Tierra Santa

Un buen amigo me pide que escriba sobre mi reciente viaje a Tierra Santa aún a sabiendas que hay experiencias que me gusta guardar para mí. Creo que lo hace con intención, porque es consciente de que soy uno de esos cristianos minusválidos; otro de los que ha sido educado y criado en el catolicismo, que sigue creyendo en Dios, pero que en esto de la espiritualidad va y viene.

Y así es, aunque ese ir y venir no me impide ser capaz de notar como se erizan mis vellos cuando, por ejemplo, asisto a una misa tras el pesebre donde nació Jesucristo. Misa que, por cierto, es una de las primeras a la que asisto desde la última de difuntos a la que me tocó acudir.

Soy católico desde que, a los pocos días de nacer, mis  padres  me  llevaron  a  la  pila bautismal. La educación que recibí estuvo garantizada por 13 años de travesía por colegios salesianos y, aunque tengo cierto desapego (ahora más discreto, antes más que ostensible), mantengo ritos y costumbres que pasarían sin problemas la prueba del algodón teológico. En mi desapego he sido fervientemente apoyado por algunos obispos -con su piadosa radio COPE o su canal de televisión TRECE TV- y por la inestimable ayuda de los dos Papas que antecedieron al actual.

Aunque mi vida transita habitualmente lejos de Roma, no impide que mantenga en  mi  casa, en lugar privilegiado, el típico azulejo con la leyenda “Dios bendiga cada Rincón de ésta casa”. Si cualquier visitante se entretiene en revisar los libros que tengo en mis estantes, encontrará varias ediciones de la Biblia acompañadas del catecismo y otros textos similares o si rebuscara en los cajones encontraría también medallas y estampas de santos y vírgenes.

Con esta mochila a cuestas, me embarqué junto con mi primo –sacerdote diocesano- y un grupo de peregrinos a recorrer Tierra Santa. Un viaje que tomé como de visita a mis lugares de la infancia. Sí, los lugares que recorrió Jesús los considero lugares de mi infancia. Es la cultura que me transmitieron, la educación que recibí y la fe de mis mayores; especialmente la de mi madre que hará pronto 23 años que murió sin haber cumplido su deseo de caminar estas tierras.

He navegado por el mar de Galilea donde me he emocionado al recordar esa canción que cantaba en las misas: “Tú has venido a la orilla, no has buscado ni a sabios ni a ricos…” he paseado por la Vía Dolorosa en Jerusalén, he rezado en el Santo Sepulcro por el padre de un buen amigo que falleció en el mismo momento que mis pies estaban cruzando los umbrales de la ciudad vieja. También he estado en Belén, en Cafarnaúm, en Betania, en Jericó, en Canaán… una larga lista de lugares que no cabrían en una columna de opinión, entre otras cosas porque necesitó del libro más reproducido y leído del mundo, la Biblia.

Un viaje de espiritualidad, de reconciliación conmigo mismo y con mis orígenes, un viaje que he hecho acompañado en todo momento de mi madre y también de mi padre que, si no hubiese muerto hace poco más de un año, se habría preocupado mucho; era un fanático de la historia -y de las noticias- y conocía perfectamente la realidad política y social de estos territorios tan disputados.

Creo que fue por ese reencuentro conmigo mismo y mis afectos por lo que no tuve dudas al llegar a la orilla del Jordán, a ese lugar donde la tradición dice que Jesús fue bautizado por su primo Juan. Allí mismo, le pedí a mi primo renovar el sacramento del Bautismo, ese que decidieron mis padres por mí y por el que cincuenta y cinco años después les doy las gracias.

Mis conocidos saben que llevo sobre mis espaldas miles de kilómetros, que cada vez menos sitios me sorprenden ya, principalmente porque recorrí una buena parte de nuestro planeta. Aun así en mi vida hay un antes y un después de Tierra Santa en general y de Jerusalén en particular.