Spoiler de Unamuno

Próximamente se estrenará en las salas españolas una de las películas que más impacientemente espero en este 2019. Se trata de “Mientras dure la guerra”, dirigida por el respetadísimo Don Alejandro Amenábar y que, a juzgar por los avances publicitarios, pivotará sobre la figura de Don Miguel de Unamuno en el aciago año de 1936.

¿Otra película sobre la guerra civil? ¿más metraje de lugares comunes? ¿una nueva proyección pasada por el filtro casi inevitable de la postrera victoria literaria, cinematográfica y cultural de quienes salieron cautivos y desarmados de aquel baño de sangre? Son prevenciones legítimas que puede albergar cualquier españolito-espectador que se debata entre entrar a esta película o a la última de la franquicia Marvel. O quizás, siendo optimista: ¿un intento de repensar esos lugares comunes? (‘el mejor modo de librarse de su maleficio’, según el propio Unamuno). No lo sabremos hasta que la veamos, claro.

Desde luego: Amenábar ha escogido como protagonista de su película a uno de los hombres menos asibles, menos simplificables, menos reducibles al tópico y a la categoría. El hombre más libre que ha dado España o el último Quijote, como lo definió Don Andrés Trapiello en su monumental ‘Las armas y las letras’ (ese tesoro inagotable del que nunca se termina de aprender y que nunca le agradeceremos lo suficiente al prolífico autor leonés).

En mi curiosidad me hago preguntas. ¿Se dejará retratar Unamuno en la pantalla? ¿veremos a Unamuno? ¿qué Unamuno? ¿uno o varios? ¿cuál de todos? A Amenábar ya hay que agradecerle, de entrada, el haberse autoimpuesto el reto.

El fundamental desafío reside en tratar de caracterizar a un Unamuno de 72 años en Salamanca, 1936, dando por sabidas –por comprendidas, por contextualizadas- (o tan sólo insinuándolas) toda una multitud de capas, complejidades y perplejidades de alguien que para entonces ya llevaba 40 años ofreciendo texto y pensamiento, continuidades y discontinuidades, vehemencias y aparentes contradicciones.

Unamuno no vio mucho de la guerra civil. Por suerte. Murió el último día del año de su inicio, pero vio lo suficiente como para vislumbrar en la contienda una locura colectiva, una epidemia frenopática: el suicidio moral de España o para referirse a los contendientes como “los hunos y los otros”, sin entrar al quién es quién.

La película, que arranca con los tiros de la sublevación de julio del 36 deja pues, necesariamente, fuera de foco al novelista, poeta, ensayista, catedrático y “filósofo involuntario” –como lo llamó Julián Marías – anterior a dicha fecha. Ojalá la película, pese a ello o gracias a eso mismo, preste un poco mejor que el Bachillerato el enorme servicio nacional de resucitar el interés por su figura; mejor aún: por lo que hay al fondo y en el trasfondo de la figura y su busto. Ojalá contribuya a realizar aquel verso suyo: cuando me creáis más muerto retemblaré en vuestras manos. Ojalá la evidente ambición que se necesita como director para afrontar el reto de realizar el esbozo de un hombre tan complejo no se corone con la soberbia de tratar de ofrecer una visión conclusiva, un Unamuno definitivo, ni siquiera una síntesis forzada de esas mismas complejidades. Ojalá nos deje un Unamuno abierto, actual, interlocutor, vivo. Más nuestro que nunca.

¿A qué nos referimos cuando decimos complejidad de Unamuno o en Unamuno? Para entrever de qué hablamos puede intentarse aquí un pequeño y bienintencionado spoiler (o “destripe” en buen español) del Don Miguel de julio de 1936. Una apresurada y muy insuficiente semblanza.

Vascuence-salmantino (vasquísimo y españolísimo, como todos los grandes vascos que en la historia han sido). Católico ferviente (esto también como muchos vascos) y eterno enamorado de Castilla, en cuya geografía adivinó un altar gigante que hoy puede venerarse todavía desde un tren de alta velocidad.

Autor de una plétora de ensayos sobre todos los temas imaginables es, sin embargo, en una novela, “Niebla” de 1914, donde uno –al menos hasta donde alcanzan mis lecturas- puede encontrar exclamaciones incluidas lo unamunesco quintaesenciado:

– No sea usted tan español, Don Miguel…
-¡Y eso más, mentecato! ¡Pues sí, soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo, y el españolismo es mi religión, y el cielo en que quiero creer es una España celestial y eterna y mi Dios un Dios español, el de Nuestro Señor Don Quijote, un Dios que piensa en español y en español dijo: ¡sea la luz!, y su verbo fue verbo español…

España, la Fe, lo castizo desde una derivación doble: de casta y del adjetivo casto, puro. Sobre esos andamios se elevaba para mirar el mundo y de ahí, directo al famoso “dolor de España” (tan citado, tan recitado) con el que Unamuno se quejaba de su primera destitución académica por motivos políticos.

Sí, Unamuno tiene el honor –quién sabe si único en el mundo- de haber sido destituido de su sitial académico por tres regímenes políticos distintos: la primera en 1914 por sus críticas a la monarquía. A esto se añadiría un destierro a Fuerteventura en 1924 cuando esa monarquía comenzaba a estar ya mortalmente infectada de dictadura primoriverista.

La segunda: por el puño y letra de Azaña al inicio de la guerra, cuando Unamuno a través devarios escritos y entrevistas recibe a los sublevados de julio como a salvadores de la religión, de la civilización y de España.

Hay que decir que el escritor vasco fue posiblemente el intelectual que más empujó para que llegara la republica a España en 1931. La proclamó, de hecho, desde el balcón del ayuntamiento de Salamanca extendiendo certificado de defunción a “una dinastía que nos ha empobrecido, entontecido y envilecido”. Fue diputado de las primeras cortes republicanas obteniendo el escaño por una candidatura independiente y muchos contaban con que sería el primer presidente de la joven república. Pero sólo tuvo un voto, debemos suponer que el suyo propio, en esa elección que ganó Alcalá Zamora.

Unamuno abogaba por una república civil, social y laica: civil frente a la plaga decimonónica del militarismo, social frente a la injusticia, laica pero nunca antirreligiosa, tal y como dejo dicho en un discurso de 1931 por esos días de abril en que nacían tantas esperanzas.

Unamuno, como Ortega, tuvo pronto su propio “no es esto, no es esto”. En su caso, motivado por la política religiosa de la república y la frivolidad, el sectarismo y a la necedad que achacaba a muchos de sus dirigentes, a los que responsabilizaba de las repetidas y cada vez más profundas crisis que debilitaron al joven régimen hasta hacerlo irreconocible en comparación con los nobles anhelos del 14 de abril.

Unamuno – filósofo involuntario o no tanto- siempre distinguió entre la república que debió ser y la república que iba siendo, como cuando diferenciaba tradición esencial y falsa tradición o tradición adherida en sus obras y artículos sobre el casticismo.

Unamuno, como decimos, llegó a apoyar con sus palabras el golpe de estado de 1936. Esperaba de éste que fuera un movimiento rápido y quirúrgico capaz de reconducir la república (recordemos que el 18 de Julio todos daban vivas a la república: los que se levantaban también).

Ya en el terrible año de 1934 en su discurso de jubilación como catedrático en el paraninfo de Salamanca alertó del riesgo de “disolución nacional, civil y social” y advertía impotente de las “visiones reveladoras, rojeces de sangre, livideces de bilis” de un anciano de setenta años.

Pedía aungustiado: “¡salvadnos por España, por el dios de España!”. Se lo pedía a estudiantes desarmados, no a los militares de los que siempre desconfió. Pero los acontecimientos se dieron como se dieron.

Unamuno, por sus escritos, por su rebeldía innata, por su inconformismo, por su resistencia al autoritarismo era un hueso duro de aprovechar por los sublevados. Pero lo intentaron, por supuesto. Tener a Unamuno de su lado y poder decírselo al mundo era una victoria. Como parte de ese intento de apropiación y propagandismo se interpreta el discurso que le pidieron realizar el 12 de Octubre de 1936, día de la Raza. Allí, en su universidad de siempre tuvo lugar aquel famoso incidente con el brutal Millán Astray que casi le cuesta el linchamiento, que motivó su tercera destitución (esta vez como catedrático vitalicio) y que le abocó a vivir bajo arresto domiciliario de una guardia de falangistas sus últimos meses de vida. Trapiello relata como nadie el episodio del “viva la muerte, muera la inteligencia” y, sobre todo, los últimos meses de un Unamuno encerrado, vigilado e intervenido.

Unamuno llegaría a arrepentirse de su apoyo a Franco (“qué ligero anduve al adherirme”, escribió). Intentó interceder sin éxito para salvar la vida a amigos y conocidos cuando aquel supuesto golpe de bisturí era ya una sangría que se extendería por tres años y cuyo resultado no sería precisamente la paz.

Pese a que en 1935 se había dejado ver con José Antonio Primo de Rivera en un mitin de éste. Circunstancia que algunos interpretaron como una muestra de apoyo, otros como una simple boutade y los de más allá como el merecimiento definitivo de la inscripción en la nómina de traidores. El fascismo, el totalitarismo, nada más ajeno al espíritu de Unamuno. Hay un sencillo poema suyo de 1928 publicado después en su cancionero titulado “Fascismo”: (no un manojo, una manada, es el fajo del fajismo, detrás del saludo nada, detrás de la nada: abismo).

A la muerte de Unamuno: división entre los que todavía intentaban apropiárselo (los menos ya a esas alturas) y los que le dieron por imposible: por inutilizable. “Unamuno ya estaba muerto”, se llegó a escribir en la España llamada republicana. Antonio Machado –como siempre- supo ver. En sus notas sobre la muerte del catedrático apuntó algo así: Unamuno siempre estuvo en contra de muchas cosas, puede que incluso en contra de sí mismo, pero nunca estuvo contra el pueblo sino con él.

La relación de Unamuno con la política se puede resumir con la siguiente frase de 1925: “no propalar abstractos idearios, sino señalar nombres de personas, hechos, sucesos y denunciar tropelías y pedir responsabilidades concretas a este régimen lo mismo que al otro”. Ella puede resumir su actitud respecto de los tres regímenes políticos en los que vivió intensamente y que lo castigaron.

Se debe leer al “Unamuno pensador” sin apriorismos, sin partidismo, sin reeditar una versión incruenta (pero igualmente estúpida y estéril) de eso que hicieron las dos Españas con cuantos intelectuales tuvieron al alcance de su mano: tratar de ganarlos para sí, utilizarlos si eran útiles y arrumbarlos –o algo peor- cuando no. Se debe leer al “Unamuno escritor”, sin más.

Ojalá esta aproximación cinematográfica contribuya a intensificar el interés por el escritor, por el pensador, por el eterno salmantino de perfil afilado.