De dar bola a la resiliencia

La ciencia nos demuestra día a día que interactúa en sus diversas disciplinas, es más toma prestados los conceptos o las metodologías para reformular sus propios principios y seguir avanzando, por esta capacidad de regenerarse, de seguir haciéndose preguntas y no conformarse con los primeros resultados obtenidos, por muy aparentes que parezcan, es por lo que la ciencia avanza y nos permite progresar, tal y como Popper nos enseñó.

Este comentario inicial viene al caso porque resiliencia aplicado a las ciencias humanas y sociales es un término prestado. Pero tiene sus límites no todo vale ni todo sirve, si los términos se popularizan demasiado, acaban siendo meras muletillas que todo el mundo repite y repite, en cada repetición se descontextualiza un poquito más y se pierde algo de su sentido, se va vaciando de contenido, al final puede ser una palabra hueca, estéril sin más.

La resiliencia está siendo un claro ejemplo del concepto vaciado y transformado en mera palabra. Resiliencia es un anglicismo (viene de la palabra inglesa resilience) al que se castellaniza sustituyendo el final con el diptongo “ia”. En la actualidad se utiliza para señalar todo lo que se supone que tiene fortaleza, pues conceptualmente no es exacto, por ello me lanzo a intentar aclararlo, sobre todo en estas circunstancias que estamos pasando.

En ocasiones precedentes he puesto dos claros ejemplos sociales de resiliencia que les recomiendo: el libro de Pedro Sánchez “Manual de resistencia” y la película-documental de Fernando Olmeda sobre la vida de la diputada en la Asamblea de Madrid Carla Antonelli, “El viaje de Carla”. Cada uno en su estilo narra circunstancias vitales difíciles y muestran una forma de aproximarse a ellas para intentar superarlo, una manera personal y particular de hacerlo, pero también de pensarlo y elaborarlo. Ese trayecto que recorren ambos es el que tiene un interés particular, por eso son importantes llenar de contenido las palabras evitando repetirlas como un papagayo.

Efectivamente la resiliencia, como concepto y formulación, tiene su origen en la física. La resiliencia hace referencia a la facultad que posee un metal para absorber un impacto físico externo, tolerar altas temperaturas o sufrir algún cambio deformador, tras lo cual el objeto referido puede recobrar su forma y sus propiedades originales.

Tomado de la física, las ciencias de la interacción humana, de la Psicopatología y la Psicoterapia lo adaptan desde la elaboración inicial del gran Psiquiatra Infantil (no por casualidad dedicado a la infancia) Prof. Sir Michael Rutter quien definió el término de la resiliencia en 1978, al observar la capacidad que tenían ciertos niños, cuyos padres eran alcohólicos, para recuperarse y lograr tener una vida estable.

El trayecto, desde entonces, ha sido largo para que Green en 2002 lo adapte definitivamente y defina la resiliencia como “la capacidad humana para transformarse y cambiar a pesar de los riesgos”.

En este sentido podemos observar que Rutter plantea el concepto desde el impacto y Green lo hace desde la capacidad de recuperación. Interesante diferencia.

Los estudios más difundidos han sido los del Psiquiatra y Psicoterapeuta francés, también de la infancia y adolescencia, Cyrulnik que se basaron en la observación de los supervivientes de los campos de concentración y de los niños rumanos que habían vivido su primera infancia en orfelinatos. Este psiquiatra pudo observar que, en ambos casos, había individuos que eran capaces de sobrellevar las adversidades que experimentaban y que se desarrollaban como individuos capaces y estables.

Con estos planteamientos generales se puede decir que para la Psicopatología y la Psicoterapia, la resiliencia consiste en la capacidad que posee todo ser humano para sobreponerse de cualquier dificultad u obstáculo que se les presenta en la vida sin que esa dificultad consiga debilitarlo sino, muy al contrario, consiga salir fortalecido por ello.

Por lo tanto, la resiliencia consiste en la capacidad que tiene una persona para continuar con su vida normal y estable a pesar de las situaciones adversas que pueda estar pasando y a las que tenga que hacer frente. De esta forma el concepto de resiliencia incluye dos contenidos fundamentales, por una parte, la resistencia que tiene el individuo ante la propia situación adversa y, en segundo lugar, la capacidad que tiene el sujeto para restablecer su vida positivamente tras el impacto de la situación adversa.

El propio Rutter en 1992 nos dice: “La resiliencia se ha caracterizado como un conjunto de procesos sociales e intrapsíquicos que posibilitan tener una vida sana en un medio insano. Estos procesos se realizan a través del tiempo, dando afortunadas combinaciones entre los atributos del niño y su ambiente familiar, social y cultural”. Es importante señalar que la resiliencia precisa de tiempo y que se establece desde la infancia, dos condiciones de gran importancia a tener en cuenta. Por ello Vanistendael en 1994 nos señala, de forma muy pertinente, que “la resiliencia distingue dos componentes: la resistencia frente a la destrucción, es decir, la capacidad de proteger la propia integridad, bajo presión y, por otra parte, más allá de la resistencia, la capacidad de forjar un comportamiento vital positivo pese a las circunstancias difíciles”.

Es muy importante señalar que la resiliencia se refiere a un tipo de fenómenos psicológicos personales que se caracterizan por modelos de adaptación positiva en un contexto de adversidad o riesgo social o personal, lo que nos conduce a asegurar que la resiliencia no significa invulnerabilidad, sino capacidad de reacción y recomposición. Ante ello nos resulta inevitable preguntarnos por qué algunas personas salen mejor que otras de un contexto adverso, esta cuestión es un gran dilema para investigar y poder buscar respuestas adecuadas.

Entre las características que reúnen las personas más resilientes encontramos: Mayor cociente intelectual y mejores habilidades de resolución de problemas; buenos estilos de afrontamiento de las situaciones en general; motivación hacia el éxito autosugestionado; elevada autoestima; sentimientos de esperanza; factores personales de autonomía e independencia; empatía con conocimiento y manejo adecuado de las relaciones interpersonales y sentido del humor positivo. Unas características personales que deben enlazarse como en una trenza lo hacen los mechones de pelo.

Una persona resiliente trabaja mentalmente sobre tres elementos fundamentales: El concepto del “Yo tengo”, se refiere a que el individuo es capaz de comprender que tiene personas a su alrededor en los cuales puede confiar y apoyarse ante las situaciones adversas. El concepto del “Yo puedo”, tiene que ver con la capacidad del individuo para manejar las situaciones adversas; el sujeto debe comprender que no importa cuán difícil sea la situación en sí, pero debe saber que él tiene la capacidad para sobrellevar dicha situación. Por fin, el concepto del “Yo soy”, que hace referencia a que el individuo comprenda el concepto de respeto; respeto hacia él mismo (autoestima) y hacia los individuos que están a su alrededor (empatía).

En mi práctica de psicoterapeuta trabajo estos elementos de forma sutil, pero reiteradamente y lo hago potenciando que el sujeto sepa buscar oportunidades para descubrir su propia persona, creando una visión positiva de sí mismo, manteniendo las cosas de su vida en perspectiva, no perder la esperanza y cuidando de su persona.

Para desarrollar la resiliencia se precisan factores constitucionales ligados al temperamento, un funcionamiento familiar adecuado y contenedor, pero también se deben configurar unos aspectos del contexto social de suma relevancia como: relaciones estrechas con personas competentes, con características prosociales, que proporcionen soporte, y relaciones e interacciones con compañeros y compañeras prosociales y que funcionan con normas estructuradas y un funcionamiento flexible.

En una investigación que desarrollamos hace unos 20 años, describirmos unos componentes psicosociales en el niño que definían el componente externo de la resiliencia: niños que tienen en cuenta los sentimientos de las otras personas, infancia que eran capaces de compartir sus cosas con los demás, que ayudaban a la gente en lo que necesitaba (disgustos, tristezas, malestar) y se ofrecían para ayudar en lo que ellos pudieran. Por lo tanto era niños o niñas que trataban bien a los demás, además terminaban su labor una vez que la iniciaban y, por fin, pensaban las cosas antes de hacerlas. Volvemos a matizar dos condiciones personales que se proyectan en el funcionamiewnto social de forma positiva, aunque existan dificultades: emàtía y suficiente autoestima; precisamente poque se sienten bien con ellos mismos se pueden ofrecer y compartir con los demás al percibir lo que precisan y expresan, incluso con su silencio.

La pandemia ha representado un golpe seco y de dimensiones brutales en al devenir y la estabilidad de las personas. Se constituye en un fenómeno ubicado en el exterior, que afecta de forma generalizada y transversal al conjunto social, que se origina por una causa conocida: un virus, pero para el que no tenemos tratamiento alguno conocido, que tiene una elevada contagiosidad, que los procesos clínicos y sus formas de expresión son variadas y variables, del que se desconoce casi todo a pesar de creer saber casi todo, un casi todo que no es más que un casi nada real. Ha sido de tal impacto que el conjunto de los “científicos” han limitado el campo de su visión, lo han hecho con la pretensión de poder acceder a esa comprensión y desde ella poder controlar la pandemia y al “bicho” productor.

Un pequeño virus que no solo ha afectado a nivel individual, sino que su beligerancia es tal que afecta al campo relacional (se formula el confinamiento como forma de atajar su acción), al campo familiar (afecta a los mayores de forma más relevante), al campo económico (el confinamiento y otras acciones llevan a una crisis económica de expresión indeterminada) y al campo social (el impacto en la convivencia social, en los recursos sociales), pone en evidencia la cultura y educación social (capacidad de contribuir al bien común, cumplimiento/incumplimiento de las normas).

Las decisiones más profesionalizadas han sido de gran impacto, pero lo verdaderamente fundamental está representado por la dimensión de la proyección social y de convivencia que la pandemia ha representado y está representando en la actualidad. Las decisiones políticas tienen un impacto real en el funcionamiento de las personas, no solo desde la perspectiva biológica (frente al contagio) o social externa (confinamiento), sino hacia el funcionamiento mental de las personas (aceptación de las normas, tolerancia a la frustración, miedos y temores desde los ancestros a lo más actual, el “valor de la trasgresión”), todo ello nos conforma una forma de abordar la realidad que subraya la decisión de la manada, que trasciende, con mucho, la inmunidad de manada de la que nos hablan los epidemiólogos. Esa “acción de manada” desde lo individual pone en jaque al conjunto de la sociedad y hacerlo solo contribuye a disminuir de forma muy patente la resiliencia, simplemente porque no actúa con empatía ni manifiesta autoestima, muy al contrario solo potencia acciones muy individualistas y que buscan la provocación y no la comprensión del otro.

Esta acción individual con proyección colectiva que hace mella en disminuir la resiliencia, tiene su correlato con las fuerzas políticas que amparan la duda e incrementan la incertidumbre de las decisiones. La pandemia nos ha envuelto en un manto de incertidumbre, es cierto, pero abordar ese sentimiento y esa realidad precisa seguridad, fortaleza y colaboración para que se transforme en una verdadera cooperación. Frente a la incertidumbre originada por la pandemia se debe alzar la certidumbre del trabajo colectivo, aún con sus defectos, que deben ser señalados para superarlos, no para regodeo sanguinario.

Esta labor depredadora de la confianza social, hace que disminuya de forma sensible la resiliencia social, si me permiten el mimetismo y la licencia de trasladar al funcionamiento social el concepto. Esa acción demoledora influye a nivel de las capacidades de reacción individual y el conjunto de las individualidades influyen en la actitud social en su conjunto.

La educación y el nivel cultural son determinantes para poder afrontar esta situación de forma colaborativa y en cooperación. Desde luego los insultos y las descalificaciones y amenazas son justo lo contrario para generar condiciones para construir resiliencia. Es más entre insultos, amenazas y descalificaciones se debe generar la respuesta resiliente hacia esta nueva agresión, lo que detrae mecanismos de afrontamiento a la lucha más global del conjunto de la población.

Es decir, la presión extrema nos dice que son personas con escasa empatía hacia la situación y que tienen muy poca seguridad en sí mismos, por lo que adolecen no solo de empatía sino de autoestima real. Se muestran débiles e impotentes, por ello utilizan un mecanismo de defensa que se llama “conversión en lo contrario” para evitar el malestar que les produce aceptar la realidad, como además utilizan un mecanismo tan arcáico como la proyección, se culmina la debilidad de esos colectivos y su dificultad en contribuir a la resiliencia.

Todo lo que comporte rabia, odio, desazón, prisas y exigencias desbordadas no contribuyen al reconocimiento de la propia autoestima y sin ella es muy difícil tener empatía, sin ellas no se construye autoestima porque la rigidez y la tozudez no son componentes ni de la inteligencia funcional ni de la inteligencia emocional. Este desbordamiento emocional primario de rabia, odio, desazón y prisas, solo contribuye a alejar de la autoestima y de la empatía. Ítem más para atacar a la resiliencia.

Es decir, estas actitudes que estamos viendo de insultos, amenazas y descalificaciones, además de insolidarias, merman la acción resiliente y, por lo tanto, afectan a la capacidad de construcción positiva de una acción conjunta frente a la incertidumbre de la pandemia.

La resiliencia es un tema a desarrollar en esta pandemia. Un tema que se ha quedado olvidado, como tantos otros, en este periodo. No es tarde si nos acercamos a comprender, desde la dificultad y la incertidumbre, con humildad las capacidades de respuesta y regeneración ante esta pandemia.

Cyrulnik nos explica algo muy aplicable a esta situación de la pandemia, cuando la vida nos da un golpe, aparece una herida en nuestro ser que, por mucho auto-conocimiento y terapia, seguirá estando allí, lo que nos hace vulnerables. El objetivo para superarlo es mirar de frente y reconocer la herida y la cicatriz como algo nuestro e integrarla en nosotros y no hacerla desaparecer. No existe nadie más fuerte que el que conoce bien su debilidad y ha hecho las paces con ella. Este autor apunta como pilares de la resiliencia: autoestima consistente, independencia, capacidad de relacionarse, sentido del humor, ética, creatividad y capacidad de pensamiento crítico.

Un apunte, entre los resilientes existen personas con mayor cociente intelectual, yo… ahí lo dejo.

El tema es complejo, pero abordable. En mis clases, en la Universidad, a los alumnos les encanta este tema porque intento formularlo junto al abordaje de la vulnerabilidad y el riesgo, este recurso pedagógico permite desarrollar mejor la comprensión de los conceptos, pero también aporta una vía de salida y un campo esperanzador de trabajo profesional.

La resiliencia no solo es resistencia, sino que es un concepto dinámico, interactivo y muy rico, lleno de matices y sutilezas. Por cierto, tanto Pedro Sánchez como Carla Antonelli, son dos ejemplos vivos y reales de personas resilientes. Definitivamente hay que estar cerca de los dos.

(P.D. Dedicado a los alumnos, alumnas, compañeros, compañeras, amigos y amigas que me sugirieron y solicitaron que escribiera sobre este tema. Gracias por hacerme pensar).