El ignominioso silencio cuando el atentado no es en casa

 

Un terrorista suicida, al parecer militante del Daesh, ha acabado con las vidas de al menos 26 personas y ha causado heridas a más de setenta en un atentado al hacer estallar su cinturón explosivo en medio de una multitud en un parque en Iskandariya, un pueblo al sur de Bagdad, tras un partido de fútbol local, mientras se entregaban unos premios entre los jugadores y los aficionados. Un asunto de menor orden en los medios.

No ha sido en una estación de metro ni en unos trenes de cercanías. Pero hay una honda proximidad entre este atentado y otros que todos tenemos grabados. La proximidad tiene que ver con la naturaleza social de las víctimas: transeuntes, personas sin una relevancia institucional o política, trabajadores descansando o camino del puesto laboral. Personas corrientes que mueren por el odio brutal de unos enfermos que no dudan en morir ellos también para hacer daño a los demás.

 

 

Todos conocemos el significado mortal del fanatismo. La implacable ira que lo alimenta y el juego brutal del dolor en el que se desenvuelve

 

 

Pero eso ya lo sabemos todos. Todos conocemos el significado mortal del fanatismo. La implacable ira que lo alimenta y el juego brutal del dolor en el que se desenvuelve. También sabemos que no todos quieren morir, que los hay más espabilados y que dudan de los premios del más allá aferrandose a las cosas pueriles del más acá, aunque se tengan que arrastrar por las cloacas hasta caer en manos de sus perseguidores para contarles todo lo que pregunten sin ponerse colorados. Siempre hubo clases. Ahí tenemos el caso de Abdesalam, que no solo dejo inmolarse a su hermano en París sin hacerlo él, sino que siguió sin querer morir cuando estaba acosado por la policía llamando a sus amigos a que ellos si murieran actuando como consecuencia de su detención.

También sabemos que no es lo mismo ser occidental, europeo, habitante de una ciudad que sufre repentinamente el horror, que ser de un país castigado por la guerra, la desesperación de los enfrentamientos y la barbarie de una convivencia sustentada en la violencia. No, no es lo mismo. Que nadie pretenda convencernos de lo contrario. No se ilumina en Empire State con los colores de la bandera iraquí salvo, suponemos, que cuando han culminado una invasión. No es lo mismo ser afgano que belga. Correr lejos de las bombas si eres francés que huir de ellas si eres sirio.

 

 

No es lo mismo el espacio informativo que se dedica a un atentado en el continente europeo, que lo que se considera ‘un acto más de violencia’ allí donde los europeos, y los americanos, juegan las cartas de sus intereses.

 

 

 

No es lo mismo el espacio informativo que se dedica a un atentado en el continente europeo, que lo que se considera ‘un acto más de violencia’ allí donde los europeos, y los americanos, juegan las cartas de sus intereses. Es más común ver a los dirigentes de esta Europa hablando de Al Assad diciendo que debe irse – ¿será por algo entonces que huyen los sirios si debe irse?  ¿o el problema ya se asume que es el Daesh?- que verlos reconociendo el enrome dolor que el juego de la guerra contra ‘el enemigo’ ha causado entre la población.

Los ‘refugiados sin refugio’ que están a las puertas de Europa son personas iguales que los que corrían por el metro de Bruselas, la sala Bataclan o la estación de Atocha huyendo de cada atentado, del ensordecedor espanto de las bombas: personas corrientes. Sabemos muy bien quienes son los muertos de los atentados en nuestras patrias, pero no tenemos ni idea, ni queremos saber quienes son, los muertos allí donde los gobiernos, los intereses y los negocios han creado el mal que mata de igual modo. Nunca sabremos quienes son todos y cada uno de los muertos de Bagdad, ni sus sueños, ni sus ilusiones, ni sus ganas de vivir ni siquera sabemos que son personas corrientes que podríamos ser nosotros.

Pero eso no interesa. Veremos las consecuencias.