De la cuarta oleada  a la fatiga pandémica

Durante este año las noticias sobre la pandemia han fluctuado desde informaciones muy técnicas y prudentes, pero también ha sido un terreno de juego propicio para bulos, las noticias falsas conocidas como fake-news. La población ha quedado en un terreno de confusión donde lo que más se difundía y mayor credibilidad tenían eran las noticias falsas, los bulos, alimentando lo que se conoce como “nagacionistas”. De tal suerte, que las normas preventivas del contagio se trasgreden de forma continua y forman una bola de nieve que arrasa con todo y luego es muy difícil discernir cuáles son los datos verdaderos y cuales los falseados.

En esta encrucijada de escasa transparencia, de informaciones contradictorias, de verdades a medias y mentiras totales, aparece la vivencia emocional de cada uno de nosotros y nosotras y, en no pocas ocasiones, nos domina el enfado, la rabia e incluso la ira.

La OMS de la Región Europea, nos señala que los estados miembros han informado de signos de fatiga durante la pandemia en la población. Estos signos de la fatiga aparecen como desmotivación para continuar cumpliendo con las conductas de protección, emergen gradualmente a lo largo del tiempo y afectan a las emociones, experiencias y percepciones, la OMS ha denominado a este cortejo sintomático como “fatiga pandémica”.

La fatiga pandémica es una respuesta natural y esperada ante la prolongada crisis de salud pública que nos asola desde hace más de un año, no basta que la severidad de la pandemia por covid-19 haya mejorado con la implantación de medidas muy invasivas, con un impacto sin recedentes en el curso de la vida diaria de todos y cada uno de nosotros, incluyendo a quienes no se han visto directamente afectados por la acción del virus.

Esta reacción natural y esperada a la adversidad sostenida y no resuelta en la vida de las personas, se expresa como una desmotivación emergente para participar en conductas de protección y buscar información relacionada con COVID-19, también se muestra como complacencia, alienación y desesperanza.

En estas condiciones de crisis sanitaria prolongada, se ven alteradas las emociones y las relaciones interpersonales, apareciendo desinterés, irritabilidad, nerviosismo, frustración, ansiedad, ira, insomnio y somatizaciones diversas, tal como detectamos en la investigación que dirigimos para el CIS.

Estas reacciones se entremezclan con percepciones y emociones propias más cotidianas, iniciándose de forma progresiva durante toda la duración de la pandemia, destaca el desinterés creciente por la información acerca de la pandemia y de sus medidas y normas de regulación.

En los momentos en los que estamos, lo fundamental consiste en implementar medidas de forma preventiva, lo que hemos de hacer para evitar la fatiga pandémica y desarrollar actividades, a todos los niveles, que incrementen la sensación de seguridad a la población para evitar caer en la fatiga pandémica, lo que supone un compromiso definitivo de los responsables administrativos y de los gestores políticos con el conjunto de la población.

La OMS señala que los responsables deben entender a las personas, para lo que deben saber recoger y usar la información que aportan, sabiendo elaborar y trasmitir lo que existe de evidencia en las políticas específicas que son adaptadas a esta situación y serán  eficaces. Por ello se debe establecer intervenciones con gran capacidad de comunicación. Es importante trasmitir que las acciones que se promueven permiten que las personas vivan sus vidas, pero reduciendo el riesgo de exposición. Es posible que las restricciones de amplio alcance no sean factibles para todos a largo plazo, por ello es clave involucrar a la ciudadanía como parte activa de la solución, buscando y encontrando formas de involucrar, de manera significativa, a las personas y a las comunidades a todos los niveles de la intervención. De esta suerte se trasmite consistentemente que se reconoce y aborda las dificultades que experimentan las personas y el profundo impacto que la pandemia ha tenido en sus vidas.

La política de comunicación pública es fundamental, para mantener la atención y revigorizar el soporte público para las conductas protectoras. La comunicación debe ser transparente, al compartir las razones que justifican las restricciones y cualquier cambio que se les haga, reconociendo los límites de la ciencia y del gobierno.

Las administraciones debieran esforzarse por lograr el mayor nivel posible de equidad en las recomendaciones y restricciones que se realizan sobre las poblaciones. Para ello debe ser lo más consistente posible en los mensajes y las acciones, evitando medidas contradictorias. Es fundamental coordinar la comunicación para evitar mensajes contradictorios entre posibles expertos y los verdaderos portavoces. Resulta clave esforzarse por lograr la previsibilidad en circunstancias impredecibles, por ejemplo, utilizando criterios objetivos para las restricciones y para explicar cualquier cambio que se haga.

Es muy importante trasmitir un listado de acciones concretas y ser coherente con ese listado, de tal suerte que resulta clave pensar en lo local, para encontrar formas creativas de motivar a sus miembros y compañeros y compañeras. En todos los lugares de trabajo, escuela, universidad, club juvenil, se debiera establecer comunicación con los usuarios de esos servicios e instituciones e interesarse por cómo les gustaría implementar los comportamientos recomendados en las normas.

Resulta muy recomendable desarrollar orientaciones sobre cómo vivir la vida cotidiana mientras se reduce el riesgo a contraer la pandemia, resaltando que es básico evitar los cambios constantes. Ante acontecimientos, celebraciones  y efemérides es muy recomendable preparar soluciones seguras para las próximas festividades nacionales o locales, ofreciendo recomendaciones claras. Es muy importante que los responsables sepan comprender qué medidas pueden resultar insoportables a largo plazo, con el fin de modificar o equilibrar dichas restricciones con otras medidas (económicas, sociales, psicológicas), teniendo en cuenta el riesgo epidemiológico.

Por todo ello los responsables político-administrativos deben diseñar actividades que sean fáciles y económicas, como el uso de mascarillas y desinfectantes de manos gratuitos, áreas accesibles para lavarse las manos, espacios destinados a la interacción social, desarrollar oportunidades de teletrabajo. Una opción muy importante es apelar al compromiso de las personas en lugar de culparlas, asustarlas o amenazarlas, reconociendo que todos están contribuyendo para hacer las cosas bien.

Es muy importante ser claro, preciso y predecible, utilizando infografías simples y fácilmente comprensibles como una forma eficaz de comunicar las restricciones y los riesgos. No deben olvidarse de realizar estudios poblacionales cualitativos y cuantitativos periódicos, tomando los hallazgos en serio y como resultados fiables, de tan suerte que puedan ser usados para informar la acción que se pretende recomendar. No se debe olvidar la necesidad de adaptar la comunicación a las características de grupos específicos que experimentan desmotivación (p.e. población inmigrante, clases sociales bajas, discapacitados). Una buena recomendación es probar los mensajes y elementos visuales con muestras poblacionales antes de difundirlos a la población general.

La OMS establece una estrategia llave para abordar el riesgo de fatiga pandémica, entre las que destaca: Identificar los grupos poblacionales prioritarios, es decir, aquellos que muestran signos de desmotivación y los que buscan transmisión creciente, para lo que se utilizará encuestas de población y datos de vigilancia epidemiológica. Luego los responsables analizarán los datos obtenidos, comprendiendo aquello que los motiva y las barreras que deben afrontar.

Resulta de gran  utilidad los estudios de población cualitativos y cuantitativos, seguimiento de medios de comunicación y retroalimentación de una línea directa. Luego habrá que utilizar lo que se detecte, sobre todo para identificar percepciones y necesidades emergentes, para informar las políticas que se desarrollan, la comunicación y otras intervenciones contra la pandemia. No debemos olvidar que los conocimientos sobre el comportamiento de la población solo son valiosos si informan de manera adecuada sobre la acción a desarrollar.

Resulta recomendable probar nuevas iniciativas, mensajes y formas de comunicación con la población cuyos comportamientos se desea cambiar, utilizando grupos focales u otros enfoques de investigación (p.e. metodología de investigación-acción). Se debe comunicar las necesidades, prioridades y lagunas de conocimiento del propio gobierno y de la comunidad investigadora con el fin de garantizar que la agenda de investigación sea pertinente, relevante y oportuna.

Una segunda llave estratégica, tal y como se ha señalado con anterioridad, consiste en considerar a la población como parte de la solución del problema.

Se debe saber “pasar el testigo a otros”, saber delegar; para ello hemos de considerar a los grupos y a los líderes de la sociedad civil que podrían participar para asumir roles de liderazgo en la habilitación y promoción de comportamientos protectores del riesgo (organizaciones juveniles, asociaciones de vecinos, líderes religiosos, clubes deportivos y organizaciones comerciales o comunitarias). Debemos aprender de la sociedad civil e involucrarla, de forma activa, en el desarrollo de escenarios para futuros confinamientos locales / nacionales. Es importante solicitar a la sociedad civil que encuentre formas creativas para motivar a sus miembros y compañeros, preguntándoles qué apoyo necesitan de los responsables administrativos y sanitarios. Es fundamental involucrar al personal voluntario, tanto en el diseño y entrega de políticas, como en las intervenciones y en los mensajes de COVID-19.

Animar a la gente a que viva su vida, pero que lo haga reduciendo el riesgo de contagio. Ayudando a diferenciar entre actividades de menor riesgo y de mayor riesgo, para garantizar que existen mecanismos de apoyo para las opciones de menor riesgo cuando la abstinencia sostenida no sea una opción. Desarrollar la orientación sobre cómo continuar con la vida mientras se reduce el riesgo de transmisión, incluyendo que las pautas pueden ofrecer opciones para cenas más seguras, citas de juegos para niños, interacciones en el lugar de trabajo, citas, funerales, bodas, viajes.

Se debe encontrar formas creativas de comunicar, siguiendo las recomendaciones establecidas en lugar de cambiarlas constantemente. ¿Cómo pueden las personas, los lugares de trabajo, el transporte público, el sector minorista y las residencias de ancianos, por ejemplo, participar en la reducción del riesgo que conduce a estos eventos y celebraciones en los que las personas se encuentran de distintos lugares y generaciones?

Muy importante es animar a las personas y las comunidades a identificar estrategias para minimizar daños que se ajusten a sus propias necesidades. Así se cambia el mensaje de “no” a “hacer las cosas de manera diferente”. Lo que comporta evitar el juicio y la culpa relacionados con conductas de riesgo, ya que esto puede contribuir más a la vergüenza y la alienación que al compromiso y la motivación.

Para todo ello es fundamental tener unos principios transversales, como son: Transparencia: ser transparente al compartir las razones que sustentan las recomendaciones y restricciones que se realizan; reconociendo los límites de la ciencia y del gobierno. Para ello: la claridad y la sencillez son claves. En segundo lugar es necesaria la justicia, es decir las decisiones se deben basar en criterios objetivos y aplicarse con equidad. Por fin, se precisa consistencia, lo que supone que las acciones de los líderes están en línea con lo que se debe hacer, evitando las respuestas inconsistentes y supérfluas y teniendo un uso regular de términos y datos específicos, pero sin abusar ni inundar con ellos.

Es clave la coordinación, manteniendo relaciones con las partes interesadas, luchar por la unidad y evitar mensajes contradictorios de expertos, voceros, representantes gubernamentales y trabajadores de la salud. Por lo tanto, mantener la previsibilidad, lo que se consigue con la utilización de criterios epidemiológicos objetivos para las restricciones y, siempre, asignar plazos para esas restricciones, realizando un seguimiento de estas para que las personas sepan lo que pueden esperar y saber a qué atenerse.

No se debe olvidar que la fatiga pandémica es un estado de ánimo muy relacionado con la vivencia de la pandemia y con la percepción de la situación a lo largo del tiempo de duración, por lo tanto tiene un fuerte componente afectivo, cognitivo y subjetivo. Saber valorarlo y tenerlo en cuenta es hacer prevención. Mi catedrático de Patología Médica en la Universidad de Salamanca, el Prof. Fermín Querol, nos decía que no se puede diagnosticar lo que no se sabe, de forma complementaria se puede decir, no se debe descalificar lo que se  desconoce, porque descalificar lo que se desconoce es la forma más evidente de mostrar el grado de ignorancia que se tiene y, en este caso, además, de insensibilidad.