La sangre que nos queda

Fue en Punta Umbría, a primeros de este mes de mayo que acaba, donde conocí a Natalia Jaramillo, una joven poetisa colombiana de Envigado, el municipio del área de Medellín donde se crió el narcotraficante Pablo Escobar.

Yo visitaba fugazmente el EDITA de este año, el festival iberoamericano de la edición, la poesía y las artes que cada primero de mayo se celebra en esta localidad onubense desde hace 25 años y, como digo, allí conocí a Natalia. Traía en su mochila su último poemario “Toda la sangre que nos queda”  y me regaló un ejemplar mientras cenábamos. Por cortesía le eché un primer vistazo y leí un par de poemas, en el intermedio entre la ración de chocos y la de adobo. Los versos escritos llamaron mi atención hasta el punto que esa noche no pude conciliar el sueño hasta no terminar de leer todo el libro que, afortunadamente para mí, no era demasiado extenso. Después lo he releído un par de veces más.

Este descarnado poemario me hizo retrotraerme al Medellín que conocí a finales de los años 80. Ese Medellín violento, al que coloquialmente llamaban “Metrallo” y que me aterró. Yo formaba parte de una delegación de la Cruz Roja Española que tenía la misión de identificar necesidades sociales (Ni que decir tiene que el informe que hicimos de aquella visita fue bastante extenso). Fueron unos años crueles, “años de plomo” les llamaron allí.

Una ciudad dominada por un cártel de la droga que no atendía a razones, en un país que contaba además con tres importantes grupos guerrilleros y con decenas de grupos paramilitares, todos ellos hiperactivos. Aquella Medellín es la que describe los poemas salidos de la pluma de una chica que no conoció aquello. Su juventud hace que su visión procede más del conocimiento transmitido por sus mayores que de sus propias vivencias personales. Y aun así desgarran sus versos como si hubiese sido ella la protagonista o, al menos, testigo de todo aquello.

Es un poemario oportuno. Oportuno porque conservar la memoria es siempre necesario; pero también -y sobre todo- porque las noticias que nos llegan desde la amada Colombia, nos devuelve hoy a aquellos años de plomo. El nuevo Presidente, Iván Duque, está embarcado en desandar el laborioso y esperanzador camino emprendido hace unos años por su antecesor, Juan Manuel Santos, que consiguió desmovilizar al principal grupo guerrillero, las FARC, dialogar con el último que queda en activo, el ELN, y que fue recompensado con el Premio Nobel de la Paz de 2016.

Duele Colombia, pero gracias a mujeres y hombres valientes, como Natalia, queda alguna esperanza de que no todo se deshaga. Ojalá se imponga la cordura y no haya que hacer una segunda parte de aquel poemario que desgarró mi alma en aquella habitación de Punta Umbría.