Biden llega a la presidencia de EEUU en plena expansión de la economía

El dato estratégico central de las elecciones norteamericanas del 3 de noviembre es que han sido las de mayor nivel de participación electoral de su historia, que subió a más de 65% del total de participación del total de ciudadanos estadounidenses en condiciones de hacerlo (el promedio histórico de participación en los comicios presidenciales estadounidenses es 40%/42%).

Por eso hay más de 100 millones de votos adelantados en el acto del 3 de noviembre, junto con la más elevada presencia efectiva en el día de la votación de su historia. Al mismo tiempo, Donald Trump ha vuelto a aplastar todos los pronósticos electorales, tanto nacionales como locales (le daban una diferencia a Biden sobre Trump de 7,5% en el plano nacional, que se reducía a 3,5% en los 4 grandes estados industrializados del Medio Oeste, Pensilvania, Ohio, Michigan y Wisconsin, que junto con Florida, son los que resuelven las elecciones norteamericanas). Trump logró 72 millones de votos en las elecciones presidenciales del 3 de noviembre, y Biden 77 millones.

Los pronósticos fueron desafiados una vez más por el mandatario norteamericano: Trump triunfó en Florida por 4 puntos sobre Biden; y se impuso en Ohio por una diferencia de 8 puntos.La diferencia de Trump sobre Biden en Florida es tres veces superior a la que obtuvo en 2016 respecto a Hillary Clinton. Al mismo tiempo los republicanos se han transformado en el partido mayoritario de la comunidad latina hispánica; y algo semejante ha ocurrido entre los afroamericanos: Trump logró 8% del voto negro en 2016 y ahora lo ha duplicado al 16%, en tanto en los jóvenes afroamericanos de 18 a 29 años alcanza a más de 30%.

En Texas, el segundo estado de la Unión después de California, la diferencia de Trump sobre Biden fue de casi 5 puntos; y esto fue consecuencia del respaldo masivo que obtuvo de más de 50% de los votantes latinos. El dato cualitativo de este proceso electoral, absolutamente decisivo, es el siguiente: en los últimos tres días antes de las elecciones, Trump realizó 14 actos electorales en 5 estados de la Unión, todos ellos ubicados en el Medio Oeste y centrados en los 4 grandes principales. En cada una de estas jornadas, Trump tuvo un público enfervorizado de entre 20.000 a 50.000 participantes, que lo ovacionaron en medio de las temperaturas frías de las planicies del Centro y Norte de EE.UU.

Todo esto sucede cuando la economía norteamericana (21.9 billones de dólares que es el 25% del PIB global) crece a una tasa de 37% anual en el tercer trimestre del año (Reserva Federal de Atlanta de acuerdo a sus indicadores en tiempo real/NowCast): es la mayor expansión de su historia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial; y prácticamente el doble que el anterior récord de 16,2% en igual periodo de 1950. Este auge es arrastrado por un boom de consumo que creció más de 40% en ese periodo (el consumo es más de 70% del PBI norteamericano), acompañado por una fenomenal alza de la construcción que experimenta las tasas de interés más bajas de la historia (0%/1% anual), con créditos hipotecarios que cuestan 2,3% por año, en sentido descendente. Esto ocurrió tras haberse hundido 32,2% anual en el segundo trimestre, producto del coronavirus. Fue la mayor caída de los últimos 80 años a contar de la etapa 1929/1932, en que el producto se derrumbó 40% en tres años.

El auge económico norteamericano es el resultado directo de la apertura de su economía y de la reasunción de las actividades que cesaron o fueron pospuestas en el momento más álgido de la pandemia del coronavirus.

En términos de valor agregado, la economía estadounidense se ha expandido 1,64 billones entre agosto y octubre de este año; y se dispone a aumentar el 10,4% anual en el cuarto trimestre de 2020.

El nivel récord de participación electoral y la magnitud de los votos adelantados (más de 110 millones de unidades) hace que la elección presidencial del 3 de noviembre tenga unos resultados contundentes a favor del cambio que representa Biden. La gran parte de esos votos progresistas pertenecen a las zonas urbanas de los “estados cambiantes” (“swing states”). Esto implica que la diferencia de 10 puntos que ten9a Trump sobre Biden en Pensilvania fue superada y revertida por el voto demócrata de los grandes centros urbanos, y otorgó una enorme victoria del partido demócrata.

Lo que está en juego en EE.UU. es el choque de dos legitimidades: por un lado, los trabajadores industriales del Medio Oeste que fueron fervorosos partidarios de Trump; y por otro, la clase media de profesionales y especialistas de las ciudades norteamericanas, de enorme implantación demócrata mucho más izquierdistas. Esta disputa de ninguna manera se reduce a una cuestión jurídica o judicial; es una puja eminentemente política y visceralmente conflictiva.

EE.UU., la primera superpotencia mundial, cabeza del capitalismo avanzado, ha ingresado a partir del 3 de noviembre en una etapa de profunda y sostenida conflictividad, en la que está en juego el poder político, su significado y naturaleza, de un país que se define como “excepcional”, y lo es. Pasa de ser un país profundamente conservador con un dirigente ubicado en la extrema derecha como era Trump a un modelo progresista equiparable a la socialdemocracia europea del nuevo presidente Biden.

El sistema político norteamericano es el único capaz de procesar revoluciones sin destruirse; y su fortaleza se basa en una asombrosa, admirable, legitimidad compartida.

Esto es lo que ha estado en juego ahora en estas elecciones presidenciales del 3 de noviembre.