De los márgenes del debate: de la eutanasia al suicidio por acoso

Esta semana hemos sido convulsionados con dos episodios con la muerte como protagonista. Este tabú de la muerte se ha adueñado de debates y noticieros, pues eran contenidos dignos de ser tenidos en cuenta por la presión mediática oficial sin poder entrever que había elementos comunes en el contenido de ambos luctuosos acontecimientos.

La primera coincidencia es tener a la muerte como protagonista de ambas situaciones. Es decir: ya llegamos tarde. Emergen lamentos, análisis, puntos y contrapuntos, opiniones y comentarios pero acciones, lo que se dice acciones, no.

Otro contenido a resaltar es que le edad de los protagonistas se encuentra en los extremos opuestos del espectro etáreo, mientras en un caso nos adentrábamos en plena tercera edad, en el otro apuntaba a la etapa de la adolescencia. Interesante, porque la muerte en un extremo se la espera como compañera eventual que amenaza con sus garras emponzoñadas y en el otro caso se la rechaza porque la vida se inicia con desbordante emergencia y pujanza.

En ambos casos la muerte irrumpe de forma voluntaria y con apariencia abrupta y descarnada. Cuando así acontece una circunstancia y todo el mundo se lanza a opinar con fruición, nos amenaza el simplismo reduccionista con contenidos preñados de argumentos leguleyos y/o moralistas en los razonamientos y exposiciones, con harta frecuencia.

Morirse, la muerte, dejarse morir o buscarla de forma activa es algo muy serio como para dejarlo en manos de tertulianos más o menos vociferantes y cargados de dardos emponzoñados en una baba decadente e irrespetuosa.

La muerte es una estación más, la última eso sí, de nuestro desarrollo biológico. Es algo natural y lógico, salvo que suceda en circunstancias muy especiales asignadas a la edad y/o la forma y manera en que acontece. El comentario “inesperado hecho luctuoso” tiene reminiscencias de evitar comprometerse y utiliza composiciones barrocas.

En esta semana hemos tenido un caso de una grave enfermedad degenerativa de 30 años de evolución, sin tratamiento médico alguno y en ese proceso el sujeto dice que quiere morirse, que no tolera más vivir así. En un acto valiente y de voluntad: quiere morir, su proceso está en fase final pero su duración será indeterminada. El sufrimiento personal se hace intolerable y solicita morir, desea poner fin a esa situación.

Analizar ese acto requiere un respeto importante hacia la voluntad de los sujetos y a su libertad como personas. Con un nivel y un funcionamiento cognitivo normal una persona dice: no quiero sufrir más esta enfermedad que me consume y me degenera todas y cada una de mis funciones somáticas y mentales. No quiero seguir siendo reo de ese sufrimiento amargo y silente. Es un ejercicio de libertad y decisión personal de primer rango, sobre todo porque la ciencia le reitera: no se puede hacer más. En este caso la dignidad de la persona se ve comprometida porque la deriva degenerativa y depauperante se incrementa y llega a términos de intolerancia personal porque no se siente viviendo una vida digna y suficiente tras 30 años de evolución del proceso y donde lo paliativo resulta ser insuficiente.

Este es uno de los casos que incurren de lleno en los supuestos que contemplaba la ley de eutanasia, de muerte con dignidad que la actitud sectaria y poco razonable de la mayoría de la mesa del Congreso de los Diputados ha retrasado el debate por 19 ocasiones. Un proyecto ley garantista y con los controles adecuados de tipo clínico y en la toma de decisiones, un proyecto ley modélico, respetuoso y riguroso. Ante esta falta de sensibilidad legislativa, el marido decide llevar a cabo un acto de amor con respeto a la dignidad de su esposa. Ahí es donde llega la irracionalidad: aparece la justicia y le detiene, según la ley actual es culpable.

Sí, es culpable de amar a su esposa, de respetar sus deseos, de ocupar un lugar sensible cuando la insensibilidad legislativa lo ha impedido, una minoría en la Mesa ha ocupado el lugar de la mayoría del Congreso, se ha tergiversado el principio de la democracia por el ejercicio de un poder sesgado de forma omnipotente. Sí, se es culpable de comprender por encima de comparecer, efectivamente la compasión limita y hace emerger sentimientos de culpa y ambivalencia, es la comprensión la que posibilita tomar decisiones en momentos de tensión evolutiva y vital. La compasión, en estos casos, es una consecuencia de pensamiento casi mágico de poderes sobrenaturales, una conmiseración basada en algo superior e intangible que nos domina y nos hace tender a la perfección. Por el contrario, la comprensión introduce el estado de la ciencia, la racionalidad, la posición empática hacia el ser que sufre, este acto de comprender sitúa la decisión del lado de la excelencia y de la calidad de vida, de la calidad de las decisiones, de la calidad del pensamiento y de la calidad de la dignidad como persona.

El segundo caso que les propongo pensar es otra muerte acontecida en situaciones bien diversas. Es de un adolescente, iniciaba su vida y decide quitársela de forma voluntaria, el motivo es bien diferente: no podía seguir soportando la presión a la que se veía sometido. Un adolescente, en la flor de la vida y no soporta la presión de la vida en el centro escolar, según señala en una nota que deja escrita.

El suicidio es la causa de muerte más prevalente, tras los accidentes, en la adolescencia, originando sus tentativas la primera causa de ingreso hospitalario en esta etapa de la vida. La conducta suicida resulta compleja de estudiar por razones diversas, entre las que destaca, una vez más, los contenidos culturales y de creencias personales y familiares.

En el suicidio en la adolescencia inciden multitud de factores y que, en la gran mayoría de las ocasiones, interactúan entre sí. La conducta suicida resulta ser la gota que colma el vaso, pero la responsabilidad no es totalmente de la gota que desborda, sino del hecho que hace que el recipiente se encuentre lleno. Son factores de vulnerabilidad personal, características de tipo psico-biológico de la persona (genética, procesos mentales,…), con los factores de riesgo a los que se encuentra sometido, por lo tanto son contenidos psico-sociales (acontecimientos vitales estresantes, estrés agudo o crónico de impacto, red de apoyo deficitaria, acoso,…). En este vaso lleno de estas condiciones tan complejas puede acontecer que caiga una gota y la persona decide dar un paso para “solucionar” la situación en su conjunto. Así se toma la decisión de quitarse la vida como final de tanto sufrimiento percibido y sentido.

En este caso el colegio le agobiaba y ya había tenido la experiencia de otra compañera que, agobiada, se había quitado la vida.  Surge la gran duda: ¿estaba siendo acosado, como causa del agobio? Posiblemente sea difícil de determinar, porque como dice el Prof. Ebstein, de la Universidad de San Diego, el acoso se caracteriza por ser “el silencio epidémico”. A los centros escolares les cuesta aceptar las situaciones de acoso, en este tienen una experiencia previa y resultaría intolerable institucional y socialmente una repetición de la causa desencadenante. No encontrar un hecho de acoso concreto no quiere decir que no haya existido. Que pudieran existir procesos intercurrentes en ese adolescente tampoco excluye del impacto de un posible acoso. Son datos.

De nuevo hay que apelar a los contenidos funcionales del proceso mental de la comprensión de los fenómenos, más allá de la narración vacía de contenidos. El principio de complejidad nos exige no caer en simplismos reduccionistas basados en descripción de hechos puntuales. El acoso no suele ser constante, pero su presentación es prolongada en el tiempo y tiene fases de reagudización, pero persiste el contexto amenazante de forma subyacente y crónica, que en la actualidad no se detecte no quiere decir que un tiempo pretérito no aconteciera y que la percepción subjetiva del acosado no lo tenga presente de forma, casi casi, permanente, es lo que se conoce como “flash back” muy característico del denominado como Síndrome de Estrés Postraumático, en el caso de la infancia y adolescencia, según Eleonor Terr, sería el tipo III (presentación crónica con fases de reagudización), el que más asociación tiene con conductas autolíticas.

Dos acontecimientos ocurridos en esta semana, los dos relacionados con la muerte, en edades diferentes, con contextos muy diferenciados, pero el impacto social ha sido tremendo. La respuesta institucional totalmente diferente.

Nadie asume nada. Nadie coge al toro por los cuernos. En el primer caso defender la opción de la ley de eutanasia con los mecanismos garantistas que se crean pertinentes. En el segundo caso la necesidad de profesionales con formación específica en los trastornos mentales de la infancia y la adolescencia como una imperiosa necesidad.

A las dos familias, mi respeto y comprensión.