Advertencia: algunas ciudades pueden confundir tu mente

Viajar es enriquecedor, de eso no hay duda. Sin embargo, para algunos turistas puede tener consecuencias algo perjudiciales para su salud mental. Algunos visitantes se ven completamente sobrecogidos ante el nuevo lugar que pisan, del que solo han visto imágenes en películas o han leído en libros.

Esta impresión puede provocar que el individuo se quede completamente atrapado en el nuevo entorno y desarrolle una especie de batalla entre su yo y el espacio que le rodea.

Desde creerse Jesucristo en Jerusalén o sufrir alteraciones por la belleza de Florencia. Pero ¿por qué algunas ciudades provocan estas reacciones entre algunos visitantes?

SÍNDROME DE JERUSALÉN 

Oliver McAfee fue visto por última vez el 21 de noviembre de 2017. Este jardinero irlandés, quien por entonces tenía 29 años, viajó a Jerusalén (Israel) y paseó con bicicleta por la ciudad de Mitzpe Ramon.

Meses después, sin tener aún noticias de él, su bicicleta y su tienda de campaña fueron encontradas. De McAfee, ningún rastro.

Los medios de comunicación empezaron a especular y pronto se relacionó su nombre con el síndrome de Jerusalén, un estado psicótico en el que el viajero, al visitar la Ciudad Santa, rompe con la realidad y entra en un estado de paranoia. Los afectados se suelen sentir identificados con algún personaje de la historia sagrada, algo así como un “éxtasis religioso”.

Según un artículo de la revista científica British Journal of Psychiatry publicado en el 2000, una media de 100 turistas al año eran trasladados a la clínica de salud mental Kfar Shaul por el síndrome de Jerusalén.  Los expertos han concluido que este trastorno se puede manifestar de maneras muy diferentes y, normalmente, se da en personas que tienen algún tipo de patología mental previa, como esquizofrenia o un trastorno bipolar.

No obstante, un número relativamente pequeño de visitantes (42 de 470 turistas) desarrollaron este trastorno sin tener antecedentes de enfermedades mentales.

 

SÍNDROME DE STENDHAL 

La belleza puede llegar a ser dolorosa. Así lo han demostrado algunos turistas que han visitado la ciudad italiana de Florencia.

Después de visitar la Galerías degli Uffizi y empaparse del arte florentino que reside en cada esquina, algunas personas empiezan a sentir vértigo, desvanecimientos, ganas de llorar o hasta impulsos de destruir las obras de arte que les maravillan. Este trastorno es conocido como el síndrome de Stendhal.

El nombre de esta sintomatología fue acuñado por la psiquiatra florentina Graziella Magherini en 1979, después de observar más de un centenar de casos similares en visitantes de la ciudad italiana. Sin embargo, el origen de la denominación viene del libro Nápoles y Florencia: Un Viaje de Milán Reggio, en el que el autor francés Stendhal (pseudónimo de Henrie-Marie Beyle) detalla a lo largo de un fragmento los síntomas de este trastorno:

«Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme»

Posteriormente, Magherini indicó que esto era provocado por “una personalidad impresionable, el estrés del viaje y el encuentro con una ciudad como Florencia perseguida por fantasmas de lo grande, la muerte y la perspectiva de la historia”.

 

SÍNDROME DE PARÍS

 

Al contrario de los turistas que se ven sobrecogidos por la belleza, también se encuentran aquellos que sufren una profunda decepción con el entorno que visitan.

Afecta, sobre todo, a los turistas japoneses, y la razón se encuentra en que las películas y los libros han hecho que idealicen la ciudad del amor.

A pesar de que es un lugar en donde se respira belleza, entre la Torre Eiffel, el Museo del Louvre y el Río Sena también hay bullicio, empujones, contaminación y personas antipáticas, como en la mayoría de las capitales del mundo.

A esto se le suma que la cultura parisina y la japonesa constituyen las dos caras de la moneda, lo que contribuye al conmoción de los visitantes nipones, que después de la experiencia se sienten ajenos a la famosa frase de Casablanca: “Siempre nos quedará París”.