El lío del brexit acaba con el prestigio imperial del Reino Unido

En estos tortuosos meses, los europeos supieron imponer sus condiciones ante unos británicos indecisos y divididos. Aunque, la temida posibilidad de un Brexit abrupto sigue sobre la mesa…pero hay ya un daño irreparable; la imagen de superpotencia, de solidez, de marca, de modernidad se ha roto y el Reino Unido pasa su crisis identitaria más grande que se recuerda desde la pérdida de las colonias.

Viendo la otra noche al músico británico Elton John en un concierto mágico, nos presentaba en sus vídeos de acompañamiento, imágenes de británicos y de sus usos y costumbres…todo colorado por dos tazas mug de café con la union Jack….no sé, sentí como nunca que algo me estaban quitando, rompiendo. Inglaterra, Gales, Escocía, e Irlanda del Norte son más para Europa que el cisco al que le han abocado sus políticos conservadores…..nunca se lo perdonaremos.


Hace casi tres años los británicos decidieron salir de la Unión Europea, pero sin un plan que pudiera sostener su postura. En todo este tiempo, la incertidumbre continúa en torno al Brexit. El 51% de los británicos que acudieron a las urnas el 23 de junio del 2016 decidió, tras décadas de una campaña mediática eurófoba, que su país debía salir de la Unión Europea (UE) tras casi 45 años de membresía en el bloque comunitario. Los ‘brexiters’, los que defendieron la salida, prometían un corte rápido e indoloro. Prometían recuperar una supuesta grandeza del Reino Unido que habría sido constreñida dentro de la UE. Ganaron el referéndum. Y salieron corriendo mientras dejaban atrás un juguete roto.

Boris Johnson, Michael Gove o Nigel Farage –los políticos que hicieron una feroz campaña por el Brexit– se negaron a asumir la responsabilidad, la que terminó cayendo en Theresa May, una conservadora que había sido ministra del Interior y que había defendido con la boca pequeña la permanencia en el club.

May se convirtió en una de las ‘brexiters’ más encendidas. Se dedicó a repetir que era mejor salir de la UE sin acuerdo que con un mal acuerdo. Notificó la salida a Bruselas –el centro de poder europeo– abriendo un proceso de negociación de dos años sin haber previsto plan alguno, sin saber qué relación quería con el club ni si contaba con apoyos suficientes.

La Comisión Europea, una máquina burocrática muy bien engrasada y con una experiencia negociadora formidable, impuso desde el primer día las condiciones de la salida. No fue una negociación, fue un dictado. No hubo partido, los funcionarios europeos arrasaron a los británicos, que parecieron ‘amateurs’. Bruselas impuso fechas, modalidades y hasta el lugar de las reuniones: la capital belga.
El equipo del negociador europeo Michel Barnier decidió dividir la negociación en dos. Primero se hablaría del divorcio y solo después de haberse consumado se trataría, en un período transitorio, de la futura relación. Londres tuvo que aceptar. El Gobierno Británico estableció la fecha de salida: sería el 29 de marzo del 2019.

Bruselas impuso sus prioridades: factura de salida de casi 50.000 millones de euros, respeto escrupuloso de los derechos de más de tres millones de europeos residentes en el Reino Unido y prohibición de levantar una frontera física entre Irlanda e Irlanda del Norte para no poner en riesgo los acuerdos de paz que acabaron con el terrorismo norirlandés.
May tuvo que tragar el acuerdo y lo firmó a finales del año pasado, pero desde entonces fracasó tres veces al intentar que fuera aprobado por su Parlamento. Bruselas decidió que el acuerdo no se tocaba y que Londres podía pedir una prórroga de la fecha de salida, romper el proceso y anular el Brexit, o salir del bloque sin acuerdos, un salto al precipicio en términos económicos y políticos.

El Gobierno Británico, sin control alguno de su Parlamento, con ministros dimitiendo desde hace meses y sin más plan para sacar adelante el acuerdo, tuvo que pedir una primera prórroga. Europa aceptó mover la fecha de salida del 29 de marzo al 22 de mayo. Este miércoles volvió a retrasarla hasta el 31 de octubre, noche de Halloween. Un compromiso entre el miedo al caos de la alemana Angela Merkel y la impaciencia del francés Emmanuel Macron.

Yo solo pienso si otro país como España e Italia, también grandes y con poder, hubiesen dado este espectáculo….seguro que nos habían echado de todos los foros….seguro.

Bruselas volvió a imponer condiciones: el Reino Unido ha participado en las elecciones europeas de finales de mayo y se compromete a no incordiar el normal funcionamiento de la UE. El 23 de junio se han cumplido tres años del referéndum y el Reino Unido seguirá siendo miembro de la UE.

Ni Londres sabe cómo salir sin romperse los dientes, y en Europa nadie quiere asumir la responsabilidad de acabar con la agonía y desconectar al paciente inglés. Bruselas repite que nunca provocará la ruptura y que su estallido es responsabilidad de Londres. Esa ruptura brutal puede provocar daños económicos que el Reino Unido no ha visto en décadas y envenenar sus relaciones con el bloque europeo durante generaciones.

Los ‘brexiters’ prometieron que el Brexit permitiría a Londres retomar el control. Pero el destino de su país se decidió hace unos días a última hora del día en Bruselas sin presencia de funcionario británico alguno en la sala porque los líderes de los 27 países de la UE hicieron salir a May para tomar una decisión sobre la prórroga. Como si Londres se hubiera convertido en la capital de una república bananera cualquiera, haciendo que Theresa May, humillada, se viera en la necesidad de decir a sus homólogos que “el Reino Unido es un país serio”.

Una prórroga larga hará que veamos otros asuntos en la agenda. Hay problemas apremiantes, como las relaciones comerciales con Estados Unidos, las relaciones en general con China y Rusia. Así que el ‘brexit’ se calmará en Bruselas y el Reino Unido podrá tener su debate nacional.

El país está dividido generacionalmente, geográficamente entre el campo y las ciudades. Los partidos políticos están divididos, así como el Parlamento. El sistema político británico no tiene mecanismos para alcanzar consensos nacionales y no hay tradición de esos consensos, salvo en la situación extraordinaria de la Segunda Guerra Mundial. Un segundo referéndum podría cambiar eso si se diera un resultado aplastante para una de las opciones, pero lo más probable es que el resultado sea muy ajustado.
El Reino Unido siempre tuvo un papel particular en la UE. No participa en el euro ni en el espacio de libre circulación Schengen. Siempre fue el diferente, pero en general la UE se ha beneficiado de la membresía británica. La mayoría de la gente sentiría alivio si siguiera en el bloque. La historia se debe escribir con mayúsculas y el Reino Unido no es una República del tercer mundo, la Historia se puede reescribir con valentía y a la altura de las circunstancias.