Un verano con Julián Marías

Cuánto discurre el alma girando como un ensueño en las noches de estío, cantó el poeta peruano José Santos Chocano. Como sombra que da vueltas alrededor de un lucero.

Buena parte de las noches –las mañanas y las tardes- de este estío las he pasado con el alma discurriendo y girando alrededor de un lucero del pensamiento hispánico del siglo XX: Don Julián Marías Aguilera. Una cuenta pendiente que comienzo –sólo comienzo- a saldar tras el estudio sistemático, uno tras otro, de un buen número de títulos de su  diversa y vastísima obra.

Desconozco hasta qué punto es actualmente reconocido y ubicado este autor dentro de las hondas trayectorias intelectuales que engrandeció o inauguró. Hasta qué punto pronunciar hoy su nombre permite asociarlo todavía a los temas en torno a los que giraron su ánima y su producción.

No sé si se comprende bien el espesor del temple liberal y adogmático del que hizo su sello humano este discípulo y amigo (él se preciaba sobre todo de lo segundo) de Don Ortega y Gasset.

Marías fue, ciertamente, un liberal. Tal vez el único representante de esa vieja estirpe en varios cientos de kilómetros a la redonda cuando España permanecía retenida bajo la dictadura.

Un liberal también en el sentido que el término conserva en el Diccionario de la Real Academia: el de la generosidad. De cómo escribía sobre otros y de su reivindicación de los Unamuno, los Moratín, Jovellanos, Marañón, Galiano o Pidal (todos ellos hombres que abrazaron la complejidad, la realidad y la Idea para dar vida a algo) se descubre un español siempre dispuesto a la franca admiración. De estos que nunca sobran en una sociedad y en un tiempo cualesquiera, pero peligrosamente escasean en nuestro siglo de adanes –dicho sea como de pasada-.

Fue un inveterado defensor de la ilusión y del entusiasmo que además atesoraba la mejor virtud de las mentes claras: la capacidad de traducir la vehemencia y la pasión en pensamiento diáfano. Qué efecto tan reconfortante produce el sanearse en la salubridad de la buena y corriente prosa española desde estos tiempos posmodernos en los que la filosofía –y ya hasta la política o el periodismo- apenas si son capaces de pronunciar alguna verdad sin recurrir a mil prefijos, sufijos, neologismos innecesarios, siglas y a defectuosas importaciones de otras lenguas.

Fue un pensador que cuando escribía y hablaba (ahí están en los anaqueles de la Biblioteca Nacional los registros sonoros de alguna conferencia suya), jamás eludía los peajes que imponen la moderación y el rigor para abandonarse a la invectiva o al ajuste de cuentas pero que a la vez (cogiendo por sorpresa al lector) era capaz de deslizar alguna línea cargada de humor, ironía y hasta de una finísima y envidiable malicia, de esa que colocaba en el momento preciso como aflojándose un tantico la perenne corbata. Lo que daríamos hoy acá algunos por uno solo de esos comentarios suyos en El País o en el ABC de mañana enviado desde ese cristiano más allá de sus creencias más hondas.

Entre los muchísimos temas que abrazó Marías se encuentran la elaboración de una biografía –no una historia- de la nación española con antecedentes en la Hispania visigoda, tarea que acometió en su España inteligible (el libro que yo recomendaría si tuviera que recomendar uno y sólo uno); también el liberalismo, la relación entre sociedad y estado, la democracia, la convivencia, la vida del idioma español como lengua común de España –muchísimo más allá de su enunciación como lengua oficial en un texto legal-, la justicia social y otras justicias, las regiones y el regionalismo, la función del intelectual o las Españas (ese emocionante hilo vital que reúne a nuestro país con Iberoamérica en una fraternidad que conviene espesar).

Con la persistencia de un bajo continuo que acompaña a la melodía uno encuentra siempre a los españoles y a España en sus letras. La investigación, la clarificación, la identificación del sujeto protagonista de su presente, las posibilidades de su futuro y la fidelidad ‘en continuidad’ -que no en continuismo- respecto a la realidad histórica aparecen como una constante de la obra de Marías.

España es también el núcleo de una interesantísima serie que publicó entre 1976 y 1981 (el último volumen se enviaría a la imprenta dos semanas antes del 23-F) y que leída hoy bien podría hacer las veces de guión narrativo o vital de la Transición española desde los primeros e inciertos pasos de la liberalización hacia la democratización. Un guión, claro está, que se escribe desde dentro del tiempo, en contacto con el calendario, con el clima, desde la permeabilidad del diálogo cotidiano y pulsando las amenazas y los riesgos de una época (algunos de ellos materializados después en mayor o menor grado en forma de desánimo, particularismo, insolidaridad o nacionalismos) pero que recoge también la esperanza y el optimismo de una sociedad que se abría a la vida plena, que era devuelta a sí misma y que se ponía manos a la realización de lo que Marías llamó “un ejemplo de genialidad histórica”: una creación a la altura de las mejores hazañas españolas. Algo que hoy algunos ingratos serían incapaces de reconocer y que otros sólo enunciarían con el fin de atacar al oponente tratando de apropiarse de un éxito cuyos frutos todos disfrutamos.

Quien tanto pensó España, quien tanto la amo sin convertirla en un grito, quien confiaba en sus conciudadanos con términos seguros y entusiastas era como él se describió en algún lugar: “un viejo republicano”. Un viejo republicano y a la vez –aunque esto último nunca lo dijo- el gran patrón de la tercera España. Algo perfectamente compatible si se odiaba la guerra en sí y la oportunidad de aniquilación que inauguró mucho más que al otro bando.

Compatible si se era un republicano (y humanista y patriota y persona decente) como lo fue el socialista Don Julián Besteiro, profesor del propio Marías a quien éste acompañó en el Comité Nacional de Defensa hasta la mismísima entrada de los sublevados por las calles de Madrid. Dispuestos ambos a correr el mismo destino que sus martirizados habitantes mientras unos pocos elegían el alfombrado de su dacha moscovita al tiempo que exigían más sacrificios y más muertes vanas en nombre del proletariado mundial. Marías escribió el último editorial del ABC de Madrid (el conocido como ABC republicano para distinguirlo del de Sevilla) con las tropas franquistas cruzando ya los puentes sobre el Manzanares. Todo eso (ser demócrata, ser leal a lo que la república siempre debió ser, ser decente) lo pagó inmediatamente. Como el propio Besteiro, a quien dejaron morir en la cárcel, tuberculoso, desasistido, con las manos y la conciencia impolutas y –precisamente- por ser conciencia de la mejor España.

Marías conoció la cárcel franquista: el único periodo de su vida en el que vivió “como intelectual a la sombra del Estado” “alimentado y albergado por él contra mi voluntad” (aquí, lo que les decía sobre el humor de Marías). Y algo todavía peor: vio truncada su vida académica (toda su vida) por el estallido de una guerra que prolongó sus efectos durante décadas como una onda expansiva. Marías se licenció en filosofía un mes antes de aquel 18 de julio y en 1942, ya señalado y proscrito como enemigo de Españao sancta simplicitas!– el tribunal de doctorado suspendió su tesis impidiéndole hasta muchas décadas después dar clases de forma regular en España y tener aquí sus propios discípulos.

Esto hay que recordarlo para subrayar aún más la absoluta ausencia de resentimiento, su total desinterés en vivir de (o vivir en) 1931, 1936 o 1939 una vez que España fue devuelta a los españoles con la llegada de la democracia e investida, por tanto, de la responsabilidad, del mérito y la culpa de sus aciertos y errores futurizos. Hay que recordarlo para reconocer en Marías algo más que un testigo cualificado de todo aquello y para leer su ensayo “La guerra civil ¿cómo pudo ocurrir?” como lo que es: un texto fundamental que debería leerse en los institutos de educación secundaria de toda España (como tantos otros de tantos autores que no se leen o ni siquiera se conocen).

Para Marías la clave de aquel desastre tuvo que ver sobre todo con la frivolidad, con un dejarse arrastrar, con la acrítica aceptación de un supuesto desde el que se partía para interpretar toda la realidad.

Eran muy pocos, poquísimos, los que querían la guerra civil; desgraciadamente eran algunos más los que querían el resultado o los frutos de lo que terminaría convirtiéndose en una guerra civil, es decir: la división oficial del país en dos bandos, la consideración (mejor dicho desconsideración) del adversario como enemigo y, por último: la posibilidad de quitarse de la vista a ese enemigo.

Marías escribió en algún lugar que “España es el país en el que las palabras tienen más importancia. Porque España es un país en el cual casi nunca se dice lo que pasa, sino que pasa lo que se dice”. La enajenación mental sobrevino –y sobreviene- cuando las palabras que se dicen, se reproducen y se imprimen a todas horas son pura propaganda (una forma de profanación que Marías contraponía a la retórica). Si todo lo que se dice y se escucha tiende a reforzar un supuesto que afirma que el país está irremisiblemente dividido, partido por la mitad, incomunicado y agrietado por una tensión que reclama resolución. Un supuesto que no se niega con contundencia por la mayoría.

Esa escisión del torso social tuvo su motor en los dos extremos políticos (absolutamente minoritarios en las urnas), tuvo su reproducción gracias al contagio de radicalismo por parte de quienes no quisieron o no pudieron negar el supuesto, en la aceptación de la condena insidiosa de tener que elegir un bando, en la sorda inercia que despreció lo que tenía que decir la mejor generación de intelectuales que había conocido España en siglos.

En resumen: las ganas de pelea de unos muy pocos; la frivolidad de unos muchos que jugaban, que especulaban, que no trataban sagradamente las cosas sagradas (la convivencia, el respeto al otro, las instituciones democráticas); y lo más grave: la abdicación de los más.

Si no se ve el interés, la oportunidad y la importancia de que estas cosas se lean hoy –hoy- en nuestros institutos, en nuestras casas y en nuestros parlamentos habrá que insistir.

Los más no estamos dispuestos a abdicar.