¿Pueden las máquinas pensar?

La inteligencia artificial ya está presente en nuestras vidas y no tiene nada que ver con robots antropomorfos o máquinas malvadas que quieren controlar el mundo; la IA que nos acompaña en nuestro día a día es aquella que nos recomienda playlist sobre la base de nuestros gustos, la que nos ayuda a llegar a ese recóndito pueblo en el que pasaremos el fin de semana o la que nos escucha cuando utilizamos uno de los servicios por voz como Siri o Alexa.

Por supuesto, a medida que los algoritmos se perfeccionen y los investigadores desarrollen inteligencias artificiales más complejas, más profundo será el impacto de la IA en nuestra cotidianidad, empezando por la ya cercana irrupción de los coches autónomos.

Pero hay otro aspecto de las IA que tanto por práctico como por filosófico obsesiona a los expertos en la materia: la capacidad de razonamiento, pensamiento y humanidad que pueden llegar a desarrollar las máquinas. Y aunque existen varias herramientas para comprobar el nivel de inteligencia de una IA, la más conocida y significativa es, sin duda, el Test de Turing.

El concepto del Test de Turing es bastante sencillo: una persona se sienta frente a un ordenador y chatea con “alguien” durante un tiempo estipulado. Si, tras finalizar el tiempo, la persona no puede asegurar si su interlocutor es un humano o una máquina, el test se habrá pasado con éxito.

En realidad, el test original propuesto por Turing, del cual existen numerosas variantes, establecía que la prueba debía durar 5 minutos y que el interlocutor debía estar convencido de estar hablando con un ser humano el 70% del tiempo.

Aunque en teoría parece bastante simple, la práctica ha demostrado que engañar a un ser humano para que piense que al otro lado hay una persona de carne y hueso es muy difícil.

Desde los años 90 se vienen realizando todo tipo de concursos y pruebas que se basan en el Test de Turing, pero fue en el año 2014 cuando el test fue superado por primera vez. En teoría. La prueba fue organizada por la Real Sociedad de Londres y consistió en una serie de conversaciones de 5 minutos en las que hubo un participante que destacó por encima del resto: Eugene Goostman. Fingiendo ser un niño ucraniano de 13 años, este chatbot consiguió engañar al 33% del jurado, que aseguró que detrás del monitor había un niño real.