Las economías potentes sufren la falta de trabajadores con aún millones de parados en las listas de desempleo

¿Por qué faltan trabajadores si hay un cierto nivel desempleo en España? Esta es la paradoja que mantiene ocupadas las mentes de muchos economistas tras la pandemia. Lo hemos analizado, y tenemos algo que contarte; Comienza el último trimestre de un 2021 marcado por la recuperación de la economía mundial. Y con él, las empresas se han encontrado con un importante desafío: faltan trabajadores en todo el mundo desarrollado.

Esta es una preocupación que han expresado las autoridades en las mayores economías del mundo. China, México, España, EEUU…todos. Probablemente resulta difícil para muchas personas entender este problema pero es real; personalmente llevo tres meses para encontrar a una persona de empleado de hogar y no encuentro en ningún sitio.

Principalmente, porque la pandemia ha destruido millones de empleos y muchos de los trabajadores que han perdido su puesto de trabajo todavía están desempleados. Las cifras son difíciles de calcular, pero las estimaciones al respecto son contundentes: según un estudio de la Organizacion Internacional del Trabajo, en el 2020 se habrían destruido unos 255 millones de puestos de trabajo a tiempo completo en todo el mundo.

Sin embargo, las cifras que muestran los respectivos mercados laborales en las mayores economías del mundo indican una tendencia muy clara de recuperación, llegando en muchos casos a la situación de no encontrar trabajadores suficientes para satisfacer la demanda de las empresas. Todo ello, mientras millones de personas se ven obligadas a vivir de subsidios o a trabajar en la economía sumergida por la dificultad de encontrar un empleo.

Así, nos preguntamos: ¿Cómo podemos entender esta paradoja? ¿Cómo es posible que haya empresas que no consiguen trabajadores y, a la vez, desempleados que no encuentran oportunidades para trabajar? ¡Veámoslo!: ¿Por qué faltan trabajadores?: La gran paradoja. La recuperación del mercado laboral convive con tasas de desempleo que siguen por encima de los niveles de 2019.

Pongamos, antes de nada, algunas cifras encima de la mesa. En julio de este año, la escasez de trabajadores en Estados Unidos llegaba a su punto máximo en la serie histórica, con casi 11 millones de vacantes sin cubrir. En Reino Unido, el instituto estadístico oficial ONS alertaba este verano de casi 1 millón de empleos disponibles solamente en el sector servicios, la cifra más alta de todo el siglo. Si hablamos del caso de China, el Foro Económico Mundial, también ha señalado la falta de trabajadores como uno de los grandes desafíos que deberá afrontar el gigante asiático en las próximas décadas; especialmente si quiere mantener su ritmo de crecimiento.

Ahora bien, no debemos olvidar que en estas grandes economías, y también en otras más modestas, la recuperación del mercado laboral convive con tasas de desempleo que siguen por encima de los niveles de 2019. Incluso en Estados Unidos, una de las economías que se ha recuperado a mayor velocidad, el desempleo en agosto afectaba al 5,2 % de la población activa, aún lejos del mínimo histórico del 3,5 % alcanzado poco antes de la pandemia.

Dicho esto, vamos a centrarnos en lo que ha ocurrido en la mayor economía del planeta, pues su ejemplo puede ayudarnos a entender lo que está pasando también en el resto del mundo.

Las cifras del crecimiento, la tendencia es generalizada, pero se observa un especial crecimiento en sectores como la industria, la construcción, el comercio, la salud y el ocio. En 2018 y 2019 el número de puestos de trabajo sin cubrir en Estados Unidos era muy similar al de desempleados; incluso ligeramente superior.

En 2020, por el contrario, vemos un fuerte aumento del desempleo, acompañado de un estancamiento de la demanda de trabajo por parte de las empresas. Un dato que nos puede ayudar a entender el incremento histórico de la desocupación que tuvo lugar ese año.

En 2021, con una economía impulsada por la reapertura de muchos sectores y por las políticas de expansión monetaria de la Reserva federal, los datos recogen un rápido crecimiento de la demanda de trabajo. Una tendencia que, como podemos observar, contagia a todos los sectores, pero es especialmente evidente en la industria, la construcción, el comercio minorista, la salud y el ocio.

Afortunadamente, este mayor dinamismo económico ha tenido un impacto positivo sobre el desempleo, reduciendo, en unos 3 millones, el número de parados entre enero y julio de este año. Sin embargo, como podemos observar también, el crecimiento sigue siendo insuficiente para volver a las cifras del pleno empleo del último trimestre de 2019.

¿Hay que pagar más a los trabajadores? El coste de mantener a un trabajador promedio está creciendo más rápido que el producto que este empleado puede ofrecer a su empresa. Se trata por tanto, sin duda, de un problema muy complejo, y como es natural en economía, podemos encontrar diferentes explicaciones al respecto.

Una de las más sencillas es que los empresarios todavía ofrecen salarios relativamente bajos, quizá condicionados por la incertidumbre que aún predomina en algunos sectores.

Según este punto de vista, el estancamiento de los salarios puede ser un freno para que muchos desempleados vuelvan al mundo laboral. Recordemos que con una inflación que vuelve a encarecer el coste de vida, se reducen los incentivos a aceptar salarios bajos, especialmente si existen vías alternativas para obtener ingresos, como los programas estatales de subsidios. El pasado 25 de junio, Joe Biden se mostró claramente a favor de esta hipótesis. Preguntado en una rueda de prensa sobre la preocupación de los empresarios por la dificultad para encontrar trabajadores, el presidente de los Estados Unidos respondió con una sencilla recomendación: «¡Pagadles más!»(Pay them more!).

Sin embargo, los empresarios llevan casi dos años pagando más a sus trabajadores (al menos en promedio). Si analizamos la evolución de los costes laborales, vemos un fuerte incremento desde el último trimestre de 2019, creciendo a más velocidad que la producción por hora trabajada.

Se trata de un dato muy importante a tener en cuenta, porque puede ser un indicador de que el coste de mantener a un trabajador promedio está creciendo más rápido que el producto que este empleado puede ofrecer a su empresa. En el mercado laboral, podemos encontrar situaciones de este tipo en contextos de expansión económica y reducidas tasas de desempleo, donde las empresas siguen demandando empleo, pero no hay oferta suficiente. Como resultado de esto, aumenta el precio del factor trabajo, es decir, el salario.

Hasta aquí podemos estar de acuerdo con esta argumentación, pero el problema es que no es consistente con la persistencia de más de 8 millones de desempleados en EEUU.

En otras palabras, el nivel supuestamente bajo de los salarios no puede explicar un nivel tan alto de desempleo, pues los empresarios pagan cada vez más a sus trabajadores y, aún así, muchas personas siguen fuera del mercado laboral.

De la misma forma, tampoco explica por qué en algunos estados se ha duplicado el los salarios mínimos, y sin embargo, ello no ha servido para incentivar el empleo.

Es posible que muchos cambios en los hábitos de consumo hayan llegado para quedarse, y como es lógico, la producción de bienes y servicios debe adaptarse a lo que quieren los clientes.

Cuando hay un golpe fuerte de oferta, lo suficientemente fuerte sobre una economía, es prácticamente imposible apostar por una recuperación basada en volver a la situación inicial.

Ya pasó en el siglo XIX y en casi todas las crisis preindustriales. El ejemplo quizás pueda parecernos lejano, pero, en esencia, se trata de situaciones de crisis desencadenadas por la irrupción de un factor externo (sanitario, climático, etc.) que impide que buena parte de los agentes económicos lleven a cabo su actividad y, como consecuencia, sufre la economía en su conjunto.

Ante crisis económicas de esta naturaleza, las sociedades pueden reaccionar de dos maneras: intentar restaurar la situación inicial o, alternativamente, adaptarse a los cambios y reasignar recursos, introduciendo en el reparto las nuevas oportunidades que ofrece el mercado. En el primer caso no hay nada que pueda impedir la llegada de otra crisis igual en el futuro, mientras que en el segundo se reducen las posibilidades de que esto ocurra.

A lo largo de la pandemia hemos visto numerosos ejemplos de empresas que cambiaban de acuerdo a la nueva coyuntura, no solamente aplicando el teletrabajo, sino también adaptando la oferta de servicios a sus clientes. De esta manera, hemos visto cómo las pymes se lanzaban a anunciarse en internet, los restaurantes repartían comida a domicilio o los bancos reforzaban sus plataformas online. Todos ellos, cambios que no solamente podrían responder a un contexto concreto, sino que, en ocasiones, podrían indicar cambios permanentes en las preferencias de los consumidores.

Dicho de otra manera, es posible que muchos cambios en los hábitos de consumo hayan llegado para quedarse y, como es lógico, la producción de bienes y servicios debe adaptarse a lo que quieren los clientes. Esto no significa que el empleo total de cada sector deba cambiar, pero sí podría variar la carga de trabajo que corresponde a cada tarea.

Podemos entender este fenómeno observando lo que está ocurriendo en los bares y restaurantes, que en muchos casos emplean menos camareros, pero más repartidores de comida a domicilio. Algo similar podemos decir de la banca, que cada vez requiere menos personas en atención presencial y más en proyectos de digitalización. A esto podemos sumar el efecto de las políticas de expansión monetaria, destinadas a estimular la inversión y el consumo de bienes duraderos en Estados Unidos.

Debemos tener en cuenta que, además de generar inflación, estas políticas suelen provocar desajustes en el mercado laboral, ya que al impulsar en muy poco tiempo la demanda de bienes en los sectores más beneficiados, crece también la demanda de trabajo en esas actividades. No es casualidad que esto ocurra al mismo tiempo que crecen los precios de las materias primas consecuencia de que estas políticas suelen generar en los procesos productivos.

El problema, por tanto, es que si se acaba demandando mucho más trabajo del empleado en años anteriores, es probable que no haya capital humano suficiente para cubrir los nuevos puestos de trabajo. Es el caso, por ejemplo, de la construcción y algunos sectores de la industria, motivo por el cual algunos empresarios estadounidenses decidieron (con poco éxito) trasladar esta preocupación a su presidente.

Hoy, millones de trabajadores se enfrentan al desafío de adaptar el capital humano que pueden ofrecer a las nuevas necesidades de las empresas. Como consecuencia de todo esto, podemos decir que la paradoja que viven las empresas que no encuentran trabajadores y los desempleados que no encuentran oportunidades se debe, sobre todo, a un desajuste del mercado laboral, un desajuste entre la oferta y la demanda. En otras palabras, muchas personas que han perdido su empleo tienen habilidades y conocimientos que ya no son tan demandados en el mercado y, por el contrario, las empresas están buscando perfiles que no siempre abundan.

Es importante tener en cuenta este desajuste, pues también nos permite evaluar la efectividad de las políticas económicas. La explicación es sencilla: si pensamos que el problema son los salarios bajos, políticas como subir el salario mínimo o recortar subsidios podrían aumentar la oferta laboral, y así, las empresas podrían encontrar trabajadores. El problema, entonces, es que si estamos ante un desajuste de oferta y demanda, ninguna de estas políticas podrá funcionar.

Y es que, por mucho que se empeñen los políticos en dar explicaciones simples a problemas complejos, la economía sigue siendo una de las ciencias más complejas del conocimiento humano, y este problema, como cualquier paradoja económica, no es la excepción. Así, la ciencia económica es tan compleja como el desafío al que se enfrentan hoy millones de trabajadores, que se ven obligados a reconvertirse, cambiar de actividad, adquirir nuevos conocimientos e intentar volver al mercado laboral, todo esto, mientras las preferencias del consumidor cambian a cada minuto.