El papel del gas mostaza en la Primera Guerra Mundial, la primera batalla química

La Gran Guerra constituyó la primera guerra a escala mundial, pero, también, el escenario de la primera batalla química en toda la historia.

En Europa, el desarrollo industrial a principios del siglo XX trajo numerosos avances, pero, también, fue el nacimiento de las armas químicas a escala industrial.

 

FRITZ HABER 

Este crecimiento fue bastante notable en Alemania, donde el sector químico avanzaba más que en cualquier otro país europeo. El considerable personal técnico y a los equipos químicos, en 1909, la empresa BASF ponía en marcha el Proyecto Nitrógeno. Su objetivo, convertir nitratos en explosivos.

El científico alemán Fritz Haber, cabecilla del proyecto, mediante altas temperaturas y presiones y combinando nitrógeno de la atmósfera con el hidrógeno, logró generar amoniaco.

Este invento le valió a Haber para recibir el Premio Nobel años más tarde y crear un arma química para el campo de batalla.

Sin embargo, Alemania no fue el primer país en utilizar los químicos en la Gran Guerra. En 1914, los soldados franceses lanzaron granadas cargadas de bromoacetato de etilo a los alemanes. A pesar de que el intento falló, esto les sirvió a los alemanes para crear una buena respuesta.

Desde ese momento, entraron en escena nuevas armas bélicas: el cloro, el fosgeno o los proyectiles con carga química.

GAS MOSTAZA

Entre 1915 y 1916, los combatientes utilizaban estas nuevas armas químicas con cierta descoordinación e improvisación, por lo que, a partir del 1917, se empezaron a desarrollar los manuales de uso de estos artefactos.

Al mismo tiempo, la industria química seguía creciendo y se desarrollaban nuevas armas, como “proyectores Livens”, diseñados por el ingeniero civil William Howard Livens. Este tubo metálico se enterraba en el suelo y tenía una carga de lanzamiento y un bidón a modo de proyectil.

Sin embargo, los científicos todavía no habían creado la joya de la corona de la Primera Guerra Mundial: la iperita, mejor conocida como “gas mostaza”, por el olor que desprendían sus vapores. Fue utilizado por primera vez en 1917 por los alemanes durante la batalla de Passchendaele, en Bélgica.

 Este nuevo invento químico generaba tal irritación en los ojos, que el afectado creía estar quedándose ciego. Además, generaba ampollas en la piel, sobre todo en las zonas donde más se acumula el sudor, como las axilas o los genitales.

Unas de las víctimas del gas mostaza fue el entonces mensajero de del 16.º Regimiento de Infantería Bávaro de Reserva, Adolf Hitler, en uno de los últimos ataques británicos con gas mostaza en 1918.

El futuro dictador así lo relataba en sus notas: “Al amanecer […] fui presa del dolor que de cuarto en cuarto de hora se hacía más intenso”. “Unas horas más tarde los ojos se me habían convertido en ascuas y a mi alrededor dominaban las tinieblas”.

Las terribles lesiones que generaba el gas mostaza hicieron que lo denominaran “el rey de los gases” y obligaron a los soldados a llevar uniformes y guantes especiales en las trincheras.

A pesar de infringir los acuerdos de la Convención de La Haya, los países justificaron el uso de armas químicas tras la guerra con el argumento de que el enemigo los había utilizado primero.

Las más de noventa mil víctimas que causaron solo fueron el preludio de lo que ocurriría años más tarde, así lo afirmó Fritz Haber en la ceremonia de entrega del Nobel de Química de 1918: “En ninguna guerra venidera los militares podrán ignorar los gases tóxicos. Son una forma superior de matar”.