El peligro ultra

Hay quienes pretenden reducir la amenaza del resurgimiento ultraderechista en España a un simple espectáculo estrambótico y estrafalario. Una pandilla de frikis inofensivos, parecen decirnos. Según estos blanqueadores, nadie debe preocuparse en exceso por la verborrea antisistema, el folclore hortera y la nostalgia franquista que derraman cada día Abascal y sus chicos.

Pero lo cierto es que son peligrosos. Siempre lo fueron. Tan solo hay que recordar los dramas terribles que han ocasionado en España y en el resto de Europa cuando han tenido fuerza suficiente para imponer sus postulados totalitarios.

Hoy constituyen un peligro por una doble vía. Porque cada día cuentan con altavoces para inocular su ideología del odio. Y porque PP y Ciudadanos les proporcionan influencia a través de los Gobiernos que han pactado con ellos en Andalucía, Madrid, Murcia y otros territorios.

Ante el 28 de abril y el 26 de mayo, los ultras solo eran una amenaza potencial. Ante el 10 de noviembre ya son un riesgo cierto y contrastable para los derechos, las libertades y la propia convivencia en paz de los españoles y las españolas. Si las tres derechas suman e influyen, muchas de las conquistas de nuestra joven democracia pueden revertirse. Así es y así hay que decirlo, sin paños calientes.

Los ultras no creen en la existencia de la violencia de género, por lo que influyen en los gobiernos de PP y Ciudadanos para derogar normas y desmontar recursos establecidos precisamente para proteger a las mujeres de sus asesinos y maltratadores.

Los ultras no creen en el cambio climático, por lo que influyen en los gobiernos de PP y Ciudadanos para anular y retrotraer leyes e iniciativas destinadas a frenar la contaminación y proteger nuestro ambiente. La salud de millones de ciudadanos está en juego.

Los ultras persiguen al que consideran diferente y alejado de su modelo de buen español, blanco, heterosexual, anti feminista, ultranacionalista, ultracatólico y amante de determinadas tradiciones. E influyen en los gobiernos de PP y Ciudadanos para discriminar a estos colectivos, señalándoles como antiespañoles, retirándoles ayudas públicas, y obstaculizando la formación cívica en los valores del respeto a la diversidad y la tolerancia.

Los ultras abominan del Estado Autonómico que establece la Constitución de 1978 y apuestan por la recentralización de competencias y la homogeneización social, a partir de sus valores extremistas. E influyen en los gobiernos de PP y Ciudadanos para revertir las autonomías que forman parte del pacto constitucional.

Los ultras no aceptan la progresividad fiscal, porque dicen que penaliza el ahorro. E influyen en los gobiernos de PP y Ciudadanos para rebajar los impuestos a los más pudientes y recortar prestaciones sociales a quienes más las necesitan.

Los ultras prefieren los servicios privados a los públicos y, de hecho, Rubén Manso, su gurú económico, propone la privatización del sistema público de pensiones, la sanidad pública y la educación pública. E influyen consecuentemente en los gobiernos de PP y Ciudadanos para debilitar las políticas públicas en beneficio de los negocios privados.

Desde luego, los ultras abominan de las iniciativas encaminadas a mantener la memoria histórica y reconocer la dignidad de las víctimas del franquismo. Se consideran a sí mismos herederos de los “vencedores” del golpe de 1936, la guerra civil y la represión criminal del franquismo. Incluso han llegado a injuriar a las jóvenes conocidas como “las trece rosas”, asesinadas vilmente en su día por la ultraderecha.

Los recientes episodios protagonizados por algunos de sus principales dirigentes, como Espinosa de los Monteros, Monasterio y Olona, demuestran también que la ultraderecha española mantiene muy presente su larga tradición de corruptelas y sabotajes a las instituciones democráticas.

¿Estrafalarios? Sí. ¿Peligrosos? También.

Una buena razón más para movilizar a todos los progresistas en las urnas del 10 de noviembre.