Apuntes del federalismo del XIX español

El federalismo surgió en el seno de la izquierda del progresismo en los años
cuarenta del siglo XIX como una alternativa al centralismo del Estado liberal.
En la década siguiente, Pi i Margall expuso la primera formulación federalista
en su ensayo La revolución y la reacción, publicado en 1854. El autor se
enfrentaba al autoritarismo imperante en las relaciones humanas y planteaba la
necesidad de un pacto entre hombres iguales y libres. Ese sería el primer paso,
ya que, en un segundo escalón se produciría ese pacto en los municipios,
después en la región y, por fin, en la federación. Pi i Margall pudo perfeccionar
sus primeras formulaciones, un tanto abstractas, incorporando las aportaciones
de Proudhon cuando tuvo que marchar al exilio en 1866.
El federalismo adquirió un gran protagonismo en la Revolución de 1868 que
derribó a Isabel II. Los defensores del federalismo se organizaron a través del
Partido Republicano Democrático Federal, frente a la otra corriente del Partido
Demócrata que aceptó el principio monárquico de la Constitución de 1869 en
una suerte de accidentalismo político. La república era contemplada como una
propuesta igualitaria pero el partido no tuvo un programa concreto ni una
dirección política clara, generando no pocos conflictos en su seno. Existían dos
grandes tendencias. Un sector era conocido por el sobrenombre de los
intransigentes -uno de cuyos principales líderes fue José María Orense- y eran
partidarios de aplicar el programa radical de las juntas revolucionarias, es decir,
la supresión de las quintas, la abolición del impuesto de los consumos y otras
medidas de carácter social. La república federal, según este grupo, debía
formularse de abajo a hacia arriba. Este sector era fuerte en Andalucía y en toda
la zona mediterránea y protagonizaron diversas insurrecciones hasta marzo de
1870. Frente a este sector a la izquierda, otros federalistas eran más moderados,
los llamados benévolos, siendo Pi i Margall su principal líder. Los benévolos no
compartían la urgencia de los intransigentes y pretendían llegar a la república
federal a través de un proceso progresivo, garantista y legalista. La federación se
construiría desde el poder central sin una separación o independencia previa
que supusiera la destrucción del Estado como pretendía la tendencia más
radical.
En esta época el federalismo tuvo una clara vinculación con el movimiento
obrero. Las sociedades obreras de Cataluña adoptaron el programa y el
calificativo de “federal” y la presencia obrera en el partido y en sus candidaturas
fue notable, al menos hasta 1870. Pero la relación con los sectores obreros se fue
diluyendo debido a la creciente influencia anarquista y por el desengaño que el
movimiento obrero terminó por sentir hacia el republicanismo. Este hecho nos
permite comprobar que el republicanismo federal fue, en realidad, un proyecto
radical de ciertos sectores de la clase media que unía la necesidad federal con
ciertas políticas reformistas y con un acusado laicismo, pero sin llegar a
presentar un programa de cambios sociales profundos. El Partido Federal no
articuló un programa que intentara cambiar la estructura social española, algo
que, entre otros factores, tiene que ver con su fracaso en el Sexenio. Otro factor
que explicaría que no cuajara la solución federal tuvo que ver con la desunión
interna, ya estudiada, y que estalló cuando el Partido consiguió el poder al

proclamarse la I República. Pi i Margall y los benévolos en el gobierno no
pudieron frenar a la tendencia intransigente. Se presentó un proyecto de
Constitución Federal, que organizaba a España en quince estados federales más
Cuba y Puerto Rico. Aunque nunca entró en vigor, este texto constitucional
merece atención porque es, sin lugar a dudas, el más renovador de todo el siglo
XIX y no solamente en relación con la estructura de España. Pero la presión del
movimiento cantonalista, de los intransigentes, así como la de los republicanos
moderados centralistas derribaron en julio de 1873 a Pi i Margall. Terminaba,
de ese modo, el intento de vertebrar federalmente a España.
Cuando Pavía se pronunció los defensores más radicales del federalismo fueron
perseguidos. Pero el federalismo había calado en la sociedad española y no
desapareció. Pi i Margall siguió siendo la gran cabeza del federalismo. De esta
época es su obra más conocida e influyente, Las Nacionalidades (1876), donde
defiende un proyecto de pacto federal, pero Estanislao Figueras no estaba de
acuerdo con la idea del pacto y decidió fundar el Partido Federal Orgánico,
aunque sin mucho éxito. Hacia 1880 el federalismo consiguió reorganizarse. En
1883 el Partido Federal aprobó un proyecto de Constitución Federal Española,
pero continuaron existiendo las divisiones entre los más radicales y los más
pragmáticos o posibilistas, que defendían la necesidad de participar en las
elecciones. Esta división y ciertas ambigüedades del propio Pi sobre la
oportunidad o no de participar en el sistema político de la Restauración fueron
determinantes a la hora de que el federalismo perdiera fuerza en las últimas dos
décadas del siglo XIX. Muchos federalistas terminaron por recalar en otras
formaciones o tendencias: los regionalismos catalán y gallego o en las
organizaciones obreras, especialmente en el seno del anarquismo más que en el
universo socialista.
En 1901 muere Pi i Margall y el Partido entra en franca bancarrota. Por el
contrario, las ideas federalistas no se marchitaron como ocurrió con la
organización política que las había defendido. El federalismo se coló en parte de
los programas de las distintas formaciones políticas republicanas catalanistas.
En 1910 los federalistas catalanes impulsaron la creación de la Unión Federal
Nacionalista Republicana. El federalismo reverdece al proclamarse la II
República, especialmente gracias al espíritu que inspiró los proyectos
autonomistas catalán y gallego. Pero el Estado español se constituyó en integral,
según expresaba la Constitución de 1931, porque, aunque se reconocía la
autonomía de los municipios y de las regiones, así como el derecho a la
organización de regiones autónomas, no se admitía la federación de regiones
autónomas y el proyecto autonomista catalán fue rebajado sustancialmente en
las Cortes.