Alicia de Battenberg: la princesa sin privilegios

La serie de Netflix The Crown ha rescatado en su quinta temporada la figura de Alicia de Battenberg, aunque tuvo su primera aparición en la primera temporada en la boda de su hijo, Felipe de Edimburgo, con la Reina Isabel II. La princesa Alicia nació en el seno de una familia en la que podría haber gozado de todo tipo de lujos, sin embargo, su vida estuvo marcada por la tragedia.

LA PRINCESA DE NINGUNA PARTE

Nació en el castillo de Windsor bajo la atenta mirada de su bisabuela, la reina Victoria. Siendo todavía una niña se le diagnosticó una sordera congénita y eso hizo que desde temprana edad supiese leer los labios, además, llegó a hablar cuatro idiomas: inglés, alemán, francés y griego. A pesar de que nació y se crió en Inglaterra, la princesa nunca se consideró ni británica ni de ninguna parte.

Mientras que sus hermanos consiguieron tener vidas acomodadas en la nobleza, ella tuvo una vida totalmente diferente. Se casó con 18 años con el príncipe Andrés de Grecia y Dinamarca y tuvieron cinco hijos, en los que se encuentra el actual príncipe consorte de Inglaterra, Felipe de Edimburgo. Una vez instalados en Grecia, durante la Guerra de los Balcanes,  Alicia fue enfermera en numerosos hospitales de campaña. La situación política en el país cada vez era más inestable y tuvieron que exiliarse hasta en dos ocasiones. La serie recoge lo que siempre ha contado la leyenda, se dice que Felipe siendo un bebé tuvo que viajar escondido en cajas de fruta.

EL TRATAMIENTO DE FREUD

Más tarde y ya en Europa, a la princesa se le diagnosticó esquizofrenia paranoide y fue ingresada en un centro psiquiátrico en Suiza. Sin embargo, estuvo en varios centros y, en uno de ellos, fue tratada por Sigmund Freud, quien aseguró que la causa de su enfermedad era la «frustación sexual». En base al diagnóstico del padre del psicoanálisis y en contra de la voluntad de la princesa, le aplicaron un tratamiento que consistía en darle radiación y electroshock en los ovarios y en la matriz para eliminar su libido. El tratamiento no dio resultado y, finalmente, fue trasladada a un sanatorio de Suiza.

SOLEDAD

Mientras, el duque de Edimburgo se formaba en un internado de Escocia, su marido la abandonó para irse a vivir a Montecarlo y las hijas se casaban con nobles alemanes, algunos fieles partidarios al movimiento nacionalsocialista de Hitler.

Tras años vagando por centros psiquiátricos y por distintas partes de Europa con poco dinero en sus bolsillos, Alicia volvió a Grecia después de la restauración de la monarquía. Ese tiempo bastó para que Felipe se sintiese alejado de ella y no quisiese volver, además, ya formaba parte de la Marina Real Inglesa. Lejos de vivir como una monarca europea, la princesa trabajó sirviendo a los demás en un centro para pobres. Sin embargo, la cadena de fatalidades no llegó a su fin. Se volvería a encontrar con su familia en una situación dramática: el funeral por la muerte de una de sus hijas, su nieto y su yerno por un accidente aéreo.

Se desencadenó la II Guerra Mundial y Battenberg se dedicó a servir en la Cruz Roja. Por este entonces, también acogió a una familia judía –los Cohen– en la última planta de su casa y logró que todos ellos se salvaran del holocausto. Anteriormente, los Cohen la habían ayudado a ella y a su familia a huir de los griegos.

LA PRINCESA MONJA

La princesa viajó en dos ocasiones a Inglaterra, en 1947 para la boda de su hijo con la heredera del trono británico y en 1953 asistió a la coronación de la actual reina Isabel II. Después de esta tregua en su vida, la princesa no abandonó y se siguió entregando a la causa en Grecia. La princesa vendió sus joyas y fundó la Hermandad Cristiana de Marta y María.

En una vida sin pausa, finalmente, la princesa Alicia tuvo que abandonar su país por un golpe de estado y voló a Londres por orden de la reina británica, donde se reconcilió con su hijo. La princesa adicta a los cigarrillos murió en Buckingham Palace con poco equipaje, pues dicen que solo se encontraron un par de batas entre sus posesiones.

Actualmente, sus restos se encuentran en la Iglesia de Santa María Magdalena, en Jerusalén, donde, por fin, la princesa Alicia descansa en paz.