Odio

En estos días hemos tenido noticia sobre dos episodios alejados en el tiempo, muy diferentes en dimensión y alcance, pero inquietantemente cercanos en su naturaleza.

Por una parte, se ha conmemorado el 75 aniversario de la liberación del campo de exterminio nazi de Auschwitz y, por otro lado, Twitter ha clausurado la cuenta del partido ultraderechista VOX. Los titulares referidos a ambos hechos han venido acompañados por la misma palabra: odio.

Los nazis asesinaron a millones de personas en aquel terrible lugar. Los dirigentes de VOX no han asesinado a nadie. Sin embargo, el testimonio de Moshe Haelion, superviviente del holocausto, nos obliga a valorar el comportamiento de la ultraderecha de hoy desde la experiencia de la ultraderecha de ayer: “Estemos siempre alertas ante la política del odio que envenena la convivencia”.

El odio se inocula a veces desde la ignorancia, y a veces desde la consciencia. En ocasiones nace del miedo y en otras ocasiones de la voluntad. La ultraderecha, antes y ahora, utiliza el odio como herramienta política para ganar poder y destruir adversarios. Su consecuencia inevitable, antes y ahora, es la destrucción de la convivencia.

La estrategia ultraderechista es una constante. Primero señalan a determinados grupos sociales como falsos culpables de las desgracias colectivas. Después alimentan esas acusaciones con mentiras y manipulaciones. Más tarde estigmatizan a esos grupos sociales como receptores de la frustración y el rencor popular. A continuación, instan a la discriminación y la agresión. Y, mientras tanto, ellos siempre sacan partido de la polarización política y social.

Los nazis alimentaron el odio contra los judíos, los comunistas, los socialistas, los gitanos, los homosexuales y los discapacitados, entre otros colectivos. Les culparon falsamente del desastre de la Primera Guerra Mundial, de la crisis de 1929, de la escasez de alimentos… Estigmatizaron falazmente a los semitas de usureros, conspiradores y hasta de asesinar niños cristianos para producir el pan sin levadura que utilizaban supuestamente en sus ceremonias.

Los nazis pasaron del 18% de los votos en 1930, al 37,3% en 1932, y al 47,2% en 1933. No pararon de ganar votos con esta estrategia, pero ya conocemos las dramáticas consecuencias que sufrió la Humanidad entera.

La ultraderecha en general, y la española en particular, alimenta asimismo el odio contra los inmigrantes, los menores no acompañados, los homosexuales, los separatistas, las feministas, los socialistas, los comunistas… Lo hacen con mentiras y manipulaciones, como siempre, pero ayudados ahora por la amplificación que les proporcionan las redes sociales. Vídeos falsos, datos manipulados, afirmaciones tergiversadas, acusaciones disparatadas, amenazas directas…

A los socialistas nos señalan por, según ellos, romper España, indultar golpistas, asociarnos con terroristas, adoctrinar a los niños… Han llegado a acusar al PSOE, en la persona de su vicesecretaria general, Adriana Lastra, de “promover la pederastia”.

No puede haber acusación más miserable. Muestra el cariz inmoral, y peligroso, de quienes la promueven. El episodio ha sido de tal gravedad, que la propia red social Twitter ha silenciado la cuenta ultraderechista, porque “incita al odio”.

Hay quienes restan gravedad a estos comportamientos. No hay que hacerles caso, nos dicen. Ya pasará, aseguran. Otros aseguraron algo parecido en los años treinta…

Yo prefiero hacer caso a Moshe Haelion, la voz de la experiencia.