A desfranquizar

Si desfranquizar es ir poniendo en su lugar los despojos de la dictadura, hay todavía alguna que otra tarea pendiente.

Uno de los legados más pertinaces y negativos del franquismo es haber afectado de forma patológica a la idea que cierta izquierda tiene (o mejor dicho: que no tiene) de la nación española.

Franco secuestró el concepto de España, lo convirtió en un término arrojadizo. Marcó con una línea de sangre la divisoria entre España y la anti-España y la subrayó durante cuarenta años. Excluyó a la mitad de los españoles vivos de entonces y a la mitad de los españoles pretéritos: Franco aniquiló de la vida y de la historia a la España liberal, la humanista, la heterodoxa y la obrerista.

Cuando España fue devuelta a sí misma, cuando España fue por fin completa, la sombra del tirano dejó de proyectarse sobre todos los ámbitos de las costumbres personales y de la vida social de forma prácticamente inmediata.

Sus acólitos fueron barridos en las primeras elecciones democráticas, se aprobó por abrumadora y feliz mayoría una de las Constituciones más avanzadas y progresistas de Europa y continuaron las reformas profundas una tras otra, sin parones ni retrocesos.

Nada impedía, en buena lógica, que la izquierda española hubiera abrazado como sobreentendida la idea ilustrada de la nación indivisible y soberana como centro del que pendían todos esos derechos conquistados y como medio a partir del cual avanzar hacia aún más altas cotas de bienestar, libertad y autodeterminación.

Sin embargo buena parte de la izquierda ha mostrado desinterés por este tipo de discursos, tan evidentes y naturales en las latitudes más cercanas.

¿Cómo se justifica ese desinterés por tomar el concepto de nación?

Por un lado, por un internacionalismo más vacuo, dogmático y panfletero que real.

Nunca existió en la España democrática el riesgo de convertirse en una nación agresiva o aislacionista -las dos manifestaciones exteriores del nacionalismo-, lo que hubiera justificado el antídoto internacionalista. Rápido entramos en la UE, en la Alianza Atlántica (cumplimos pues con las dos vocaciones históricas y naturales de España) nos convertimos en un país simpático, querido, visitado, en relaciones normalizadas con prácticamente todo el mundo e involucrado en numerosas misiones de paz.

Por otro lado: por una mal entendida y automática empatía con aquellos movimientos regionalistas/nacionalistas que se opusieron al régimen de Franco. Habría en este punto que afinar: decir por quién, cómo y de qué manera se hizo esa oposición si es que realmente se hizo, por cierto.

Se prolongó de ese modo la solidaridad ontológica con unos partidos que ya en democracia desplegaban programas conservadores en lo social y lo económico aderezados con referencias a supuestos derechos y agravios históricos desde visiones comunitaristas totalmente extrañas a la tradición política progresista.

La ruptura lógica es evidente. La cosa sería más o menos así: con la excusa del internacionalismo se desatendió la defensa de la idea de una nación común coincidente con la soberanía nacional garante de los derechos de todos (una nación, por lo demás, sin vocación de afirmación nacionalista tras la náusea de cuarenta años de pelayos, flechas y constantes enemigos en contubernio) y se dio audiencia a proyectos cuestionadores de esa nación desde miradas particularistas, comunitaristas y defensoras de privilegios con la base, tan solo, de un dudoso pedigrí antifranquista.

El antifranquismo después de Franco es uno de los fenómenos más extraños que uno puede imaginar. Y engendra distorsiones aberrantes.

La semana pasada se hizo en los institutos catalanes una huelga formalmente convocada «contra la represión franquista» pero que en realidad era para negar la separación de poderes, para negar la constitución, las instituciones y para señalar enemigos. Extraños efectos los de este «antifranquismo».

El franquismo, su moho, sus colgajos (esos que salen hoy de Cuelgamuros) subsisten triunfantes en los complejos, las renuncias, los requiebros de la izquierda. Dejando el terreno abonado, además, para versiones patrimonialistas de España: esas que nos expulsan de la vida y de la historia.

Toca desfranquizar. Toca volver a ser la razón en marcha.