Cuando el terror usa un niño bomba para sembrar dolor

En la estrategia del terror cualquier instrumento que ayude a sembrar sangre y miedo vale perfectamente, ya sea un coche bomba, un ataque con disparos o un niño suicida. El horror se consagra cuando el instrumento es un niño de doce años, reclutado en una madrassa – escuela coránica – y cuyo ingenuo cerebro ha sido lavado para cumplir una misión religiosa. Los autores de la estrategia cumplen con el objetivo de causar dolor sin importarles que para ello hayan empleado la vida de un niño.

En este caso, las fuerzas de seguridad afganas han desbaratado este sábado un plan de atentado suicida de esas mismas características del grupo terrorista Red Haqqani, que pretendía detonar unos explosivos adosados al cuerpo de un niño de 12 años en medio de una muchedumbre en un combate de lucha en la ciudad de Qala e Naw, en el noroeste de Afganistán.

 

El grupo terrorista había seleccionado y preparado al niño de 12 años para hacerse explotar en mitad de una multitud en un evento deportivo

 

 

Según la Inteligencia afgana (NDS, por sus siglas en inglés) el grupo antigubernamental había seleccionado ya a un menor de apenas 12 años para perpetrar el ataque contra un estadio en el que se iba a celebrar dicho evento deportivo, ha publicado la agencia Jama.

Por su parte, el grupo terrorista, considerado cercano a los talibán, no ha realizado ningún comentario una vez frenado su propósito criminal.

 

 

En la estrategia del terror es habitual encontrarse con prácticas criminales e inhumanas, como la de usar un ‘niño bomba’, ya que aprovechan cualquier recurso para cumplir sus fines de causar el mayor daño posible

 

 

El reclutamiento de jóvenes y niños para engrosar las listas de los grupos terroristas e incluso llevar a cabo ataques suicidas es una práctica regular tanto del movimiento talibán como de la Red Haqqani, dos de los grupos terroristas más violentos de la zona. Se considera que las madrasas donde los pequeños acuden a estudiar son el medio más común para reclutar a nuevos miembros de los comandos terroristas, ya que las familias envían a sus hijos a estas instituciones al amparo de la educación y el alojamiento que reciben porque así satisfacen necesidades básicas que ellos no pueden atender en las circunstancias en las que se encuentran.