Don Antonio Machado, un refugiado como tantos otros

 

“Estos días azules, este sol de la infancia”. En el bolsillo de su abrigo, Antonio Machado guardaba escritos en un papel arrugado sus últimos versos. Moría un 22 de febrero de 1939, en Coullure. Había escapado de final de la Guerra Civil con su madre, junto a miles de compatriotas que habían  elegido el camino del destierro para evitar la represión del ejército franquista, vencedor de aquella terrible contienda.

La obra de Machado habla por sí misma. Uno de los escritores más valiosos de la historia de España, poeta y ensayista, representa uno de los pilares de nuestra literatura contemporánea. Pero Machado representa, también, el papel del compromiso, no solo estético sino también político en uno de los momentos decisivos de nuestra historia. Apostó por la República porque ella representaba el progreso y la justicia social o, al menos, el intento sincero por conseguirla frente a las viejas estructuras de la monarquía borbónica que había sumido a España en el atraso y el abandono de la mayoría.

Machado asumió un papel decisivo en la hora más difícil de su patria. Y, por ello, acabó en el exilio y en él encontró la muerte. Del patio de Sevilla a las tierras de Soria, del Madrid que bien resiste a la al pirineo por el que habría de huir en compañía de su madre, lejos de su hermano que había elegido el bando nacional. Recordar a Machado hoy obliga a la lectura de su obra. Y obliga de igual modo a imaginar su salida de España, huyendo de la violencia sectaria de la guerra, emprendiendo un viaje imposible hacia la vida, camino de la muerte.

No puede ser ajena la conmemoración de esta fecha triste de nuestra literatura y de nuestra sociedad sin interpretar el terrible paralelismo que hay entre los millares de hombres, mujeres, niños, de familias enteras, que salieron de su patria escapando del horror para hacer posible una esperanza de subsistencia lejos de las bombas y los abusos de una violencia indiscriminada contra la población civil.

Machado fue un refugiado en Francia. Como luego lo serían otros insignes escritores de toda Europa. Imaginarlo hoy junto a otros refugiados que abandonaban su patria porque esta los había abandonado nos da idea de otros miles y miles de refugiados que hoy, no muy lejos, huyen a través de Europa, la misma Europa, de otra guerra, otros horrores. Conmemorar a Machado es imposible sin mirar a los ojos de los hombres y mujeres a los que Europa hoy da la espalda; porque Antonio Machado hizo su camino al andar, como hacen las inmensas columnas de refugiados que ahora mismo viajan por los caminos de Europa.

Antonio Machado