La niña princesa y la barricada

Servidor de ustedes es republicano de tradición y convicción desde la alborada de su conciencia.

Tiene la intuición de que en teoría conviene que todas las dignidades públicas (de concejal para arriba) pasen de tanto en tanto por el ojo de la urna como los camellos honrados del proverbio. Pero sin mucho más: hacerse activista y desgañitarse por una intuición es tomarse muy en serio los propios pálpitos.

Además, mirando a Dinamarca, Reino Unido o Noruega al mismo servidor de ustedes no se le cruza por la mollera la idiotez de proclamar que éstas dejen de ser democracias más que asentadas y ejemplares sólo porque hayan decidido democráticamente no renovar el nombre de su jefe de estado cada cuatro o cinco años mediante una votación. Esa banderola quede para los simples hasta que se lo piensen un poco mejor. Irán es República, China es República… y Popular por añadidura, con lo bien que suena eso (tanto o mejor que “islámica”, como lo es la otra).

Con los viajes y las lecturas justas uno comprende que la democracia se mide por otras escalas. Y esto puede y debe reconocerse incluso si se decide no renunciar a la intuición primera.

También me adscribo -con más futuro que melancolía y esto sí, con mayor fuerza que la de una corazonada- a una tradición política que en nuestro país se asocia históricamente a la afirmación de la soberanía nacional, la separación de poderes, la preminencia del poder civil, la laicidad, el cultivo de la virtud cívica y la conquista de derechos sociales y de ciudadanía.

Como republicano de este jaez, mucho de Ateneo y nada de CDR, mucho del Madrid galdosiano y nada de comisario político del 37, uno no puede más que lamentar los manchurrones de pintura amarilla o sucio-morado-viejo con que se afea al término República.

Por desgracia, quienes hablan públicamente de república lo hacen hoy para manchar o reducir lo que significa, identificándose dos tipos de perversión republicana.

La más vana de ellas: la que parte de un idealismo (o idealización) rehén en exceso de la última experiencia republicana española pero sin añadir a nuestra democracia actual nada nuevo ni significativamente mejor. Nada nuevo ni mucho mejor sobre todo en comparación con los riesgos de dar por amortizado uno de los pocos consensos razonablemente robustos que todavía nos van quedando.

Vana y huera reducción, digo, la de hacer tanta mudanza para terminar cambiando Su Majestad por Su Excelencia en los membretes oficiales, pero no del todo inocua en estos tiempos en los que la moda está en lanzarse de cabeza contra los abismos del siglo XXI olvidando los del XX.

Si uno se cruza con una manifestación en favor de la tercera república verá una república de facción (muy pequeña). Verá más hoces y martillos que tricolores. Verá que eso no tiene demasiado que ver con uno ni con lo que conviene. Y si tiene algo de memoria recordará la angustia expresada por Julián Marías cuando enunciaba sus vanos esfuerzos por conseguir que en el Madrid del 36 ondeara la bandera constitucional y no las treinta banderas de los diferentes sindicatos y grupúsculos que campaban del lado de acá del Manzanares (tantos de ellos tan contrarios al espíritu de una república democrática, liberal y “burguesa”). Quien tenga memoria recordará a Manuel Azaña, a Ossorio y Gallardo, a Fernando de los Ríos, a Julián Besteiro, valiente y triste, y se pondrá otra vez muy triste.

No obstante, la peor perversión republicana la tenemos en la versión bananera, autoritaria y nacionalista de los independentistas catalanes.

Que lo que los “republicanos” catalanes tienen contra la corona española lo tienen más por española que por corona no es algo difícil de concluir. Porque tienen exactamente lo mismo contra la historia compartida que reescriben tratando de demostrar que nada comparten con extremeños y leoneses, contra la lengua común que acorralan en la escuela y en la televisión públicas o contra unas instituciones democráticas tildadas de fuerzas de ocupación.

Ante tal panorama quienes somos republicanos (libertad, igualdad, fraternidad) pero no necesariamente dedicados activistas en pro de un cambio procedimental en la forma de elegir -o no- al Jefe del Estado, haríamos bien en incorporar, actualizándolo, el concepto de «Vernunftrepublikaner».

A saber: durante la república de Weimar en Alemania (1918-1933) existió un grupo de intelectuales tan célebres como Thomas Mann que se hacían llamar «republicanos razonados». Que es lo que significa esa palabra tan larga de más arriba.

Estos alemanes, muchos de ellos ajenos a la política o incluso de ideas monárquicas se adherían con más razón que pasión a la naciente república sabedores de que aquella que nacía de las cenizas de una derrota nacional y asediada por los cuatro costados era la única experiencia realmente democrática que había vivido Alemania en su historia.

Este grupo peculiar, heterogéneo, rico e interesante fue el único que, junto a liberales y socialdemócratas permaneció hasta el final del lado de la democracia planteando batalla a los extremistas de izquierdas y de derechas que querían finiquitar la experiencia para imponer sus respectivos inventos totalitarios. El final de Weimar y lo que vino después es de sobra conocido.

Estos días la princesa de Asturias (y de Gerona) visita Cataluña con su padre, el Jefe del Estado. Los CDR nuestros de cada día, que ni estudian ni trabajan, acompasan y son comparsa de los desaires institucionales de la alcaldesa de Barcelona y del señor Torra, a la sazón representante ordinario del Estado en Cataluña (ese es el título por el que cobra, aunque se dedique a otros menesteres).

Esos Comités en Defensa de la República, además de seguir impidiendo que los ciudadanos caminen en libertad y con seguridad por las calles de su ciudad, tenían encomendada la misión de gritarle a la niña Princesa –por suerte a prudencial distancia- que no es bienvenida en Cataluña. Ni su padre, claro. Menos todavía después de aquel discurso del 3 de Octubre de 2017 (libertad, igualdad, fraternidad).

Ellos abren y cierran la autopista a quien quieren, ellos quitan y ponen los bidones en las vías a su antojo, ellos aprietan cuando se lo dice Torra, ellos deciden quién es bienvenido en el corral. Welcome Arnaldo Otegui.

Gritan que los Borbones no son bienvenidos en Cataluña no por una vieja querencia austracista, no. Que Madrid, Toledo, Alcalá de Henares y Barcelona compartieron bando en aquella guerra de 1714. Tampoco por un republicanismo de los de Ateneo (o igual sí, desde que allí vuelven a alzar el brazo los falangistas, que también son republicanos). Lo que pasa es que les chirrían los dientes y se les hiela el ‘somriure’ ante toda evidencia que les aproxime y les abrace con los demás españoles.

Que se vayan esos Borbones. Fuera de ahí. Que con ellos se marchen todos los traidores a la patria.

Les duele escuchar a la niña Princesa pronunciar un discurso en un catalán transparente, con solvencia, buena dicción y mejor entonación (¡qué profanación!)

Porque una niña Princesa que salta grácilmente de un idioma oficial a otro en su primer discurso ante el pueblo catalán es una Princesa educada (bien educada) en el valor de la diversidad, en la naturalidad y en la comprensión de lo que son las lenguas y para qué sirven.

Porque rechazan la unidad y permanencia del Estado aborrecen a quien ya se prepara para simbolizar eso mismo el día de pasado mañana. Porque nadie más que ellos tiene sentimientos legítimos y apreciables, quémense efigies del Rey que aceptan y respetan la inmensa mayoría de los españoles. El Rey, que lo es porque nosotros queremos: porque la nación soberana –la de los catalanes, los extremeños y los leoneses- lo quiere. Porque está escrito en la Constitución que ampara a los catalanes.

Llegado el caso, y si la cosa sigue poniéndose fea, no me dolerán prendas en declararme «monárquico razonado”. Igual que Thomas Mann, sólo que cambiando una palabra.

Y eso será lo mismo que ser más republicano que nunca. Quien quiera entender que entienda (en realidad es muy sencillo). Libertad, igualdad, fraternidad.