Lozanismos

Hay profesionales del medio que pasan sin pena ni gloria por los platós de televisión, mientras que otros son tan sumamente extraordinarios que formarán parte del imaginario popular de por vida.

Esto solo pasa con los que son verdaderas estrellas de la tele.

Muy pocos personajes cuentan con el apoyo unánime de las redes sociales, los hogares españoles y, además, eclipsan por igual a la señora de 70 años que al hombre de 40 o al niño de 17.

Esta unión es el medidor perfecto que define el éxito de un personaje en televisión.

Lydia Lozano cuenta con todo eso, y con mucho, muchísimo más. Lydia Lozano es una estrella, una artista, una show-woman, una revienta-audímetros… Lydia Lozano es una diva.

 

 

La Lozano lleva en la pequeña pantalla incluso antes de que existiese el hilo negro. Ha pasado por muchos de los grandes formatos que han llenado las páginas de la historia audiovisual de nuestro país.

Sin embargo, su más que sonada metedura de pata con el ‘caso Ylenia’, la hija desaparecida de los cantantes italianos Albano y Romina Power, hizo que todo lo que había conseguido la actual colaboradora de Sálvame, se viese embarrado por tan tremenda – perdón por la expresión – cagada.

Para los más despistados, Lydia estuvo años – muchos – asegurando que la niña estaba viva y ella, firme en su convicción, defendió a capa y espada su información por todos los platós de televisión, hasta el punto de montarse en un avión rumbo a República Dominicana (donde se creía que podía estar Ylenia) para demostrar su verdad.

 

En situaciones límite es cuando Lydia Lozano demuestra porqué es una estrella de la televisión

 

Pasaron los años y, claro está, ni Ylenia ni Ylenio ni Yleniu.

Que no, que a Lydia se la colaron, le engañaron, le estafaron, le tangaron. Vamos, que cayó en una trampa del tamaño de Papúa Nueva Guinea.

No tuvo más remedido mi adorada Lozano que pedir perdón y enfrentarse a la infinidad de palos que le cayeron por haber defendido su información.

Una historia tan truculenta como adictiva que, 15 años más tarde, vuelve a estar de plena actualidad por un juego del programa en el que es un pilar fundamental.

Cada vez que se menciona el tema de Ylenia, Lydia llora como si no hubiera un mañana, grita, se vuelve completamente loca mientras la audiencia, absorta, asiste a un nuevo e impagable espectáculo televisivo de la colaboradora.

Y claro, España, que le encanta una tragedia y un chisme, se queda ojiplática frente al televisor para conocer la reacción de Lydia Lozano.

 

 

Lydia Lozano jamás ha revelado la fuente de la que durante años bebió para sostener su historia.

He pensado tanto en la fuente que he llegado a pensar que es la mismísima Times New Roman, la fuente de Cibeles o, si me apuran, el Comisario Villarejo.

Este es el dato que falta para resolver el entuerto que ha perseguido a la colaboradora durante años. Pero ella, como la gran profesional que es, dice que nanai de la china, que su fuente es suya y que no se la dice ni al FBI.

Dos semanas lleva Lili – como la llama su marido – aguantando, de nuevo, carros, carretas y carretones por no querer decir su fuente.

Y es en este tipo de situaciones límite, cuando Lydia Lozano demuestra porqué es una estrella de la televisión.

Ella puede tener a todos sus compañeros encima diciéndole de lo peor que aguanta, estoica, todo lo que le echen. Pero cuando ya no puede más, llora tanto que necesita beberse tres botellas de agua para poder hidratarse. Coge su bolso, amaga con irse pero vuelve.

Vuelve porque no puede dejar a su público colgado, vuelve porque sabe que España necesita de ella.

Cuando lo hace, entra por el plató hecha un basilisco, como un miura. Y nosotros, los telespectadores, sabemos que se avecina un momentazo a la altura de la artista.

Es aquí cuando se desquicia por completo, cuando chilla rozando unos decibelios a los que solo puede acceder una figura de su categoría, cuando ofrece una performance que encandila a los espectadores y a las redes sociales, cuando nos regala frases que quedan para la posteridad, cuando en medio del incendio emocional dice que quiere tomarse una copa o cuando, sin esperarlo, le ponen a tope una canción de Barry White y se marca su famosísimo baile chuminero.

 

 

Lydia Lozano es un animal televisivo. Lydia Lozano es la Meryl Streep española porque solo ella es capaz de llenar cuatro horas de programa haciendo que parezca que es la protagonista de una obra teatral escrita por Chicho Ibañez Serrador.

Los registros de Lozano son tan diversos que sabe darnos, en las dosis necesarias, un mundo nuevo lleno de experiencias sensoriales que ni Sergi Arola en sus mejores tiempos.

 

Precisamente porque se desvive haciendo lo que mejor se le da, la gente le perdona todo. Lydia traspasa la pantalla, engancha, encandila y también, enamora.

 

La reina del “no voy a hablar pero te lo cuento todo” se merece tener un programa por y para ella.

A Lydia, España le adora. No lo digo yo (que también), lo dicen las audiencias que, por ejemplo, el día en el que Lozano no fue al programa porque necesitaba recargar pilas, Sálvame perdió medio millón de espectadores.

Creo firmemente que Lydia Lozano es un género de televisión en sí mismo: el Lozanismo. Y, además, es tan sumamente exitoso, que la audiencia no se cansará jamás de todo lo que venga de esta irrepetible e hipnótica tragicomedia que es la colaboradora.

Precisamente porque se desvive haciendo lo que mejor se le da, la gente le perdona y le perdonará todo. Lydia traspasa la pantalla, engancha, encandila y también, enamora.

Larga vida a Lydia Lozano.