ministerio ha convocado al Consejo Interterritorial más de 40 veces, para coordinar las acciones en el conjunto del Estado, ya que la gestión directa de la Sanidad corresponde a las Comunidades Autónomas, se buscaron acuerdos por consenso, a ser posible. Desde el Consejo Interterritorial del SNS se han emitido unas consideraciones importantes y se difunden con igualdad a todas las Comunidades Autónomas. Otra cosa es que alguna comunidad autónoma no asuma su responsabilidad y no acepta los resultados obtenidos, esa (ir)responsabilidad e (in)solidaridad contribuye a generalizar la fatiga pandémica, tal como la denomina la OMS desde noviembre de 2020, y a la emisión/generalización/difusión de frases, más o menos impactantes, poco rigurosas y vacías de contenido.

Es evidente que fue preciso hablar de epidemiología y/o de salud pública, lo que comporta tener una formación precisa. Medicina es el grado más largo de todos y no implica directamente tener el grado y poder ejercer, sino que se precisa una formación de postgrado de forma reglada que se conoce como la etapa MIR, al menos de cuatro años de duración. Ya llevamos diez años de formación y experiencia profesional, para iniciar la trayectoria y ejercicio profesionales en este campo. Para lo que habrá que superar una oposición pública y desde donde se desarrollarán competencias científico-técnicas más específicas y aplicadas. En esta especialidad existe una convergencia de la medicina con múltiples ciencias como la sociología, la microbiología, el medio ambiente, la estadística, la filosofía, la metodología científica, la antropología, todo lo tocante con la salud mental poblacional, de grupos, de instituciones y de las personas, con la justicia y la ley, con la política… De todos estos campos, al menos, se nutre la epidemiología y salud pública. No es solamente un recuento de casos y/o cosas, sino que depende todo del comportamiento de los diferentes factores en sí mismos y en la interacción mutua entre ellos. No, no es fácil y se precisa de formación, experiencia, serenidad, templanza, capacidad de análisis y trabajo en equipo. Pero en esta pandemia se ha dado más audiencia, desafortunadamente, a “epidemiólogos de mesa camilla”, incluso sin saber nada de nada de medicina, o de infección vírica básica, unas veces eran profesionales de la política de medio pelo, otras de profesionales de la información con más ganas y autodidactismo que formación. Así es imposible o muy difícil hacer algo coherente y consistente.

Es muy importante saber comunicar que la epidemiología y la salud pública aportan un método de análisis, pero, en su interior, tiene una gran incertidumbre en cuanto al resultado final por la cantidad de variables interactuantes que, en determinados momentos poco favorables como en el caso de esta pandemia, nos acerca a un contexto en los límites de la teoría del caos, tal y como lo planteara el Premio Nobel Ylia Prigogine. Sabemos que, desde la teoría general de la ciencia, Wagensberg nos pone sobre aviso, como dilecto alumno de Popper, que la ciencia es mentirosa, mejor dicho, conoce que su saber es finito pues está dedicada a demostrar que todos sus descubrimientos son mentira, dado que los investigadores siguientes están juramentados para demostrar que la premisa inicial debe ser superada. Esta es una actitud crítica del pensamiento científico, tan alejada de las verdades absolutas de los “cienceros” y oportunistas de medio pelo.

Tan absurda ha sido la información seguida, que la población conoce todo sobre las diferentes tipologías y variantes de los virus, pero marginaban hacer las normas básicas frente al virus, considerando que “lo científico” era la tipificación del virus y que el lavado de manos, la mascarilla y la distancia social eran poco más que pamemas inventadas. Esas normas básicas se publicaron en el BOE en 1918, en la pandemia de la mal denominada como gripe española, claro es cosa muy antigua y en pleno siglo XXI habría otros remedios más importantes y específicos. La población y muchos medios de comunicación se lo tomaron a broma y lo descalificaron, de entrada.

A lo largo de la pandemia se ha podido comprobar que se debería haber primado la asistencia desde la Atención Primaria de Salud y se repetía en varios contextos. La realidad fue que al potenciar una intervención hospitalocéntrica se ha congestionado todo el sistema y se ha bloqueado la respuesta asistencial a todos los niveles, porque la base estaba dañada, rota y con gran debilidad. En algunas comunidades autónomas, caso de Madrid, la situación se ha hecho patética con la pretensión por parte de su presidenta de culpabilizar a los profesionales de atención primaria de hacer boicot, cuando la realidad es que están extenuados, con los centros cerrados y los servicios de urgencia de atención primaria cerrados.

En estas condiciones ha llegado el momento para cambiar la dirección de la información pública, buscando comunicar la realidad sobre el proceso, aportar menos cifras, potenciar la participación de la ciudadanía como parte de la solución y no como parte del problema, señalar que es fundamental el trabajo de colaboración y no potenciar los enfrentamientos, que la vacuna ha sido muy importante, pero se precisa tener precaución y no bajar la guardia y, sobre todo, hay que vacunar a los pobres, a los países más pobres y que a las multinacionales de la farmacia se les limite las patentes y limiten su voracidad de ganancia económica en orden a las necesidades de las poblaciones.

Una cosa final: es muy importante no dar voz a los llamados negacionistas y antivacunas, sus simplezas son verdaderas majaderías que distraen y cansan a la ciudadanía de lo fundamental.

La función de aportar información es que se acerque a la situación real con veracidad y seriedad, no es su función de la información rigurosa asustar.