Oyéronse cascabeles

“Oyéronse cascabeles: el hortelano dijo que entraba una posta de Madrid; creímoslo chanza de algún amigo; el administrador de Correos entrega un pliego con el nombramiento del Ministerio de Gracia y Justicia. ¡Adiós felicidad, adiós quietud para siempre! Empieza la bulla, la venida de amigos y la de los que quieren parecerlo; gritos, abrazos, mientras yo, abatido, voy a entrar a una carrera difícil, turbulenta, peligrosa. Haré el bien y evitaré el mal que pueda: ¡dichoso si yo vuelvo inocente! Dichoso si conservo el amor y la opinión del público, que pude ganar en la vida oscura y privada”.

 

Con este pathos agitado, casi inédito en los Diarios y escritos públicos de quien fuera un extremista de la moderación, recibía Jovellanos la noticia de que sería ministro de Godoy: una nueva que a todas luces le fastidió el día (que era además un 13 de mal fario).

 

Nuestro hombre confirmó su inquietud ya en su primer encuentro con Godoy: una cena en la que, según recuerda Jovellanos, “ni comí, ni hablé, ni pude sosegar mi espíritu; huí de allí” (a la diestra y la siniestra del Príncipe de la Paz se encontraban, respectivamente, la Condesa de Chinchón y la amante de su marido, como si tal cosa). En dónde diablos me meto, debió pensar el piadoso Jovellanos, quien habría, por lo demás, de sufrir muchísimo en el poco tiempo que fue ministro: un lapso que preludió su caída en desgracia, sus problemas con una inquisición todavía en forma, su encarcelamiento, su destierro balear y dicen que hasta un envenenamiento para quitarlo de la circulación.

 

Demasiada tela para un ilustrado tranquilo, resistente a todo tipo de tentaciones, moderantísimo en sus ideas y en su vida personal y a quien interesaba más que las conspiraciones y las alharacas demagógicas tan frecuentes en política, la instrucción de mineros y pilotos en su Real Instituto de Náutica y Mineralogía, institución que parió y mantuvo con tantísimo esfuerzo y amor en su Gijón natal como parangón del progreso y las nuevas ideas.

 

Desde luego, tal y como lo pintaba Jovellanos, eso de ser ministro no es ninguna bicoca. Un sobresalto y un sinsabor permanente. Un contratiempo más bien a evitar. Avisados los que ansían.

 

Los que no oímos cascabeles sino campanas y sin saber muy bien dónde repican éstas (ya que hasta los que propugnaban la retransmisión online de las reuniones se han apuntado a lo del reservado de restaurante) nos preguntamos si los que reclaman ser “ministro o nada” están al tanto de las frustraciones, desazones y dificultades que comportan el ejercicio de una parcela del poder -por lo demás, pequeña-; sobre todo cuando se viene de la cultura del mero activismo, del escrache, de los lemas absolutos y de la asamblea universitaria (o de su recuerdo transformado ya en batallita de mili).

 

Nos preguntamos, yo al menos lo hago -y con cierta inquietud- si los que muerden por la púrpura y la cartera desde el ámbito morado sabrán lidiar en su fuero interno y en su locuacidad externa con las limitaciones reales impuestas por el ciclo económico, por la relación entre gastos e ingresos, por el principio de legalidad, por la situación internacional, por la aritmética parlamentaria o por los compromisos de estabilidad suscritos en Europa…

 

Tampoco sabemos por dónde saldrán estos defensores del no aplicable derecho de autodeterminación cuando -como cada septiembre y este con sentencia a la vista- se añadan unos grados al caldeado ambiente en Cataluña. No sabemos si un posible ministro de Podemos al ser interrogado sobre la actuación del tercer poder del Estado será capaz de acogerse a la formalista (y tranquilizadora) fórmula del “respetamos las decisiones judiciales y la separación de poderes”.

 

Cómo se articulará la relación de los posibles ministros de Podemos con las estructuras de su partido sabiendo que es muy difícil que un secretario general se someta pacíficamente a la autoridad de otro con el que además ha competido a cara de perro por el mismo espacio político y electoral. ¿Estará Podemos, todo Podemos, a favor de obra?

 

El secretario general no entrará en el gobierno porque “no defiende la democracia”, según dijo recientemente el presidente del gobierno en funciones. Pese a la grave acusación (bastante como para cesar la conversación) no se ha dejado de negociar con él en horas frenéticas y se ha apalabrado la supuesta entrada, con calidad de vicepresidenta, de su compañera y mano derecha, su sosias hasta en el gesto y en la oratoria y quien de “perfil técnico” tiene más bien poco (aunque pueda resultar “machista” recordar el hecho).

 

¿Veremos el viejo truco del poli bueno – poli malo?: ministros de tono engolado desde el atril institucional con correligionarios en la barricada. Puede que el presidente de todos los españoles, en lugar de volcar sus esfuerzos en los muchos retos nacionales, se vea cada poco tiempo enredado en un ejemplo del gráfico dilema enunciado por Lyndon B Johnson sobre la conveniencia de tener cerca al objeto de desconfianza: ya saben, aquello de si es mejor tener al indio en la tienda meando hacia fuera o tenerlo fuera, meando hacia dentro. Distracciones impertinentes si uno no vive en el Far West.

 

No sabemos si los elegidos serán capaces de participar en el Gobierno de manera sostenida, creíble y con la lealtad debida más allá del mínimo común que exigen las obligaciones legales de sentarse en un Gabinete. Si habrá entusiasmo y solidaridad, corresponsabilidad, donde ahora hay desconfianza y chantaje. La prueba del nueve estará en esas decisiones difíciles que se toman desde el gobierno a sabiendas de que enajenan al partido dañando sus posibilidades electorales o introduciendo tensiones ideológicas entre sus bases apelando a la razón de estado y al interés nacional. Llegado el caso, ¿Podemos elegirá el Estado o el partido, su partido? Yo tengo una intuición pesimista.

 

Desconocemos todavía, por último, si la presencia en el gobierno de España más que a los españoles y a sus causas va a servir como balón de oxigeno para reflotar a un partido en horas muy bajas a la espera del momento más conveniente para provocar una crisis gubernamental que se desplace al parlamento y que aboque a un nuevo ciclo electoral.

 

Esperemos que quienes oigan cascabeles, si los oyen, oigan también la llamada de la responsabilidad, de lo que representa ser ministro de una nación importante como la española.

 

Yo tengo claro que hay algo peor que no tener gobierno: tener un mal gobierno.