El tirón de las economía asiáticas será un pilar de la recuperación tras el primer golpe del virus

Todo lo que está pasando en la economía global es un fenómeno nuevo. Mientras la Unión Europea y los Estados Unidos luchan aún por la solución sanitaria al virus y que, poco a poco, es una realidad en los que más medidas tomaron ante la explosión como España e Italia y peor en los rezagados como Reino Unido y los propios EEUU; la solución económica viene determinada por los datos difícilmente manipulables del comunismo en China y sus vecinos asiáticos liberales como Corea y Japón.

El boom de Asia es el dato central de la economía global post-pandemia en 2021. China, con una expansión promedio de 6.2%/6.4% anual en los últimos 10 años, crece Australia 1,45 billones de dólares anualmente; e India y los 10 integrantes de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) poseen economías de 2 billones y 3 billones de dólares respectivamente; y se han expandido, todas ellas, el doble del promedio global a partir de 2009.

Asia representaba 32% del PIB mundial en 2000 (en capacidad de compra doméstica/Paridad poder de compra), y trepó a 42% en 2017, y se orienta a alcanzar 52% en 2040. La población urbana era de 1.200 millones en 2000, aumentó a 2.000 millones en 2017, y alcanzaría a 2.800 millones de personas en 2040.

Lo fundamental es lo que sucede con el consumo y la clase media. El consumo asiático era 23% del total global en 2000, se elevó a 28% en 2017, y sería más de 40% en 2040. De ahí, correlativamente, el auge de la clase media, que representaba 23% del total mundial en 2000, subió a 42% en 2017, y alcanzaría a 52% en 2040.

Encabeza este fenómeno crucial, como en todo, la China comunista, cuya clase media con ingresos comparables a los norteamericanos (35.000/45.000 dólares anuales) supera ya 440 millones de personas, que serían 750 millones en 2025, y más de 1.000 millones en 2030. El paraíso de la clase obrera y patria de la humanidad…

El aspecto estratégicamente decisivo es lo que sucede con las cadenas globales de producción, que son el instrumento estructural de integración del sistema capitalista en el siglo XXI. En este sentido, absolutamente esencial, el porcentaje intra-asiático del intercambio internacional de bienes es más de 60% este año, mientras que era 35% una década atrás; y 59% de la inversión extranjera directa (IED) que recibe Asia es intra-regional; y 71% del total de la inversión también lo es.

La región asiática tiene hoy un grado de integración productiva mayor que la Unión Europea (UE). Esto significa que a medida que se expande el comercio internacional, Asia se torna cada vez más asiática; y el ancla de la región es siempre la República Popular, que es también la plataforma fundamental de conectividad e innovación.

El cálculo de McKenzie Global Institute (MGI) es que China y el Asia avanzada (Japón, Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong) han dejado atrás la etapa de industrialización trabajo-intensiva, y se han volcado a la manufactura high tech y a los servicios de elevada tecnología; y como el empleo manufacturero alcanza su pico con 30% de la fuerza de trabajo, con un PIB per cápita de 10.000/20.000 dólares anuales (España tiene 35.000); y esto sucede cuando el Asia emergente se encuentra en un nivel de 15%/20% del empleo industrial, y su PIB per cápita es la mitad, o menos, del Asia avanzada. En estas condiciones tiene un amplio campo para crecer y elevar su nivel de productividad, lo que asegura un incremento del producto de 7%/8% anual en la región en los próximos 10/15 años.

Así, 43% de las exportaciones del Asia emergente son obra de inversiones de China y Asia avanzada, y treparía a 55% en 10 años, en tanto que la IED de las primeras alcanza hoy a 47% del total, y treparía a 60% o más en una década.

La conclusión que establece MGI es que lo que sucede en Asia decide la nueva fase del proceso de globalización, acelerada por la pandemia del coronavirus, y que se caracteriza por su digitalización absoluta, hecho que se fusiona históricamente con la categoría central del capitalismo de la época, que es la Cuarta Revolución Industrial (digitalización e integración completa de la manufactura y los servicios).

La pandemia del coronavirus ha forzado en el mundo entero, ante todo en EE.UU. y China, un despliegue fenomenal del trabajo telemático realizado desde los hogares, con total autonomía, al mismo tiempo ha transformado el comercio por internet en el sector del intercambio internacional que más rápidamente ha crecido, llevándolo ya a 25% del total; y el fenómeno de fondo que está atrás de ambos acontecimientos es que la digitalización, no el intercambio de bienes físicos, se ha convertido en el eje de la economía mundial. Esto es lo que transforma irreversiblemente el equilibrio del sistema global, llevándolo definitivamente a Asia.

Este cambio fundamental del sentido de la historia, coincide con otro fenómeno de naturaleza aparentemente contradictoria que es la emergencia cuantitativa y cualitativa de EE.UU. a la cabeza y al liderazgo del sistema mundial. La pandemia del coronavirus ha resultado ser una amenaza existencial para la civilización norteamericana, y lo ha obligado a desplegar su extraordinaria capacidad de movilización de recursos e innovación productiva. Ha hecho en estos meses de 2020 lo que hizo en la Segunda Guerra Mundial, solo que en las condiciones tecnologías y científicas del siglo XXI.

Lo que explica y resuelve esta contradicción es que esto ocurre cuando el sistema global se ha integrado absolutamente por la revolución de la técnica, y se guía por la categoría de “instantaneidad”, lo que hace que las menciones geográficas de Oriente y Occidente sean cada vez más anacronismos del pasado, haciéndolo todo cada vez más complicado de separar y de dividir. Vamos a una especie de humanidad y unida por el interés económico.