Género averiado

En avanzando la canícula y el calendario y en comprobando que sigue la nación desgobernada –y sin visos- uno siente rebullir un fastidio que no sabe a qué atribuir exactamente. Puede ser la sensación de haber vivido ya antes un largo intermedio como este. Un lapso en el que todo funciona de la manera más habitual y conveniente: la administración pública, los hospitales, los números de la macroeconomía, la zurda de Rafa Nadal… y en el que, sin embargo, la política permanece en funciones. Las cosas siguen por su raíl pero la política se instala en vía muerta. Los guardagujas electos parecen no tener claro si las vías se empalman por este lado, si el cambio se opera por aquel otro, ni qué hacer en general con las palancas que se traen entre manos y que gestionan porque les han sido confiadas por acuerdo de todos nosotros.

Uno se sulfura de más cuando le insinúan (y ya se ha pronunciado con el tono grave de la amenaza) que a lo peor nos toca rascarnos de nuevo el bolsillo y comprar otro billete para septiembre u octubre: que la máquina no marcha ni para delante ni para detrás y que eso es lo que hay. Por megafonía: “atención, repetición de elecciones: hagan, ciudadanos, otra vez su trabajo y hagan también el favor de votar un poco más clarito, que hay aquí montada una intransitable maraña de vías, cables, señales ininteligibles y semáforos en rojo.” ¿De verdad es tan complicado?

Uno no vivió aquello, pero le cuesta imaginarse a un jefe de estación llamado Adolfo Suárez lanzando un mensaje como ese a un mes de firmarse los pactos de la Moncloa; a un Manuel Fraga renunciando a mirar a la cara a Santiago Carrillo y escupiendo a su paso; a un Felipe González construyendo desde la oposición no una alternativa responsable sino desempeñando un papel de zascandil enredador, de saboteador de todo lo posible. La imaginación no me da para establecer una comparación entre Miquel Roca y la actitud de los actuales representantes de la ‘Minoría Catalana’. Me han de perdonar.

Si la presente situación se dilata a lo largo del verano como el calor dilata los cuerpos correrán de sombrilla en sombrilla, de piscina en piscina (es de suponer que con decreciente interés, tendente a cero) los rumores sobre el último veto, el establecimiento de la terminante línea roja, lo inadmisible que resulta la mera idea de reunirse.

Podría hacerse por esta vez un experimento y ver qué sucedería en merenderos, playas y zaguanes de pueblo si lo que se nos filtrara interesadamente del contenido de esas reuniones, no-reuniones y contactos a media luz no fuera precisamente la aparente ausencia de contenido o las imposiciones de nombres, cargos y ultimátums sino las propuestas políticas puestas sobre la mesa por cada uno de los interlocutores en política energética, educación, medio ambiente, pensiones, acción exterior, política territorial o reforma institucional. Puede que nos lleváramos una sorpresa.

Me aparto de caer en el halago fácil (auto-halago, en realidad), consistente en decir que el pueblo es mejor y más valioso que sus élites o que la separación entre la España real y la oficial (en términos de Julián Marías) sea hoy mucho más ancha de lo que ha sido.

Pero sí cuesta encontrar, al menos en el microcosmos en que uno se mueve y en las conversaciones de que se envuelve (salvo algún fanático anecdótico) esa sensación que sí llega a trasmitir la política actualmente: la de haberse convertido en un conflicto entre máscaras cada vez más endurecidas y rígidas. La impresión de que la palabra ha quedado sustituida por una serie de poses ensayadas para Instagram. Por otro lado: la sospecha –o la constatación- de la inquina personal irresistible y la desconfianza supersticiosa que se tienen los respectivos líderes políticos.

Es cuando uno se ve tentado de volver la vista a la Transición (sin idealizarla) para decirse: “con estos políticos no hubiéramos hecho carrera, a saber cómo hubiéramos acabado”. O incluso una tentación aún más visceral y castiza: el pensar que en esto de los políticos “está averiado el género”, que “aquel que no es un listo es malo, y aquel que no es malo es pésimo” y que “en hablando mal de todos (pero muy mal) siempre acierto”. Son palabras del barbero Lamparilla, del maravilloso barberillo de Lavapiés, quien hablaba así por mediación de la pluma de todo un Larra (Luis Mariano, hijo de Fígaro). No se sabe bien si en 2019 o en 1874. O si siempre, hacia el infinito.

Todo este pesimismo son tentaciones, claro. Uno todavía cree en cosas. Son cabreos que ya pueden con justicia imputarse al calor inclemente y son bostezos como de siesta larga que podemos perdonar a los cronistas faltos de material noticioso. Al final hay que confiar… y con estos bueyes tenemos que arar. Podría ir mejor pero no nos va tan mal. Me digo.

Y recuerdo que Lamparilla acababa su perorata antisistema con un “basta de política, ¡merendemos!”

Salud, dinero y bellotas.