Se encuentran restos de una diosa egipcia en Salamanca

Hace unos 2.500 años, en el cerro de San Vicente, en el centro de la ciudad vieja de Salamanca, se levantaba una peculiar aldea amurallada, ocupada a inicios de la Edad del Hierro (900-400 a.C.). La presidía una gran vivienda circular de adobe en la que residía el señor del poblado.  Estaba rodeada, a su vez, por las casas de sus hijos y nueras. Ahora, el equipo multidisciplinar de Universidad de Salamanca y el Ayuntamiento de Salamanca, ha excavado esta casa y ha hallado, entre otros materiales, un sorprendente amuleto que representa a la diosa egipcia Hathor, la deidad del amor, la fecundidad.

El cerro de San Vicente, bañado por el río Tormes, lleva siendo excavado desde 1990. En 2006 se realizaron trabajos que dejaron a la vista el caserío principal, que actualmente es visitable. Pero las investigaciones se han retomado este verano en ese sector y se han centrado en la vivienda, con unos resultados que los expertos califican de “excepcionales”.

 

El poblado estaba compuesto por: casas  presididas por un hogar central y un banco corrido en su interior, aproximadamente medía 30 metros cuadrados. Su reducido tamaño hace pensar a los expertos que se trataría de viviendas conyugales (ocupadas por una pareja y su descendencia). Su disposición en corrillo, con puertas que abren hacia un espacio central común, y la presencia de pequeñas estructuras compartidas (almacenes, silos, graneros). Presentan un patrón especial que los estudios antropológicos asocian con un grupo doméstico virilocal. Es decir, se trata de uniones de varones, como pueden ser el progenitor y sus hijos o los hermanos conviviendo juntos. Se considera que las mujeres abandonaban su aldea natal para casarse.

La campaña de 2021 se ha centrado en esta “extraordinaria casa” del patriarca. En las anteriores tres décadas se había excavado una veintena de edificaciones, pero ninguna como la investigada ahora. Pues esta casa cuenta con un enorme hogar central con forma trapezoidal, que fue quemada de forma intencionada como parte de un ritual en el siglo VI a. C. Se considera que tras el fuego, su interior se rellenó con los adobes de las paredes, colocados cuidadosamente a soga en hiladas concéntricas.