La fascinación se cuenta por millones

Siempre se ha dicho que las personas necesitamos agarrarnos a algo.

Están los que se aferran a la religión y al final de año, a modo de agradecimiento, la Santa Sede envía a los domicilios de los creyentes un diploma con el título de ‘feligrés del año’. Ya saben que, a ojos de Dios, todos somos iguales.

Están los que se agarran al deporte, y fin de semana sí y al otro también, acuden en masa a los multitudinarios actos deportivos protagonizados por las figuras más influyentes del momento.

Y están lo que, como un servidor, nos agarramos a todo lo que rodea a la vida de las estrellas y celebrities del momento (y del ‘no momento’) porque vivimos de ese imaginario popular cultural que sacia a la perfección nuestra sed de curiosidad, cotilleo y admiración.

Un poquito de todo. Pero, para qué engañarnos, prima el morbo por encima de todo.

Es justo en este último apartado donde televisiones y plataformas digitales han encontrado el filón perfecto para hacerse de oro gracias al fenómeno fan. Y también ha sido la fórmula perfecta para que los famosos desciendan de sus altares para equiparse con el común de los mortales.

Por eso, me reafirmo en mi concepción de que la fascinación genera millones.

Los seguidores lo tenemos todo para poder estar en contacto con nuestros ídolos pero no es suficiente. No nos vale con los tweets de sus redes sociales, ni con las fotografías que cuelgan en sus redes sociales, ni tampoco nos basta con la última revolución digital de los directos en los que no hacen el pino puente porque no pueden.

Ahora, lo mejor es grabar lo que las modernas llaman un ‘docu-reality’, que es básicamente un reality show en el que no hay ni gritos, ni barro, ni situaciones extremas. Pero es un reality show como un castillo.

 

Televisiones y plataformas digitales han encontrado el filón perfecto para hacerse de oro gracias al fenómeno fan

 

Y a este carro del ‘te muestro mi fabulosa vida’ se han subido grandes estrellas de la talla de Beyoncé, Lady Gaga o Taylor Swift, entre otras.

En el caso de Beyoncé y su documental Homecoming, la artista quiso dejar en la memoria de sus fans cómo fue el proceso de creación de su histórica actuación en el festival Coachella.

Sin embargo, el caso de Lady Gaga fue bien distinto. La neoyorkina también quiso mostrar cómo fue preparar su performance para la SuperBowl del año 2017, pero en Five Foot Two (título que da nombre a su documental y que hace referencia a la altura de la artista) Gaga quiso mostrar quién es la mujer que hay detrás de la artista.

Demostró en esta producción de Netflix que no es oro todo lo que reluce, y compartió detalles de su vida como la muerte de su mejor amiga o las duras terapias que a las que debe enfrentarse para recuperarse de una enfermedad que pausó por completo su carrera.

Gaga enseñó que el sufrimiento también era parte de su arte, y por eso dejó entrever esa vulnerabilidad por la que facturó millones de dólares. Fans y crítica estaban encantados conociendo los entresijos de la vida de una mujer que está más marcada por los baches que por los momentos de felicidad.

En España, los reyes del docu-reality fueron Alaska y Mario, quienes aguantaron cinco temporadas en la desaparecida cadena MTV mostrando sin complejos todo su universo, con una naturalidad, simpatía y frescura aplastante.

Un reality que, por cierto, sirvió para conocer al Vaquerizo más desconocido y que, además, le permitió deshacerse del calificativo de “marido de” para pasar a tener un nombre propio que desata la locura allá por donde va.

Hasta la fecha, la mediática pareja era de las pocas que se había atrevido a grabar su día a día, y lo que no esperaba era que una de las sagas familiares más famosas de la televisión iba a hacerle la competencia.

¿Quién le iba a decir a la bautizada ‘reina de las mañanas’ y a sus dos “vástagas” que iban a convertirse en todas unas estrellas del género del reality?

Pues sí queridos amigos y amigas, Las Campos, ese trío lalalá tan maravilloso formado por Maria Teresa Campos y sus hijas, Terelu y Carmen, llenaron horas y horas de televisión gracias a su docu-reality en el que las Camposhians nos deleitaron con sus hipnóticas personalidades y disputas familiares que quedarán para la posteridad.

¿Quién es capaz ahora de comerse una porra sin pensar que Terelu va a estar detrás, acechando, sigilosa, para robarnos nuestro momento de gloria patrocinado por San Ginés? ¿Quién no recuerda a esa matriarca del clan, enfundada en un traje negro, emulando a Audrey Hepburn, en la mismísima puerta de la joyería Tiffany’s en Nueva York? ¿A quién se le ha podido olvidar ese mensaje navideño del clan Campos como si fueran las reinas de España?

Estas señoras tienen un moño de aquí a Logroño, pero la audiencia les respaldó. Y bien que las respaldó. Toda España estaba preparada, palomitas en mano, el día de la emisión del programa para ver que nueva tropelía iban a cometer las tres mosqueteras made in Málaga.

Una buena tajada económica sacaron las Campos y también la cadena, quienes vieron como los telespectadores secundaban la fantasía audiovisual que fue Las Campos.

 

“La fascinación que despiertan estos personajes se cuenta por millones. De espectadores, y también de euros”

 

¿Por qué? Pues porque las Campos, al igual que Alaska y Mario, y que el resto de los artistas mencionados, venden. Venden no sólo por lo que implican sus figuras, sino porque a la sociedad le flipa conocerlo todo de los personajes que, de algún modo u otro, han formado parte de sus vidas.

Y también – vamos a decirlo todo – porque nos encanta mofarnos un poquito de los momentos surrealistas que nos regalan este tipo de formatos. Nos divierte la burla en cantidades moderadas. Ellos se prestan a eso, al espectáculo, al show, al entretenimiento del respetable. Y nosotros, encantados.

Vamos, que la fascinación que despiertan estos personajes se cuenta por millones. De espectadores, y también de euros.

Por eso, la expectación que despiertan todos los famosos en nosotros, los mundanos mortales, se ha convertido en la principal fuente de beneficio de las grandes cadenas de televisión y de las plataformas digitales.

La curiosidad mató algo, eso es cierto. Pero queridos y queridas amigas, el gato murió sabiendo.