Las favelas de Brasil, entre la muerte y el abandono

El país más poblado de América Latina ya no puede más. 

Mientras la pandemia del coronavirus hace y deshace a su antojo en Brasil, las cifras de fallecidos y contagiados no hacen más que aumentar.

El país tiene más de 3 millones de infectados y los fallecidos superan los 104.000.

Sin embargo, la nación liderada por Jair Bolsonaro tiene otra realidad que está siendo ignorada desde el comienzo de la pandemia.

Los barrios más marginales de Brasil, conocidos como las favelas brasileñas, se encuentran en una situación de no retorno y siendo protagonistas de una pesadilla con un escenario tan cruel como desolador.

En las favelas de Brasil, los ciudadanos más pobres tiene que convivir con la muerte y el abandono.

Por un lado, como los servicios sanitarios no se atreven a entrar en las favelas, los residentes de estos lugares contabilizan por su cuenta a las víctimas del COVID-19, mientras otros cuentan a los nuevos infectados.

Por otro lado, tras el anuncio de la policía de abandonar las favelas, la violencia y el abandono social han vuelto a convertirse en los protagonistas de esta preocupante situación.

CORONAVIRUS, VIOLENCIA Y ABUSO POLICIAL

Si la vida en las favelas no era fácil antes de la llegada del coronavirus, la aparición de la enfermedad no ha hecho más que agudizar y agravar una realidad que estaba capada.

Con el COVID-19, más del 20% de los residentes de las favelas han sido contagiadas. Según un estudio realizado por la Alcaldía de Río de Janeiro,121 mil personas pudieron haber contraído el virus en esas zonas. Además, señala al complejo de favelas Cidade de Deus como el que registró el mayor porcentaje de contagios.

Sin embargo, desde el núcleo central de estos lugares, aseguran que el índice de contagios y fallecidos es mucho mayor, hasta el punto de no aparecer estos últimos en los datos oficiales contabilizados por el ejecutivo brasileño.

De hecho, en las favelas de Río de Janeiro, la gente se ha visto obligada a organizarse para contar a los infectados y los muertos por COVID-19, arriesgándose ellos también al contagio.

Ya no solo la pobreza, la falta de recursos higiénicos y la despreocupación del gobierno juega en contra de la situación de las favelas, es que tampoco cuentan con protección alguna frente a las habitual reyertas y episodios violentos y de tráfico de drogas que se repiten en estos espacios.

La gota que colmó el vaso ha llegado hace unas semanas cuando la orden de un juez decidió que las fuerzas policiales de Brasil salieran de las favelas durante la pandemia.

Sin embargo, esta decisión generó un gran revuelo.

El juez dictó este fallo tras comprobar que, durante el confinamiento, la policía había matado a decenas de personas. Concretamente, causaron la muerte de al menos 65 personas en tiempos de confinamiento social, algo que el juez consideró como un abuso de poder en toda regla, y esta concepción sirvió para anunciar la retirada de los agentes.

La queja de los residentes de las favelas llega porque consideran que, pese a retirar las tropas policiales por un motivo de peso, han dejado a estas zonas y a sus habitantes completamente desprotegidos ante la violencia y marginalidad que campa a sus anchas por estos barrios.

ABANDONO ESTATAL 

Ante esta situación de vulnerabilidad extrema que atraviesan en las favelas brasileñas, el Gobierno de Brasil ha optado por hacer caso omiso a lo que ocurre en estos barrios. 

La ayuda estatal es una utopía para los residentes de las favelas quienes saben que, pese a que desde el ejecutivo digan que van a ayudarles, esto quedará en un lavado de imagen de cara a la opinión pública.

Gilson Rodrigues, el encargado de gestionar la Unión de Residentes y Comercio en Paraisópolis, la favela más grande de Sao Paulo, asegura par el medio DW que “el único motivo por el que no ha habido ninguna catástrofe mayor de la que hay es porque la sociedad civil se ha organizado bien”.

Envueltos en una marea de desesperación y abandono, los residentes de las favelas de Brasil no piden más que un poco de ayuda para poder vivir, dentro de sus posibilidades, en un estado de calma mientras dure la pandemia.