Los «topos» del franquismo

El pasado miércoles se cumplía el primer aniversario de la muerte de Franco fuera del mausoleo del Valle de los Caídos. Los simpatizantes del dictador han tenido que cambiar su itinerario de cada año y se han dado un tour por Madrid para acudir a las respectivas misas tradicionales de Primo de Rivera y Franco en el 20-N.

Después de la misa por el Generalísimo y por Primo de Rivera en el Valle, quien sigue en el mausoleo, los interesados se han tenido que trasladar al cementerio de Mingorrubio, la nueva sepultura de Franco desde el pasado 24 de octubre, y se ha realizado una misa a escasos kilómetros, en El Pardo.

A este aniversario le acompañó durante toda la jornada un cielo gris y, lo cierto, es que fue una ceremonia agridulce hasta para los franquistas. Tras visitar el Valle de los Caídos, ya libre de la sepultura de Franco, el presidente de la Fundación Francisco Franco, Juan Chicharro, no pudo ocultar su indignación por lo que considera que ha sido una “clarísima profanación”.

Esto no ha sido impedimento para que, junto a estos actos, se celebraran alrededor de 16 misas en conmemoración al dictador en toda España, desde las Islas Canarias hasta Asturias.

Este aniversario ha sido novedoso para todos, tanto para franquistas como para memorialistas, en un año en el que la Guerra Civil y la dictadura han cobrado especial presencia. Antes de la exhumación y segundo entierro de Franco, ya se pudo ver en los cines el oportuno largometraje de Alejandro Amenábar, Mientras dure la guerra, que se centra en el estallido de la Guerra Civil en España y en la figura del escritor Miguel de Unamuno. El director de Mar Adentro habla de las figuras relevantes de la época: Franco, Millán-Astray, el general Cabanellas o el general Mola.

Algunos rozaron la gloria, mientras que otros se vieron obligados a partir fuera de las fronteras del país o, lo que es peor, vivir en el exilio dentro de sus propias casas. Hoy, mientras se recuerda el 44 aniversario de la muerte de Franco, ellos yacen olvidados.

LOS «TOPOS» DE LA GUERRA

Con la sublevación militar comenzó la clandestinidad de miles de republicanos, cuyas cabezas ya tenían un precio. Algunos de ellos permanecieron escondidos en lugares inhóspitos como agujeros, falsos fondos de armarios, desvanes o casas abandonadas durante décadas, hasta la muerte del dictador.

Protasio Montalvo, militante del PSOE, afiliado de la UGT y alcalde de Cercedilla en 1937, comenzó su reclusión a punto de cumplir los 40 -en 1939- y salió de su escondite con 77 años. Sus primeros años de encierro los pasó en una conejera próxima a su casa en la sierra madrileña, para, años más tarde, trasladarse al sótano de su vivienda con su mujer, Josefa. Ella tuvo que empezar a trabajar para sustentar la economía familiar y él desempeñó los roles domésticos. Solo algunos de sus familiares sabían de Protasio, el resto de conocidos no conocían nada sobre su paradero. Vio a sus nietos crecer por un agujero y tuvo la oportunidad de tenerlos en brazos cuando estos eran pequeños, el miedo hizo que se estableciera una cierta distancia cuando empezaban a aprender a hablar.

Fue en 1977 cuando volvió a pisar la calle, un simple paso le sirvió para viajar del pasado al futuro en un segundo. Protasio Montalvo fue el último topo en salir de su escondite y, al contrario que otros que aparecieron con la muerte del dictador, el temor hizo que hasta muchos años después Montalvo no volviese a vivir como un hombre libre.

Manu Leguineche y Jesús Torbado se encargaron de recoger en un libro, Los Topos (1977), muchos testimonios que, como sus vidas durante años, permanecían escondidos. Entre sus páginas podemos leer la historia de Eulogio de Vega, alcalde de Vega (Valladolid) se escondió durante 40 días en un maizal y luego se trasladó a su casa. Juan Jiménez Sánchez, El Cazallero, permaneció oculto durante en un poyete de la casa de su novia, quien resistió a los sobornos de los policías para vender a su pareja.

Quizás uno de los topos más mediáticos ha sido Manuel Cortés, alcalde socialista de Mijas, que pasó 18 años sin salir de un cuarto. Vio la vida pasar desde una ventana en zapatillas y junto a una radio. Su experiencia fue relatada por el historiador Ronald Fraser en el libro Escondido (In Hiding) en 1972. Esta historia conmovió al mismísimo Arthur Miller, que no dudó escribir en el New York Times estas palabras: “En la montaña de libros sobre la guerra no puede haber otro tan breve pero tan completo, tan desnudo pero tan sutil, tan conmovedoramente humano como este”.

Saturnino de Lucas pasó más de tres décadas sin ponerse en pie, en un zulo que medía 63 centímetros de alto, dos de ancho y cuatro de largo. Bajo 45 grados en verano y 25 bajo cero en invierno, este segoviano ocupaba su tiempo y su mente con periódicos, escribiendo y escuchando la radio. Él mismo aseguró a los periodistas que “nadie sabe de lo que somos capaces los seres humanos, nadie lo sabe”.

Hay una larga lista de nombres de hombres topo que desafiaron al tiempo durante la dictadura franquista, aunque hay otra larga lista de hombres que hicieron lo mismo, pero de los que no hay ni nombres ni información. En 2008, una empresa de reformas en Béjar (Salamanca)  descubrió en sus paredes el escondite de un topo en la represión franquista. Los trabajadores, lejos de derrumbar la topera de cinco metros cuadrados, decidieron mantenerla abierta al público con los objetos que en ella había, por una cuestión de memoria histórica.

La historia de estos exiliados internos también ha llegado a la gran pantalla, ya lo hizo hace más de una década con Los girasoles ciegos de José Luis Cuerda, y en un año como este en el que el pasado de España se ha instalado visiblemente en el ambiente, lo vuelven a hacer Jon Garaño, José Mari Goenaga y Aitor Arregi con un thriller dramático, La trinchera infinita, que relata una historia parecida a las que en estas líneas se han nombrado.

Quizás, poner sobre la mesa la memoria hace ver que España convive con conflictos similares de una época que creímos pasada.