Franco e Iglesias, unidos en la amargura

La política no es terreno ni para exquisiteces ni para contemplaciones. Al menos eso debió pensar Pablo Iglesias sentado ante su televisor viendo como el General Franco era desalojado de su mausoleo, el que él mismo mandó construir con el esfuerzo de presos políticos para mayor gloria de sí mismo. No es sorprendente que el que se proclamara caudillo ‘por la gracia de Dios’ hiciera algo así cuando ya en el primer desfile ‘de la victoria’, y antes de pasar revista a sus tropas, le había desprendido al General Varela una de las Laureadas de San Fernando que llevaba en el pecho para lucirla en su guerrera.

Consciente de que, como debió pensar el caudillo en aquél entonces, el arrojo hace al líder, Iglesias decidió irrumpir en el emocionado día en el que los españoles de bien celebraban la exhumación del dictador y comenzó a prodigarse por los medios negando la satisfacción, la alegría, de muchos y la comprensión de los que sin ir más lejos consideraban una anomalía histórica que el tirano se hubiese hecho enterrar sobre los osarios de sus víctimas y eso permaneciese igual cuarenta y cuatro años después de la instauración democrática. Acusaba Iglesias al gobierno que había tomado la decisión de electoralismo por arrojarlo de su templo, y al mismo tiempo de ofrecer al dictador honores de estado.

Ignorando que difícilmente se puede hacer electoralismo con ambas cosas a la vez, Iglesias fue, plató por plató, estudio de radio por estudio de radio, con tono agrio, severo, rudo, con la mirada grave de quien actúa impelido por una misión histórica y es capaz de mirar – y ver – más allá de donde lo hace el común de los mortales, ajeno a las complejidades de este mundo, y con el tono rotundo, pausado y firme del capitán que asume el mando en la circunstancia más adversa, distribuyó por todos lados acusaciones a Sánchez de lo que fuera o fuese necesario para impedir un día para la historia del que él quedaba al margen en el orden del día oficial.

Da igual que el sujeto de la jornada fuera el pueblo español, beneficiario ético de la decisión inapelable de poner al dictador en el lugar adecuado, obligando su familia a hacerse cargo de sus restos y liberando de la penosa carga moral que padecían millones de españoles al haberse resignado a aceptar como inevitable que el artífice de una dictadura cruel que durante treinta y seis años sometió al país, gozase de un alojamiento injustificado en un mausoleo impropio de una democracia.

Es decepcionante un político que se quiere tanto y que no es consciente del ridículo histórico que hace

 

Da igual que esta reparación liberara a más de treinta mil víctimas de la Guerra Civil de seguir reposando junto al autor de la contienda y de sus efectos más perversos. Da igual que los enterrados que quedan ya solo sean aquellos que fueron víctimas de la guerra que encarnizó el General Franco con el propósito de construir un régimen sin adversarios posibles. Iglesias consideraba que no era el momento, que no era oportuno, que podría esperarse – con independencia de que las elecciones convocadas pudiesen facilitar un gobierno que detuviese el proceso de exhumación – a que pasaran las jornadas electorales, a pesar de haber, tan solo unos días antes, reprochado al gobierno no haber cumplido su compromiso.

Al final, el resultado ha sido que Franco se ha ido del valle sin pena ni gloria – por más que le moleste a Iglesias -, que la gente está contenta, que sí, que queda mucha reparación por hacer, pero que como escribió el poeta – poeta del exilio – se hace camino al andar. Es decepcionante un político que se quiere tanto, que no es consciente del ridículo histórico que hace, de lo visible de su amargura, de su vanidad, de todos los efectos secundarios de su deseo de infinito protagonismo. Hasta el punto de querer hacernos creer a los que hemos padecido el franquismo en la sangre de nuestras familias, que el día de la exhumación no era un día feliz.