España, entre mitos y botijos, anclada para siempre

 

Deberíamos soltar la piedra de una vez. Coger a Sísifo y decirle, esto es tuyo, carga tú con ello. Pero vamos doblados por las calles con el peso imaginario de nuestra culpa, de nuestros errores y lo que es peor, de nuestros aciertos. Lo que más nos duele es tener razón, sobre todo cuando, como le ocurría a Casandra, sabemos que lo que va a pasar siempre es turbulento. La amenaza en el pensamiento y en la realidad da forma a nuestras pesadillas. Lo que tenga que ocurrir, ocurrirá; y cuanto más horrible, antes pasará. Ese es es el sino de esta España. Nuestra calamidad principal.

Por eso, no es extraño que la desesperanza anide en el mismo rincón cálido de nuestro imaginario donde también habitan nuestras expectativas. En España imaginar siempre es un duelo, un proceso de dolor contenido con todas sus etapas. El pesimismo no es que aliente nuestros actos, es que explica nuestras decepciones: la fatalidad absorbe todo y nos sumergimos en ella más como consuelo que como reacción crítica. De hecho, desde el 98 no somos en absoluto críticos con nuestro ser, con nuestra naturaleza colectiva. Al contrario, elegimos el camino de Azorín, que no es otra cosa que un histórico ‘esto es lo que hay porque esto es lo que ha habido siempre, y bendito sea’.

 

 

Rajoy no es un tipo llegado antes de ayer, sino hace cientos de años. Estaba ya oculto entre legajos mientras gobernaban España los Austrias menores, aprendiendo su papel, y desde allí ha ido aupándose, sobresaliendo en el caciquismo de la Restauración y en el Cocido de Lalin

 

 

España es así, un país provincial y de subsecretarios, la suma de un millón de poblachones en los que el tedio se agranda por la decadencia, administrado por una corte de los milagros sin piedad. Y así será. Los intentos del cambio siempre fracasan ante la fortaleza del adversario ancestral. Rajoy no es un tipo llegado antes de ayer, sino hace cientos de años. Estaba ya oculto entre legajos mientras gobernaban los Austrias menores, aprendiendo su papel, y desde allí ha ido aupándose, sobresaliendo en el caciquismo de la Restauración y en el Cocido de Lalin, hasta llegar a la síntesis: Alianza Popular, la partida de los siete magníficos del franquismo, el huevo de la serpiente que hoy es el PP. Tiene raíces profundas, como el Shane cinematográfico. Y su arraigo está en nosotros, en nuestra fatal incapacidad para devolverle la piedra al mito y liberarnos de la pesadilla y de los sueños en negro apagando la magia que lo hace sobrevivir.

El espectro de los malos sueños es un producto nuestro. Lo expresó Goya con mucho talento y porque le rodeaban sin cautela. Cuando la razón se apaga, se rebelan los fantasmas. Los demonios familiares, como le gustaba decir a Franco. Esos seres de nuestra creación imaginaria, pero que siempre son paradójicamente reales, adquieren la consistencia suficiente para gobernarnos cuando nos llaman, abrumados, a las urnas. Una campaña electoral es, en realidad, una borrachera de Chinchón, con todas sus fases: alegría, cantos regionales, exaltación de la amistad, negación de la evidencia… Y ahí nos cogen, cuando el delirio nos tiene extasiados y el entendimiento se nos descuelga por la baba.

Al final mandaran los mismos. La quimera durará hasta junio. Los ratones que debían auparse contra el gato se han enzarzado en un pesaroso y lamentable pasmo de idolatría a sí mismos. Encaramados sobre el queso camino de la gloria, sus patitas han resbalado por la grasa hasta las fauces mismas del felino arrebatador. Ñam, ñam, se escucha en los despachos del cambio. España es así y nosotros también. La ruleta de la fortuna estará instalada en algún país vecino mientras aquí seguimos intentando desentrañar el misterio de los espejos cóncavos y convexos del Callejón del Gato: la verdad deformada a la que oponemos el cómodo paseo por la calle Mayor, calle arriba, calle abajo, como siempre se hizo en esta España nuestra, la de la mies y del botijo.

Esto es lo que somos y lo que nos merecemos.