Hacer política «sin complejos» no equivale a echarse al monte

Nada tiene que ver con inflamar e inflamarse a base de bravatas ni con limitarse a decir amén a las supuestas «verdades del barquero», tantas veces tan populares y rentables como erradas,
absurdas y desinformadas. El barquero, que puede saber mucho sobre remos, perigallos y cornamusas no tiene porqué saber nada sobre el trasfondo científico del cambio climático, las
relaciones euro-mediterráneas, las implicaciones de la política migratoria europea o sobre tratados internacionales de comercio.

Para eso tenemos precisamente la política democrática. Según una definición elemental (de primero de educación para la ciudadanía) podríamos decir que la política es la forma civilizada
de canalizar, estructurar y jerarquizar las muy diversas demandas sociales mediante la representación, la deliberación y la posterior implementación de políticas públicas para dar respuesta a dichas demandas y para tratar de resolver los problemas de naturaleza pública. En los últimos años ha habido más problemas que soluciones, es más: los políticos se han
convertido en un problema para los ciudadanos.

La situación del país invitaría más a la contrición que al alarde, pero ahí están nuestros políticos. Dispuestos a hacer lo mismo o algo muy parecido que en fracasos anteriores. Y aquí
estamos los demás: igual pero peor que hace meses y viendo llegar otra crisis (de momento al trote).

Hacer política “sin complejos” tiene que ver hoy, me parece, con la moderación, con la visión estratégica de país y con intentar hacer lo correcto… pese a ciertos qué dirán. Mejor dicho:
pese al ‘qué se gritará’ desde los polos de las dos purezas ideológicas.

Desde que Podemos emergió de aquella tienda de campaña, el PSOE ha vivido en mayor o menor medida obsesionado con el miedo a un «sorpasso» que finalmente nunca llegó.
Esos años de miedo por el control del cotarro progresista coinciden, no por casualidad, con los de mayor desorientación estratégica en el Partido Socialista. Pasos al centro, pasos a la izquierda. Que si socios preferentes, que si abrazo del oso, que si ‘no es no’, que si nada con peligrosos bolivarianos, que si coalición sí pero luego no. La entrevista aquella con Évole en la que Pedro comenzó a forjar la legendaria segunda versión de sí mismo. El renacido que ha hecho del PSOE otro PSOE. El Pedro desencadenado que casi parte al partido por la mitad para
ganar un relato.

La imagen de Podemos ha estado acercándose y alejándose en el retrovisor de cada paso que ha dado el socialismo en los últimos años. Y en los insomnios en funciones de todo un
presidente del gobierno.

El eterno miedo freudiano a perder el pedigrí de izquierda. Nada nuevo. Como si Verstrynge, Monedero o Echenique tuvieran un sello regulador de la denominación de origen. La izquierda
fetén contra el revisionismo socialtraidor. Y así desde el siglo de Bernstein y Kautsky.

¿A alguien le sorprende que con estos mimbres hayamos llegado hasta aquí? Noviembre –con sus nuevas exigencias de coalición proporcional por parte de Podemos y la necesidad de poner
a los postres una macedonia indigesta de nacionalismos, independentismos, regionalismos y hasta localismos- no es un dejà vu, es otra batalla de la misma guerra de desgaste. Guerra que de momento gana el PSOE con holgura.

¿Y en el centro-derecha?, ¿qué decir sobre los efectos secundarios de dejarse arrastrar por la tentación garrafonera del vinazo populista-cortijero de Vox? Pregunten en Ciudadanos, díganle
a Rivera, dimitido por sucumbir. Por no atarse al mástil centrista, posibilista y liberal mientras pudo. O miren los desbarres disparatados del primer Casado (pre-barba), obsesionado con el
remoquete aquel de “la derechita cobarde” que le propinaba día sí y día también el alabancioso hombre del morrión de hojalata. El valiente que amenaza a los niños.

Si en los tiempos de la vieja política las elecciones se ganaban en las proximidades del “cinco” ideológico, y ese efecto centrípeto obligaba a los candidatos a mostrar sus credenciales más
moderadas, ahora –con tres partidos, o dos y medio, en cada bloque ideológico- hay que vigilar los bordes del tablero para absorberlos o anularlos (lo que corresponda en cada momento según la táctica y el regate corto de cada semana.) Recuperando la idea inicial (“hacer política sin complejos”) y la muy básica noción que hemos acordado para caracterizar los fines elementales de la política democrática, me pregunto –y me respondo- qué impide que contemplemos todas las posibilidades aritméticas que hay encima de la mesa. Sobre todo la más abundante y representativa en número de votos y
escaños.

Qué clase de superstición o miedo cerval impide que los dos partidos más votados (y alguno más, si quiere) puedan acordar tres, cuatro o cinco ideas estratégicas lo suficientemente
prometedoras y robustas como para iniciar la legislatura en segunda sesión de investidura mediante una abstención técnica. O “abstención patriótica”, que hasta a lo evidente hay que
ponerle ahora su pequeña gran dosis de épica. Qué impedirá que esos dos o tres partidos, representantes todos ellos de las grandes familias
políticas europeas, reconozcan que los otros pueden tener alguna que otra buena idea, algún punto de vista valioso sobre los temas más graves. Esos temas graves que hacen engolar la voz y ponerse de puntillas a los aprendices de estadistas. No van a tener mejor ocasión de demostrar que lo son.

Pues lo que pasa es el miedo al qué dirán los que acechan. La cobardía de no querer saltarse cordones sanitarios innecesarios y autoimpuestos. La pereza intelectual de explicar esa
abstención, ese acuerdo de mínimos. No arriesgarse a la exposición y al señalamiento de los perdonavidas. El egoísmo de velar por la parcelita de cada uno olvidando que la parcelita,
como bien raíz, tiene sus raíces en un país que atraviesa por una situación más que delicada.

Tanto Podemos como Vox se han pasado la campaña anatemizando y profetizando eso que llaman gran coalición. Gran coalición sería que Casado fuera vicepresidente de Sánchez, pero
eso no está en ningún plan ni sería deseable por dejar, entonces sí, el camino expedito a los extremos, que denunciarían a los cuatro vientos las componendas y los celestinajes del IBEX
y/o de George Soros.

En realidad se necesita un acuerdo mucho más sencillo. Un acuerdo mínimo, esencial, hecho a base de renuncias, adendas y transacciones entre los partidos constitucionalistas. Un acuerdo que, seguramente, merecería también las más airadas reacciones (lo del IBEX y Soros), pero que podrían quedar sofocadas una vez se comprenda que la alternativa es lo imposible, lo
improductivo y el fracaso nacional hacia unas nuevas elecciones: crisis sobre crisis.

Un acuerdo capaz de arrojar resultados modestos, limitados. No al grandilocuente y definitivo estilo salvapatrias, pero resultados al fin y al cabo. Algo que traslade la confianza de puertas
para adentro y de puertas para afuera de que hay alguien al frente cuando vienen mal dadas.

Más de trece millones de votos (casi dieciséis en abril) y una combinación de escaños –la única- capaz de sobrepasar la mayoría absoluta sin necesidad de sumar a diez partidos desde
la CUP al partido de Revilla pasando por Teruel… para evitar lo que de otro modo será inevitable: ir a nuevas elecciones, desgastar nuestro sistema político, la convivencia, las
instituciones.

Aquí escribimos para pensar y para hacer pensar. Y para provocar, eso también. Hoy la moderación incomoda, provoca, pica en las costuras de los sectarios acomodados en las
esencias del sectarismo y la irresponsabilidad de sus actos y sus omisiones. Pensar en este acuerdo necesario, imaginar el revuelo y las vestiduras rasgadas que conllevaría me da un poco
de gusto, lo reconozco. Sobre todo si a todo ese ruido se opusiera un gobierno solvente, técnico, político –en el mejor sentido-, centrado y concentrado que tuviera la seguridad de poder recurrir a una amplia mayoría de la Cámara para sacar adelante las iniciativas que tenemos en el cajón de pendientes tras años de interinidad, conflicto y política del absurdo.
¿Lo verán nuestros ojos?