Liberales en Somers Town

Somers Town es el nombre de un barrio londinense, uno como cualquier otro. Un barrio, sin embargo, de gran significación política y simbólica para lo mejor de España durante varios periodos del siglo XIX. Hoy es para nosotros sólo un recuerdo literario, casi fantasmal, pero sus calles fueron el centro del exilio liberal y progresista durante el sexenio absolutista (1814-1820) y la década ominosa (1823-1833) cuando la patria sufría espasmos de sangre bajo la bota felona y sucia de Fernando VII.

 

Gracias a los “Recuerdos de un anciano” de Alcalá Galiano podemos imaginar un barrio de la gran metrópoli mundial en el que se hablaba español, en el que el sereno daba las horas en el idioma de Cervantes y en el que proliferaban publicaciones como “el español constitucional”, “el emigrante observador” o los “ocios de los españoles emigrados”.

Un barrio en el que el propio Galiano, el botánico Lagasca, Espoz y Mina, Blanco White o Argüelles paseaban con “su tez morena, con el aspecto oscuro de un fuego sofocado y la condición trágica de leones de Numidia enjaulados”, según palabras del historiador Thomas Carlyle, quien dedica a aquellos exiliados españoles todo un capítulo de su biografía de John Sterling (a la sazón uno de los contados benefactores que tuvieron nuestros paisanos en Londres).

 

Un barrio (hay que imaginarlo necesariamente brumoso y desapacible) convertido en sede mundial de la “melancolía entusiasta”, conceptos éstos que conforman el temple fundamental de todo buen liberal según don Julián Marías, patrón de la tercera España. Un barrio en el que la vida pasaba entre estrecheces, añoranzas y planes de vuelta tan arriesgados como el del llorado general Torrijos, quien antes de liderar aquel desgraciado y quijotesco desembarco capitaneó una tertulia junto a la Iglesia de St Pancras.

 

Hasta Dickens en su “Casa desolada”, reparó en aquellas figuras trágicas (‘hay allí un número de españoles refugiados pobres que caminan envueltos en capas y fumando cigarrillos’).

 

Alguien habrá de colocar allí algún día una placa conmemorativa en nombre de la memoria histórica.

 

No ha sido ni es fácil ser liberal en España. Más una escuela, un método -o un talante- que un corpus ideológico eficazmente articulado, sus partidarios quedan frecuentemente arrinconados defendiendo conceptos como el de la “tercera España”, esgrimiendo formalismos legales, hablando de garantías institucionales y de abstenciones de la política en aquellas épocas históricas en las que priman la pasión intervencionista, la patrimonialización del estado, las banderías y la pasión energúmena. Deseando secreta o explícitamente “que no llegue el día de las negaciones radicales o de las afirmaciones absolutas” (como escribió con ánimo peyorativo Donoso Cortés, aquel reaccionario furioso de pluma ígnea, genial y romántica, el Chateubriand español).

 

Donoso Cortés, que gustaba retorcer las Escrituras para llevar siempre razón escribió -supongo que del tirón y sin coger aire para respirar- un “Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo”. Ahí equiparaba liberalismo y socialismo para machacarlos y contraponerlos al catolicismo (sí: el catolicismo como ideología política excluyente e incompatible con todas las demás, una maravilla). Donoso blasfemaba continuamente sin quererlo y sin quererlo -pretendiendo exactamente lo contrario- daba también una de las mejores definiciones del liberalismo: una que incide en su fragilidad, en su carácter “transitorio y fugitivo”, en su naturaleza de fruta delicada en aquellas sociedades lo suficientemente maduras, lo suficientemente abiertas a la discusión e instaladas en la serenidad.

 

“Que no llegue el día de las negaciones radicales o de las afirmaciones absolutas”. “Una escuela que no dice afirmo ni niego, sino distingo”. “Una escuela que por medio de la discusión confunde todas las nociones y propaga el escepticismo”. Lo contrario del sectarismo y el partidismo.

 

Don Juan Valera, de afinidades krausistas, al comentar precisamente el citado ensayo de Donoso Cortés -y sirviéndose astutamente de él- sí sabe ver las bondades de esa ideología que no afirma ni niega, sino que distingue, para afirmar rotundo: “la escuela liberal no domina sino cuando la barbarie desfallece”.

 

El liberalismo se cuela en España por una ventana brevemente entornada: una ventana que casi siempre tiene el postigo echado.

 

Donoso Cortés pedía un pueblo de acción, no de pensamiento, pedía “un día en que los pueblos se derramen por las plazas y las calles resueltamente volcando en el polvo las cátedras de los sofistas”. Donoso el populista, diríamos hoy, Valera el apologista de la duda. Valera el “equidistante”, dirían los que no saben bien lo que significa esa palabra.

 

Comenzamos hablando de liberales en el exilio, de melancólicos entusiastas arrojados a las tinieblas exteriores y terminamos hablando de duda, de dogmatismo, de afirmar, negar y distinguir. Y a mí me da por pensar, no sé, en Francesc de Carreras, en Xavier Pericay, en Javier Nart, en Toni Roldán, en Francisco De la Torre, en todos los dimisionarios de Ciudadanos de los últimos tiempos y en los que votan lo que tienen que votar en las diversas investiduras por pura disciplina y no por convicción. Los hay, de verdad. Pienso también en los 22 nuevos miembros del politburó naranja cien por cien fieles que sustituyen y rellenarán con ecos de Rivera el silencio dejado por la discrepancia, por la duda expresada. Pienso en cómo serán las ejecutivas de Ciudadanos a partir de ahora y si se diferenciarán en exceso de las de cualquier partido comunista de los años sesenta. Pienso en esas expresiones dogmáticas, demagógicas, en esas “negaciones radicales” y “afirmaciones absolutas” tan fuera de la cultura del liberalismo que imprime cada día el líder visionario desde su trinchera: “la banda”, “el plan Sánchez”, “los enemigos de España”… ¿Qué queda del entusiasmo, qué del escepticismo?

 

Pienso, finalmente, en el epitafio contenido en la carta de despedida de Francisco De la Torre (liberal en el exilio, liberal en Somers Town): “Ciudadanos ha elegido uno de los extremos, es parte del problema y no de la solución”.

 

La solución vendrá, como siempre, de la suma y la mezcla entre diferentes. Los dos bloques incomunicados e insuficientes en que hoy se divide la política española son el problema y todos tienen parte de culpa en su no solución. Podemos seguir votando cada pocos meses, podemos tratar de regresar al bipartidismo por desgaste y a base de martillazos, podemos insultarnos cada día hasta que no haya quien respire aquí, pero la solución vendrá del lado de la moderación, del respeto a la Constitución y del reencuentro en el centro de una cultura democrática compartida y avanzada. De la rectificación de lo que se ha hecho mal, corrigiendo las trayectorias equivocadas que se han emprendido desde que nos dimos la espalda (el revolcón con VOX de unos, la infidelidad en Navarra de otros, por ejemplo).

 

Socialdemocracia y liberalismo. Si es necesario: con dos líderes que no se desprecien profundamente y que no se quieran tanto a sí mismos. Que duden, que hablen, que distingan.