Militantes, sí

En estos días se convoca el 40 Congreso del PSOE y centenares de miles de hombres y mujeres socialistas reafirman el orgullo de formar parte de un proyecto político importante.

Pero un Congreso socialista es algo más, incluso, para esas personas. También es la emoción de pertenecer a una comunidad de valores, y a una gran familia unida en su compromiso de servicio a nuestros semejantes.

Los militantes socialistas somos conscientes de que este sentimiento es tan difícil de explicar como de entender para muchas personas.

¿Cómo describir la emoción que suscita en un socialista los acordes de un himno obrerista escrito hace 140 años? ¿Cómo justificar la omnipresencia en nuestras casas del retrato de un viejo tipógrafo autodidacta?

¿Cómo reseñar la dedicación de miles y miles de hombres y mujeres a sus asambleas, a sus ponencias, a sus enmiendas, a sus debates, sacrificando tiempo y recursos de sus otras familias?

De hecho, la militancia política no solo genera incomprensión en muchas personas. También provoca recelo. ¿Hacer política? ¿Más allá del interés personal? ¿Perder autonomía? ¿Ser cómplices de decisiones ajenas? ¿Participar del juego oscuro y sospechoso del poder? ¿Cuál es la intención oculta?

Para los descreídos, la respuesta acerca de los militantes que ejercen y cobran de un cargo público es evidente y autoexplicativa. Pero, ¿y los demás? ¿Y esos que son la inmensa mayoría? Algo andarán buscando.

Esta ocasión es tan buena como cualquier otra para dar contestación a tales dudas.

Ser militante responde a una motivación doble, racional y emocional.

Hacemos política porque nos queremos concernidos acerca de lo que ocurre a nuestro alrededor, acerca de lo que viven, disfrutan, sufren, necesitan y esperan otros hombres y mujeres.

Hacemos política militante porque, además, nos queremos comprometidos, con unos principios, con unas ideas, con un esfuerzo de cambio, con el progreso colectivo.

Y hacemos política militante en el PSOE porque este es el partido que ha hecho avanzar a la sociedad española durante el último siglo y medio. Es el partido que desde hace más de cien años tira de la historia de España hacia adelante.

También hay motivos de índole puramente sentimental, emotiva.

Emociona recibir el testigo de la generación de socialistas que conquistaron la democracia. Para mejorar esa democracia con nuevas conquistas de derechos. Y pasar luego el testigo a la futura generación de socialistas llamada a seguir progresando.

Como dicen las feministas, porque fueron, somos, y porque somos, serán.

Emociona compartir ideario, tarea, símbolos, con otros miles de socialistas que se emocionan como nosotros.

dY emociona sentir el orgullo de comprobar la firma del PSOE en todas y cada una de las páginas más brillantes de la historia de España.

De las conquistas obreras del finales del siglo XIX a los gobiernos progresistas de la República. De la lucha antifranquista al logro de la Transición Democrática. De la universalización de la sanidad a las pensiones dignas. De las leyes de igualdad a la educación equitativa. Del final del terrorismo al derecho de eutanasia…

Un libro reciente del historiador Gutmaro Gómez, titulado “Hombres sin nombre”, ilustra de manera pormenorizada cómo las direcciones socialistas caían una tras otra, y se reponían una tras otra, durante la represión franquista. Hombres y mujeres anónimas que tributaron sacrificio de exilio, cárcel, tortura y muerte, para mantener en pie este partido, su legado, su misión. Cómo no emocionarse.

Hay quien se extraña, y hasta frunce el ceño, por la insistencia emocionante de los socialistas al conmemorar cada 5 de agosto, sin faltar nunca, el fusilamiento de nuestras Trece Rosas. Asesinadas por ser y sentirse socialistas en el verano de 1939.

Sí, nos emociona, porque su lucha era la lucha de los socialistas de antes, de los de entonces, de los de ahora, de los de mañana y de los de siempre.

Y emociona ver la emoción de ese militante que reconoce el rostro de otro militante, más público quizás, más protagonista, por ser ese su papel en esta organización de iguales, y pide una foto, una firma, un testimonio de ese compromiso emocionante.

Y emociona que te muestren el viejo carnet arrugado que tu abuelo mantuvo escondido durante décadas para proteger a la familia. Escondido pero vivo, oculto pero palpitante.

Y ese veterano que pide como última voluntad la bandera con la pluma, el libro y el yunque sobre su féretro…

Nuestros adversarios se admiran a veces, y se lamentan, por la capacidad de los militantes socialistas para errar y corregir, para tropezar y seguir, para caer y levantarse. Una y otra vez. Sin rendirse, sin parar.

Para ser partido en el triunfo y en el poder, y seguir siendo partido en la derrota y en la oposición. Y seguir teniendo partido en cada sitio y en cada momento.

Donde hay alcalde, el alcalde. Donde no, un concejal. Donde no hay concejal, un maestro, un tendero, una vecina… Donde hay Casa del Pueblo, allí está la sede. Donde no hay Casa del Pueblo, la sede está en la casa de cada socialista. Nos fundaron en el cuarto clandestino de una pequeña fonda de la calle Tetuán. Sabemos adaptarnos.

¿Hay otras maneras de vivir? Sí. Y hay otros valores. Y hay otras maneras de hacer política. Y otras maneras de sentir.

Esta es la nuestra.

Militantes socialistas.