Corre el tiempo político

 

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Fernando Magro

En los primeros días de septiembre la doble sesión de investidura de Rajoy fracasó. Su previsto y voluntarista calendario también dejó de tener vigencia. Era parte de la táctica del miedo, para unos, y la ocasión y argumento para evidenciar la irresponsabilidad de los que no le dejaban gobernar y que conllevaría importantes consecuencias: no habría presupuestos, no se podría negociar el ajuste con la UE y, con ello, no se subirían las pensiones; se congelaría el sueldo a los funcionarios y no podrían atenderse los importantes retos de consolidación de la floreciente economía española. Además, sufriríamos no una reprimenda de la UE, sino una multa de 6.000 M€. Mentiras y mentiras, una vez más.

Las elecciones autonómicas en Galicia y País Vasco eran el nuevo punto de referencia y, por ello, hasta pasado el 25 de septiembre se detenía el proceso de investidura que para Rajoy era imperativamente urgente desde el lejano 26-J.

Había quedado claro que el rechazo a la investidura de Rajoy era un claro voto de censura. 180 votos en contra frente a 170 a favor del presidente del gobierno, aunque fuera en funciones. Y aunque no se tratara de una moción para sustituirle tiene el mismo significado político.

Nunca antes un candidato a la investidura que se presentara a ella con 170 votos había sido rechazado, sino confirmado para que pudiera formar gobierno, y, además, en esos casos, los gobiernos que se formaron fueron monocolores y las legislaturas normales en su duración.

Este resultado claramente incapacita a Rajoy para volver antes del 31 de octubre a plantear una nueva propuesta de investidura, porque previamente precisa el encargo del Rey, que es previsible después de lo ocurrido desde el 20-D que no lo haga si no se le garantiza el éxito del intento. Y eso sigue siendo impensable que Rajoy pueda conseguirlo, ya que depende casi en exclusiva del cambio de posición del PSOE y esto no parece formar parte, al menos en lo referido a su persona, en ninguna de las opciones que pudiera reconsiderar el Comité Federal (CF) de ese partido.

La primera conclusión de esta serie de hechos solo lleva a la opción de Rajoy y del PP de apostar decididamente por la celebración de terceras elecciones. Eso necesariamente precisa ser acompañado de una campaña cada día más intensa que derive la responsabilidad en exclusiva de ese falsamente no deseado proceso electoral al PSOE y, especialmente, a Pedro Sánchez (PS).

En las semanas que han pasado todo esto se pone cada vez más en evidencia. Se intensifica en los medios afines del PP, que ya son prácticamente todos, al incluir también con la fe del converso al grupo PRISA, la descalificación de PS que se acompaña de un importante despliegue para poner de manifiesto cualquier movimiento de crítica o de opinión alternativa a la de PS, que es la oficial del partido.

Destacados barones, encabezados por Fdez.-Vara, presidente extremeño, discrepan del inmovilismo de PS; reclaman un debate abierto e intenso en la organización, que debe tener lugar en un urgente CF. Pero mientras se celebra, no pierden ocasión para adelantar su posición siempre contraria a la del SG, que en principio expresa lo aprobado en el anterior CF que trató en profundidad la situación política derivada de las elecciones del 26-J. Eso da pie a que se critique a Fdez-Vara por otros militantes y, a continuación, otros salen en su defensa, pero no de sus posiciones sino de su libertad de expresión y opinión que parece ponerse en cuestión. Se aprovecha para recordar que es un importante activo de la tradición socialista. El proceso puede incluso considerarse poco airoso tratando de ocultar la misma posición que mantiene Fdez-Vara pero sin asumirla públicamente. Sería más clarificador dejarlo claro aunque pueda ser algo más arriesgado en la vida interna del partido. Hemos visto y seguiremos viendo como el proceso se realimenta. Se ha unido el presidente de Aragón; la presidenta de Andalucía; el de Valencia, a la vez que guarda ahora silencio el primer inspirador de la teoría de gobernabilidad necesaria que fue Felipe González.

Simultáneamente se le da una extraordinaria importancia a los procesos electorales autonómicos en curso. En otra ocasión hubieran pasado casi desapercibidos. Se quiere hacer ver que un mal resultado el próximo 25-S sólo puede y debe interpretarse como un fracaso de PS y una desautorización de su forma de conducir el proceso político de negación del gobierno a Rajoy. Es una posición fácilmente ganadora porque los resultados de 2016 necesariamente tienen que ser inferiores a los de 2012 porque entonces no participaba en ellos Podemos y las confluencias y mareas gallegas tampoco existían. Los escaños que ahora obtengan serán a costa de las opciones progresistas y en primer lugar del PSOE, especialmente en el País Vasco, con la paradoja que allí serán los votos de los diputados socialistas, aunque sean menos que la vez anterior, los que decidan en solitario la continuidad de Urkullu y el PNV al frente de la gobernación de Euskadi.

Se sigue pensando que PS y la dirección del PSOE debieran haber replanteado en un CF anterior a la celebración de esas elecciones parciales el debate sobre todo el proceso de investidura a partir del fracaso de Rajoy. Ello evitaría que el resultado de estas contaminara el análisis y decisiones que, en su caso, deban tomarse y afrontarse. Su celebración posterior se verá innecesariamente afectado por esos resultados parciales frente a la importancia del momento político que exige examinarlo en su totalidad y sin contaminaciones parciales. El verdadero problema trata de la gobernabilidad de España. Y ese debate se va a mezclar con ingredientes de censura para PS en una especie indeseable de primarias de las primarias. 

Qué hacer en el Comité Federal

Es muy posible que se llegue a su celebración habiendo obtenido unos resultados electorales poco brillantes, como se ha comentado, en las autonómicas comentadas.

Pero junto a ello es posible que PS no pueda avanzar el éxito de la alternativa que ha planteado al resto de partidos para conseguir una salida distinta a Rajoy, que pasaría por un apoyo a un gobierno progresista encabezado por el PSOE, en coalición o monocolor y ello en estos momentos al margen de la concreción final de la persona que lo pudiera encabezar.

De estos intentos se sabe poco. Seguramente eso es una buena noticia política, ya que no se están transmitiendo las conversaciones en vivo y directo. Pero lo poco que trasciende parece suficiente para deducir que C’s no estaría dispuesto, de forma alguna, a abstenerse ante un acuerdo entre PSOE y Unidos Podemos. Como, además, se precisaría la abstención de los nacionalistas y de los soberanistas, la posición de C’s se ve reforzada en su negativa. Ante esta posibilidad algo parecido cabría esperar del debate en el seno del CF del PSOE. Ya hemos oído a Ibarra y no estaría solo planteando una distancia total con los independentistas y con Unidos Podemos. Parecen los que así ven la realidad política más radicales que el PP, que no ha hecho ascos al voto de los catalanes del partido sin nombre (CiU antes) para elegir a Ana Pastor al frente del Parlamento y que Rajoy recibiendo de forma muy cordial y dicharachera a los dos más genuinos representantes de ERC en La Moncloa y también más que C’s que se ha beneficiado del mismo acuerdo y ha conseguido dos “sillones” en la mesa del congreso. Las tierras extremeñas parecen de una especial complejidad política interpretativa, desde los orígenes de sus máximos responsables, como en todas las peripecias de apoyos y coaliciones que últimamente se han puesto de manifiesto para la formación de los gobiernos.

Así las cosas no es presumible que el debate en el CF aporte grandes novedades. Se mantendrá el “no” a Rajoy con nitidez, lo que puede haberse reforzado por los casos conocidos de flagrante corrupción, estupidez, falsedad y mentiras: Soria y Barberá especialmente. Cabe esperar que se mantenga también la reserva nítida ante cualquier posible planteamiento de consulta refrendataria, especialmente en Cataluña y, por ello, solo parece posible que se mantenga la falsa expectativa de un acuerdo con C’s y Unidos Podemos muy condicionada a su no participación en un posible gobierno y a su distanciamiento temporal expreso de consulta en Cataluña que, además, debería ajustarse a una legalidad futura, ya que no se considera posible la presente.

Si eso es así, sólo quedaría certificar que la estrategia de Rajoy y del PP es la del éxito, al conducir a nuevas elecciones encabezadas por él que así tendrá una vez más la ocasión de verse fortalecido junto con todos sus casos de corrupción que, además, estarán pasando por los tribunales. De nuevo habrá que escuchar que, al margen de lo que digan los tribunales, todo lo hecho es convalidado por el voto ciudadano en una clara, dramática, disolvente y perversa interpretación de la democracia representativa que ensombrece no sólo el presente sino el futuro.

Ante ese indeseable proceso electoral no es fácil vislumbrar razones objetivas para que la posición del PSOE se vea reforzada más que en la adhesión o apoyo de una parte, seguramente mayoritaria, de sus militantes pero poco más. De nuevo se montarán campañas, aún más intensificadas contra PS, contra el PSOE, su irresponsabilidad, sus malos resultados autonómicos y, sobre todo, se insistirá en la desunión, en las guerras internas y en los renacidos EREs con esa calificación poco soportable de penas de cárcel para Griñán y de inhabilitación para Chaves, a lo que se unirán falsas cifras e imágenes de los principales y más zafios protagonistas.

Si este relato fuera algo parecido a lo que cabe esperar, el 25 o el 18 de diciembre, que al final tanto da ante la fatalidad política de unas terceras elecciones, los resultados de la derecha seguirían presumiblemente en aumento. Recordar que ahora solo les faltan seis escaños para esos 176 de la mayoría absoluta. No es una cifra irreal para su consecución. Si se alcanzara iría acompañada de un nuevo descenso de la opción que representa C’s. De nuevo se preferiría el original a la copia y ahora con mayor motivo ante el contenido del acuerdo entre ambos partidos. Pero la clave es la suma. El 20-D sumaron 163; el 26-J sumaron 169. La progresión aritmética nos llevaría a 175. Con Coalición Canaria llegarían a 176.

En ese caso y al margen del resultado que obtuviera al PSOE, sus votos ya no serían necesarios; ni para la investidura; ni para la formación del gobierno; ni tan siquiera, como ahora, para poder liderar la oposición ante una coalición en minoría de 170 frente a 180. Todo sucedería sin el voto del PSOE y sin su posibilidad de alternativa. Pasaría a la oposición directamente y con muy buena conciencia y preservando nítidamente sus valores frente a la indecencia e indignidad de Rajoy que seguiría siendo legal y legítimamente el viejo presidente del gobierno de la corrupción y nuevo una vez convalidada.

En esa situación, se insiste, que daría lo mismo cual fuera el resultado electoral del PSOE de cara a la gobernabilidad y a las políticas que cabría esperar de la derecha. Sería indiferente que tuviera 85, 100, u 80 diputados. Si fueran 100 se podría sacar pecho y recuperar una posición de liderazgo de la izquierda y de reafirmación de sus posiciones en este lamentable y largo periodo. Sería un buen resultado de cara al interior del partido y de consolidación de PS de cara al Congreso. Si fueran 80 todo sería al contrario y tendría como posible resultado una debilitación de la opción socialista en la izquierda española y el comienzo una vez más de una nueva andadura de profunda crisis interna.

Seguro que pueden esperarse y ser posibles otros resultados. Pero puede asegurarse que no serán muy distintos. El que pudiera darse como alternativa en las terceras elecciones que no gobernase el PP ni se hundiera el PSOE sólo significaría que nos quedaríamos como estamos. Con una suma de diputados de la derecha inferior a 176 y con una suma de la izquierda, comandada por el PSOE, alrededor de 160-165. ¿Habría merecido la pena el camino de desgaste democrático; de distanciamiento con la ciudadanía; de pérdida de valoración internacional? y como más importante ¿de distancia con los problemas reales de la gente? Y eso a donde conduciría ¿A unas cuartas elecciones? ¿A un abandono definitivo de la política por parte de Rajoy? ¿A una consolidación de PS para evitarlas a través de un acuerdo con el PP sin Rajoy?

Todavía hay tiempo. Se considera muy necesario que se aproveche el mes que queda a partir del 25 de septiembre para dar una salida que a toda costa impida el tercer proceso electoral o, si ello no fuera posible porque el PP lo impidiera de forma terminante, idear una alternativa, una opción, que explicada con rigor a los electores progresistas, pudiera ser lo suficientemente convincente y fuerte para impedir, en primer lugar, su abstención y para que optaran con decisión para castigar de forma rotunda a una derecha difícilmente soportable.

Por supuesto que no es sencillo. Pero al menos debería dejarse claro que el primer motivo de la posición del PSOE en todo este proceso ha estado y debe seguir estando basado en valores, que conducen inexorables al rechazo total, frontal y no negociable de la presidencia del gobierno por Rajoy como representante máximo y consentidor, en el mejor de los casos pasivo, de una política de corrupción sistémica en el país y en su propio partido.

Que sin ese gran obstáculo puede haber camino que recorrer en unas conversaciones de revisión de parte de las reformas llevadas a cabo por el PP en estos cuatro años en los aspectos más lacerantes para las clases medias y, especialmente, para los más desfavorecidos. Aspectos de la reforma laboral; de la reforma educativa; de las pensiones; de los impuestos; de los copagos y de las libertades recortadas sin posible justificación económica.

Que es preciso establecer muy en serio y sin condiciones previas de legalidad un debate sobre la estructura territorial, sus competencias, sus aspiraciones y sus recursos, para profundizar en la unidad, desde el reconocimiento de la diversidad y con la solidaridad como punto de referencia permanente.

Que eso debe hacerse con respeto, con diálogo y con un claro objetivo regeneracionista de mejorar cada día y en cada paso la calidad de la democracia. Revisando la ley electoral, el reglamento del Congreso, la transparencia; de verdad. Todo con el máximo rigor, sin extremismos, ni oportunismos, ni populismos, para desde la educación ciudadana y la máxima independencia judicial dar pasos radicales en el saneamiento de la acción de gobierno y de los partidos frente a la corrupción.

Si no se recorre un camino semejante, habrá presumiblemente terceras elecciones. Si se impiden bajo estos o parecidos planteamientos habrá mucho que hacer en la sociedad y en el parlamento para llevarlos a cabo y mucho también que hacer en el interior de los partidos.

Fernando Magro