«Elogio de Valls, un republicano»

Manuel Valls demuestra estos días saber moverse en el terreno de lo posible con mucho más realismo (e idealismo, curiosamente) que la mayoría de los representantes políticos actuales.

Por un lado reconoce que un gobierno local dirigido por Ada Colau (a la que apoyaría ‘sin condiciones’ en la investidura pese a la lejanía ideológica) sería la opción menos mala para Barcelona en el contexto actual.

Por el otro, sabe identificar la opción peor en términos de convivencia y de pura eficacia municipal: la opción que protagonizaría un nacionalismo hoy por hoy incorregible, un separatismo obsesionado con su programa máximo, sin propósito de enmienda ni interés real por nada que no sea la república-quimera. Una hipótesis que situaría al frente de la primera ciudad catalana a uno de los dos arietes responsables del asedio antidemocrático de octubre.

Una posibilidad que además necesitaría imbricar (embaucar) al PSC y a los Comunes. Para ello se recurre al señuelo de una supuesta “agenda social” compensatoria, absolutoria y potencialmente capaz de sumergir a sendos partidos en el Leteo (el río mítico del olvido completo). Asaltan la constitución, dinamitan la autonomía catalana, inobservan como norma los derechos de la minoría… pero tienen “agenda social”. Algo así como los pantanos de Franco, por seguir con la parábola hídrica. Si de olvidos va la cosa: ¿dónde estaba la tal agenda durante los gobiernos despiadados y privatizadores de la derecha catalana sostenidos por Esquerra?

No estamos acostumbrados a esa forma directa y manifiesta con que se expresa en política el ex primer ministro francés. La reacción instintiva de muchos es buscarle tres pies al gato a la mano tendida de Valls, quedando así el puño independentista fuera del campo de visión. Hasta la misma Colau (destinataria del cabo que se le lanza) recela y parece dispuesta a sacrificarse como alcaldesa rechazando el apoyo de Valls. Lo que sea, cualquier cosa antes de que no sé qué movimiento social de no sé cuál negociado la acuse de haberse dejado pactar por “un facha”.

Tan férrea y cerrilmente se nos ha instalado la política de bloques «neo-bipartidista» a ultranza que creemos que no es posible saltar ese jorfe, ni siquiera ponerse de puntillas para ver si lo que hay al otro lado merece la pena. Algún día, a propósito, alguien me explicará el motivo por el cual ERC debe quedar automáticamente del lado de acá –del lado progresista, del lado de la Ilustración y la contemporaneidad- (¿será sólo por su primera inicial?) Poco parece.

Para elevarse sobre el muro lindero hacen falta valentía, honestidad política, saber mirar y entender algo de horizontes. El mundo cartesiano obliga al realismo, a tirar de calculadora, a prestar atención al número de escaños. Pero el bien común obliga a reflexionar sobre el uso –la utilidad- que se le quiere dar a los escaños que uno ostenta y que ha merecido –supuestamente- para traer a la realidad los valores e ideales que se aspira a representar.

Esto de Valls ensanchando las espaldas para las críticas y esperando pescozones de los propios es un bello ejercicio político, un bello “resignarse a vivir” (enjundioso e hispanísimo lema senequista encarnado aquí muy bien por un francés) y que supone justo lo contrario a la renuncia, a la ‘resignación del sí’. Lo opuesto a plantear la vida como un todo o nada permanente para terminar prefiriendo la nada a la transacción, en fatal abandono y en tedioso seguidismo de lo que sugiera la inercia o lo que imponga un comité central generalmente soberbio y alejado del caso a caso y del día a día.

Saber que siempre se puede optar dentro de lo posible y que nuestras opciones tienen consecuencias e inciden, para empezar, sobre la propia credibilidad es un bello ejercicio de responsabilidad que merece todo el respeto.

Valls llega a explicitar que romperá su vinculación con Ciudadanos (ya de por sí desahogada) si este partido opta en otros lugares por lo peor, que es -para un republicano liberal contrario al nacionalismo y “enfant de la Patrie”- sentarse al lado o en las rodillas de la extrema derecha nacionalista à la Le Pen (VOX) y no con un socialdemócrata metafísico, templado y bonachón como Ángel Gabilondo, por ejemplo.

El comité central de Ciudadanos y su altisonante líder –el impaciente e inmaduro Rivera, promisor de sorpasos que nunca llegan y autoproclamado líder de la derecha- apuntan que lo que manda es la inercia de Andalucía. Que PP, Ciudadanos y Vox eran tres papeletas distintas a disposición del votante dominguero pero que son todo mezclado y todo lo uno en la urna sellada. Seguimos con los ríos, ahora con Juan de Mena: ‘Arlança, Pisuerga e aun Carrión gozan de nombres de ríos; empero después que juntados llamámoslos Duero: fazemos de muchos una relación’. Cuánto se puede aprender de los ríos. Y qué bravo baja hoy el de la derecha.

Valls es creíble y coherente cuando afirma lo que afirma. Hace algo razonable que en estos tiempos encanallados nos parece extraordinario: saltarse el guión, poner el interés general por delante de la pose y la palabra por encima de la sobreactuación. Será cosa de la Virtud republicana.