Hola, ¿Raffaella? Necesito que vuelvas

Los resquicios del confinamiento todavía continúan campando a sus anchas por este cuerpito que ‘dios me ha dao’, y las ganas de pisar las calles del centro de Madrid se compaginan con ese gustirrinín de estar en casa revisionando el catálogo audiovisual de televisiones y plataformas de streaming varias.

Eso sí, la cañita de los fines de semana y los paseos a los grandes almacenes españoles por excelencia – con la pasada de tarjeta de crédito correspondiente – no hay programa o evento televisivo que me lo quite.

Números rojos aparte, debe ser que la semana pasada la Karina que llevo dentro – la del baúl de los recuerdos, la de la sonrisa perturbadora y la que supongo yo que todavía se está quitando todas las flechas del amor que Cupido le disparó en 1996 – decidió echarle una ojeada a la hemeroteca de RTVE a la Carta.

Me topo con un programa del que conocía su existencia y que, pese algún que otro vídeo de la red, no me había parado a ver y disfrutar en condiciones. Sobre todo, de esto último.

Disfruto y me enfado a partes iguales.

Disfruto porque el icono italiano por antonomasia es la maestra ceremonias de este maravilloso formato que capitaneó entre 1992 y 1994, y porque el programa me fascina tanto tanto tanto que me resulta imposible dedicarme a cualquier otro ‘quehacer’ que tuviese planeado.

Y, me enfado, porque no entiendo cómo las televisiones no se están peleando para que este programa vuelva a estar en antena. Y claro, ya me pongo como un basilisco cuando me doy cuenta de que, por una cuestión de edad, no pude ni podré jamás ver en directo un programa que marcó a varias generaciones de españoles.

Nacido yo en 1996, y emitido el programa en las fechas mencionadas… Obviamente, las cuentas no salen.

Por echarle el muerto a alguien, la culpa es de mis padres por no estar a lo que tenían que estar antes. Así mismo.

 

Hola Raffaella era una mezcla de espectáculo, entrevistas, varietés, vedetismo, imprevisibilidad y cercanía apabullante que, hasta la fecha, no lo he visto todavía en la tele.

 

Necesito que vuelva ¡Hola Raffaella!. Y lo necesito ya.

Raffaella Carrá llegó de Italia a Televisión Española para demostrar que ella es, como diría Paquita Salas, la verdadera mujer 360. La Carrá lo es todo: artista, cantante, presentadora, showoman y todo lo que ella quiera.

En sus programas sentó a lo más de lo más de la época, y descubrió también a grandes personalidades que se han convertido, con el paso del tiempo, en rostros habituales de la pequeña pantalla. Y los que no lo consiguieron, se quedaron con algo igual de valioso: quedar para siempre en la memoria de los espectadores.

Hola Raffaella era una mezcla de espectáculo, entrevistas, varietés, vedetismo, imprevisibilidad y cercanía apabullante que, hasta la fecha, no lo he visto todavía en la tele.

Hay programas que intentan asemejarse, pero ni de lejos.

¿Cómo eran esas oberturas de programas con las coreografías imposibles de la autora del Rumore, rumore? Mataría por volver a ver a la Carrá enfundada en un vestido de lentejuelas haciendo un medley de sus grandes éxitos en los que no podrían faltar el Tuca Tuca, el Qué Dolor o el Mamá dame cien pesetas.

A ti lo que te deberían dar, hija mía, es un canal para ti sola.

 

Su espontaneidad, su picardía, su refinado olfato para conectar con todo lo que le rodeaba y su familiaridad para con el que estaba al otro lado de la pantalla hicieron de Hola Raffaella un programa inolvidable.

 

Solo con el comienzo del programa era obligatorio quedarse a ver esa noche en la tele el show de la estrella italiana.

Tras atusarse su rubia cabellera, algo despeluzada por tanto ‘eo, ea’, Raffaella dejaba a un lado a la cantante, y se convertía en la conductora carismática que enamoró a todo un país con su español italianizado.

Ahí es donde estuvo el éxito de su programa: su espontaneidad, su picardía, su refinado olfato para conectar con todo lo que le rodeaba y su familiaridad para con el que estaba al otro lado de la pantalla hicieron de Hola Raffaella un programa inolvidable.

Ni falta que hace decir que, a mí, lo que más me gustó de su programa fueron esos momentos de complicidad de Raffaella con su público.

Era el momento álgido del programa. España entera tenía un ojo puesto en la tele y otro puesto en el teléfono por si sonaba y te llamaba La Carrá.

Ella, desde su atril, mientras jugaba con la grúa que sostenía esa cámara que tanto la quiso, marcaba un número de teléfono y, a partir de ahí, todo es historia.

Todas las casas del país estaban ahogadas en la desesperación y más de uno y de una con un buen matojo de pelos en las manos. 

Me imagino la situación: primer tono… confusión generalizada. ¿Y si lo cojo y digo ¡Hola Raffaella! y resulta que es la vecina para decirme que se ha quedado sin huevos?

Segundo tono, las caras impagables de la italiana de ‘cógemelo que te voy a dar lo tuyo’ y el silencio reflexivo del espectador a modo de ¿lo digo o no lo digo?.

Tercer tono y… ¡Hola Raffaella!

Júbilo de la Carrá, fiesta generalizada en el estudio de Prado del Rey, y la premiada al otro lado del teléfono embriagada de alegría.

Si llego a ser yo uno de los afortunados que pronunciaban esas dos palabras mágicas, como mismo me gano la pasta, tengo al SAMUR en la puerta de casa para que me ayuden a recuperarme del shock.

Raffaella tenía la dura tarea de recoger el testigo del Un, Dos, Tres, que había dejado en aquel entonces José María Basch. Lo hizo. Y tanto que lo hizo.

Si ahora me llamase Raffaella, tengo claro que le diría: ¡Hola Raffaella! Necesito que vuelvas.