Patty Hearst: de niña millonaria a guerrillera

De la alta sociedad de Nueva York, nieta del magnate de los medios William Randolph Hearst y, por lo tanto, heredera de una fortuna multimillonaria. Así vivió Patricia Hearst, en una vida despreocupada hasta justo antes de cumplir sus veinte años años, cuando fue secuestrada por una organización guerrillera. 

Hearst, con 65 años en la actualidad, fue protagonista de uno de los secuestros más sonados del siglo XX en la sociedad norteamericana, que, lejos de terminar en una liberación al uso, acabó con su detención y su posterior encarcelamiento.

Corría el año 74, y sus preocupaciones por aquel entonces eran la fiesta de su veinte cumpleaños, donar dinero a causas filantrópicas, pasar tiempo con los perros y con su prometido, un profesor de guitarra con el que acabó viviendo en un apartamento del campus de Berkeley (California).

SECUESTRO

Precisamente, en ese apartamento es donde cambiaría radicalmente el rumbo de su vida. Mientras ella estaba con su novio, irrumpieron varias personas a voces y con las armas en el aire. A él lo inmovilizaron y a la dulce Hearst se la llevaron en un coche para, después, meterla en un armario atada y con los ojos vendados.

Al día siguiente, la noticia había ocupado todos los periódicos y abierto los informativos: Patty Hearst, la nieta de uno de los hombres más poderosos e influyentes de Estados Unidos, había sido secuestrada.

El Ejército Simbiótico de Liberación -o Simbionés, para otros- se atribuyó enseguida la autoría del secuestro. Era un grupo de guerrilleros urbanos de extrema izquierda, inspirados en los guerrilleros latinoamericanos, que estaban en contra de los “fascistas” que controlaban EE.UU. La joven Patty, para su desgracia, pertenecía a una familia que representaba todo lo que odiaba este grupo.

Los secuestradores, claro está, empezaron a hacer peticiones a tutiplén a través de grabaciones, en las que llegó a hablar la joven pidiendo a sus padres que obedecieran las demandas de sus captores.

Una de los encargos fue que la familia Hearst invirtiera millones de dólares para alimentar a la gente más necesitada de California. Finalmente, la familia accedió a pagar dos millones de dólares. Lejos de satisfacerlos y liberar a Patty, a los secuestradores les desagradó el tipo de comida que se dio, al igual que las revueltas que se habían producido por el reparto de comida.

DE PATTY A TANIA 

Después de dos meses de secuestro y sin comunicación, fue la propia Patty Hearst la que envió una grabación. No pedía dinero, no rogaba un rescate. La joven Hearst declaraba que se había unido al Ejército Simbiótico de Liberación y que había adoptado un nuevo nombre: Tania. Decidió tomar este nombre en honor a la compañera de filas del Che Guevara, Tamara Burke, mejor conocida como “Tania, la guerrillera”.

En este audio cargaba contra los valores de su familia y admitía que se había unido ideológicamente al grupo. Al final del audio, la que fuera una heredera multimillonaria, dejó claro que iba a luchar, y así lo aseguró en español: “Patria o Muerte. Venceremos”.

ROBO DE UN BANCO 

La gente compraba la prensa o encendía sus televisores para, como si de una telenovela se tratase, ver lo que había pasado con Patty Hearst, o Tania, ya todo era muy confuso.

La chica se siguió considerando una víctima, hasta que días más tarde de su declaración, se produjo un atraco en el Hibernia Bank, en San Francisco, en el que los ladrones se llevaron 20 mil dólares.

Las cámaras de seguridad corroboraban lo imposible: se podía ver a Patty blandiendo un arma y vigilando.

A partir de ahí, las autoridades de California la empezaron a considerar como una delincuente y era perseguida por la justicia; no para salvarla, sino para detenerla.

La joven siguió haciendo de las suyas junto a su grupo y llegó a ser una de las personas más buscadas por la policía en Estados Unidos. Cualquiera diría que una simple multa de tráfico iba a ser una de sus perdiciones.

Esta multa encontrada por las autoridades, les llevó a una residencia en la que convivían integrantes del grupo, incluido su líder, con quien Hearst tenía un vínculo sentimental. Lo que pasó allí, fue grabado en directo por las propias cámaras de televisión. Horas de tiroteo, fuego y, finalmente, la muerte de los que vivían en la casa, ella no estaba allí.

Su detención no llegaría hasta 18 meses después de su secuestro, en septiembre de 1975, cuando los agentes del FBI dieron con ella en San Francisco.

EL “JUICIO DEL SIGLO”

Así lo calificó la prensa estadounidense. Sus abogados alegaron que la joven había sido víctima del “Síndrome de Estocolmo”, aquel en el que el secuestrado desarrolla sentimientos de empatía y dependencia hacia su captor. Ella, mantuvo ese discurso incluso en sus memorias que escribiría años después, en las que admite haber sido víctima de un lavado de cerebro.

La estrategia no funcionó, Hearst fue condenada a 7 años de cárcel, aunque cumplió menos de dos años de la pena al ser conmutada por Jimmy Carter, en ese entonces presidente.

VUELTA AL AMOR 

Tras salir de la cárcel, los padres de Patty le pusieron un guardaespaldas, no por si le hacían algo, sino, más bien, por si la chica decidía volver a las andadas.

Dos meses después, Hearst contraía matrimonio con su guardaespaldas, con el que tuvo dos hijas.