Los míos

Siempre han estado ahí, aunque pocas veces, muchos, hayan reparado en ellos. Los conozco desde hace años, desde hace décadas, de toda una vida. Estratégicamente colocados, dispuestos a ponerse enfrente de quien tocara o al lado del que lo necesitara. Junto a los que mandan, pero discretamente disimulados, y ordenando las situaciones. Han sido, y aún son, la parte invisible de un complejo sistema de organización. No en vano, lo que saben los más veteranos lo han aprendido a base de días eternos y jornadas interminables. Días que para otros son solo horas, jornadas que siempre acaban cuando los demás hace mucho que se han ido.

Si tuviera que elegir a alguien para que cuidase lo mejor de lo que he aprendido en política durante todos los años que he estado en ella serían ellos los señalados. No van con ínfulas, ni con presuntuosidad sino con discreción y prudencia. Saben más que muchos de los que se miran en el espejo extasiados, porque lo que saben lo han mamado a base de inteligencia, conocimiento, pero también de esfuerzo, trabajo, entrega y sufrimiento. Miran como si no supieran, asienten y se encogen de hombros. Dan mil vueltas al más pintado.

Tienen la ideología del trabajador, la ciencia del que hila la realidad con una destreza que revela habilidad, competencia e intuición, y una formación que destaca sobre la de muchos otros enterados que presumen, pero que carecen de capacidad para diferenciar lo que ellos atisban con un breve parpadeo.

Vienen de los tiempos de Benegas y de otros dirigentes que se quedaron en el camino como Casas o Buesa. Son de aquellos. Iban por Euskadi con la misma naturalidad que otros lo hacen por Sevilla: con arrojo y con inteligencia para medir y calcular en tiempos de crímenes, terror y muerte, cuáles eran los pasos más seguros. A ellos les tocaba, con su trabajo, evitar muertes, salvar vidas, sostener altas las banderas del partido sujetando con fuerza los anclajes de su seguridad. Y jugándose su propia vida.

Las cosas son así, aunque para otros solo sean los de la organización, la seguridad o los de asistencia técnica, los que están en la puerta o los que van un paso por detrás de los que importan. No tienen ni idea. Porque ellos son muy importantes. Lo son para mí, que me crié en la política velado por su generosidad y protegido por su firmeza. Y acompañado por su simpatía. Y saben más que otros arrogantes que apenas han entretejido alguna idea en toda su vida, pero dominan con eficacia la adulación. Llevan su trabajo en el alma porque han dado el alma por su trabajo.

No sé si siempre los he tratado con el respeto que merecen. Seguramente, no. Me disculpo. Si he dicho algo incomodo, si he faltado en algo… Los veo pasar, me pongo de pie y me quito el sombrero con respeto. Hoy significan más para mí que otros que circulan con un desparpajo incomprensible y con aires que dejan en brisa las galernas del Cantábrico. Significan lealtad a las ideas, compromiso con una causa noble y entrega a su defensa. Si yo tuviera que formar un grupo parlamentario en algún lado ellos serían los escogidos. No tengo ninguna duda: nadie defendería ni mejor ni con más acierto mis ideas.

El más grande, en todos los sentidos, Rafa Pareja, es el más prudente, y Santos, que no es tan grande, de aspecto, lo es de enorme corazón, y es el más audaz. Son como un matrimonio de más de cuarenta años de convivencia: se complementan en un entorno de respeto que para el testigo resulta admirable. En ellos dos podría resumir más de treinta y cinco años largos de mi militancia. Como en José Manuel, Lagar o Alejandro, y en otros que no están en la foto del artículo pero que sí están en mi corazón.

He querido escribir sobre ellos, ahora que salimos de casa y necesito expresar el sentido de la amistad, porque ellos reflejan mejor que nadie con su vida lo que yo trato de explicar con palabras. Son los míos.

Y ahora, a Soria, que allí hay más y estarán los demás. Disculpe el lector, ellos me entienden. Y era hora de algún reconocimiento. Yo lo hago, porque estas son palabras en libertad.

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