La política no es una cecería

Cada vez en mayor medida, la acción política se está convirtiendo en una especie de cacería, en la que los éxitos no se miden en función de los problemas resueltos, sino en función del número de enemigos heridos y abatidos.

A este respecto fue muy significativo el mensaje de Pablo Casado a la dirección de su grupo parlamentario con ocasión de la última remodelación del Gobierno: “Felicidades. Os habéis cargado a siete ministros”.

Como era evidente, los cambios en el ejecutivo no tenían relación alguna con la tarea de oposición del PP, pero en esa felicitación quedaron claros los criterios con los que el jefe de la oposición valora el trabajo de sus diputados.

Quienes así actúan persiguen la destrucción del contrincante antes que la prevalencia de sus propias ideas y propuestas. En consecuencia, desprecian el diálogo y la argumentación como herramientas en favor de la descalificación y el descrédito. Porque no se trata de convencer al de enfrente, sino de vencerle, de tumbarle, de destruirle en suma.

No es una concepción nueva de la tarea política. Carl Schmitt, filósofo alemán y militante nazi, ya teorizó sobre la inexorable dinámica amigo-enemigo durante el terrible siglo XX europeo. En tal marco teórico, la política no busca la persuasión del que piensa diferente, ni el pacto de cesión mutua con el distinto. Persigue su deslegitimación primero, y su eliminación definitiva.

Hay quienes aún hoy se sienten muy cómodos en esta dinámica. Desde luego, requiere menos inteligencia y esfuerzo que la práctica del diálogo, la argumentación y el entendimiento. Además, no tiene costes para con los correligionarios. No hay que persuadirles sobre la necesidad de entender a otros que pueden tener parte de razón, de ceder ante otros en pos del bien común, de pactar con otros en interés de todos…

Ahora bien, la política entendida como cacería no resuelve problemas. Antes al contrario, suele agravarlos. Así no se enriquecen los debates en torno a cómo organizar el espacio público compartido; más bien se empobrecen. Y, desde luego, de este modo no se mejora la convivencia, sino que se enerva y deteriora.

No han pasado aún dos meses desde el nombramiento de Félix Bolaños como ministro de la Presidencia, y tanto PP como Vox ya le han tachado de “totalitario” y “apuñalador”, exigiendo su cese inmediato. Prácticamente no se han molestado en responder a sus argumentos, porque el propósito nunca fue contrastar ideas, sino deslegitimar y destruir al ministro cuanto antes y por cualquier vía.

He sido testigo durante años de las campañas orquestadas contra la vicesecretaria general del PSOE, Adriana Lastra, que a su condición de socialista añade la de mujer, en el punto de mira de los “cazadores”. Rara vez la derecha dedicó esfuerzo a replicar sus discursos, ricos generalmente en ideas sobre la igualdad, las políticas públicas o la memoria democrática. Casi siempre la atacaron con saña aludiendo a circunstancias personales, a su atuendo…

También le ocurre a José Félix Tezanos, el presidente del CIS. Pocas veces se detuvieron a analizar y criticar sus objetos y métodos de investigación científica, porque se trata de uno de los científicos sociales con más experiencia y mejor reputación internacional de nuestro país. Pero eso sí, le persiguen con falsas querellas, peticiones injustificadas de dimisión, e innumerables descalificaciones personales, incluidas mentiras tan flagrantes y repetidas como la de haber acusado de “tabernarios” a los dirigentes del PP.

Se hace con Marlaska, con Ábalos, y con Pedro Sánchez, por supuesto. Se hizo con Felipe González, con Alfonso Guerra, con Zapatero… Se ha perseguido sin piedad ni recato a Pablo Iglesias, a Irene Montero, a sus familias… Me ha pasado a mí. Y seguramente podrán ponerse algunos ejemplos también de dirigentes de la derecha que han sido objeto de dinámicas semejantes. Bastantes menos, seguro.

Nunca rozaron siquiera la consideración que quienes conocemos a Adriana, a Félix o a José Félix sentimos por ellos, pero sí hacen daño al buen funcionamiento de nuestras instituciones, a la noble tarea de la política, a la convivencia misma.

A veces ocurre que algunos responsables políticos nos encontramos con adversarios de otras formaciones en la calle, en espacios públicos o fuera del entorno institucional. Y, como es lógico, nos saludamos con educación, incluso con cordialidad y afecto, preguntando por circunstancias personales, por la salud, por la familia… Y si lo hacemos en presencia de personas ajenas a este ámbito de la trifulca política, suelen mirarnos con estupor, incapaces de entender que haya algún resquicio para la relación normal entre personas que comparten este oficio…

La política, la política democrática sobre todo, consiste en encontrarse y entenderse entre distintos para mejorar la vida de todos. Quienes la entienden y la practican como la caza del enemigo, se envilecen ellos y nos empobrecen un poco a todos. Ojalá cada vez más seamos conscientes de ello.