Europa, maldito Shylock que nos arrancas las entrañas

 

Estamos involucrados en una guerra que perderemos por desistimiento. No tiene que ver ni con clarines y trompetas de unos bárbaros que quieren asolar nuestro país. Al contrario, muchos pensábamos que la invasión del norte, la vecindad del sur, el intercambio de ideas, impresiones, incluso genes, haría mejor esto donde habitamos. Pero Ortega se equivocaba. Europa no ha sido la solución, sino el precipicio.

Las ideas disociadas de los propósitos inmediatos, se funden en espectros. Y eso es ahora lo que nos pasa. Que los fantasmas se han apoderado de todo. No hay obra representable sin apoteosis final  y sin moraleja. La nuestra, decíamos, se acaba por abandono: El sueño europeo es una traición. El patio de butacas es una sala de urgencias, el portal de una vivienda desahuciada, el comedor escolar sin ingredientes para detener la desnutrición infantil. Europa decidió ahogarnos sin cambiar el discurso moral de una construcción unida para ser mejores. El espíritu de Delors se ha extraviado entre documentos estériles, y ahora solo hay cifras y estadísticas para incrementar la presión sobre la gente.

Lo peor de esta Europa, en la que todo siempre puede ser peor, no es que haya decidido cobrarnos la deuda con una libra de carne de nuestro costado. Ya le clavaron a Jesús la lanza mercenaria del centurión romano. Shylock, instalado ahora en Bruselas, utiliza técnicas suficientes para evitar el derramamiento de sangre, al arrancarnos las carnes mientras nos asfixia la existencia. La indolencia nacional lo permite. Hemos pasado del telediario en el que el dolor y el sufrimiento de las personas era un bien augusto, capital y esencial del discurso, al arrinconamiento en beneficio del juego político chusco y vulgar de los sillones, los juegos de ajedrez y los pactos mundanos.

Nadie, en el corral de comedias de San Jerónimo, aspira el humo de Treblinka, Dachau o Auschwitz, que emerge como un recordatorio infamante de las aguas del Egeo y del Mediterráneo, plagado de cadáveres de hombres, mujeres y niños abatidos en la cruzada por hacer verdad la esperanza. Declaraciones, titulares y a lo nuestro. Un programa de información con humor nos contó, hace un milenio, que los niños de un colegio de Vallecas comían peor que los diputados madrileños de la Asamblea, el parlamento regional depositado por no pocas dosis de demagogia en el mismo barrio, para realizar, junto al pueblo, sus funciones. Ahora estamos, los unos y los otros, a Gnafron y Guignol, y no tanto a Lorca menos muñecos de trapo de lo que parecen y un buen recurso para hablar de literatura y no de la verdad.   

 

 

“Ya nadie presta un ojo para ver el desahucio de María se queda, ni el hambre infantil mitigado por la abuela ni al vecino impoluto disimulando mientras escarba en el contenedor”

 

 

Aquellos del desarraigo alimenticio y la espiral del miedo eran otros tiempos; entonces, la política mala y Europa sí eran los ejes del mal de nuestra penuria, y el dolor ajeno contaba con mucho más que unas pastillas solidarias; la información era testigo y acusador en un proceso contra el fin del bienestar. Ahora, Europa sigue lampando pero el testigo, el acusador y el protagonista de la denuncia, han declinado su responsabilidad, y ya nadie presta un ojo para ver el desahucio de María se queda, ni el hambre infantil mitigado por la abuela ni al vecino impoluto disimulando mientras escarba en el contenedor. Ahora, la política es humo y cicerones de trapo; hemos recuperado, los que podemos, la sonrisa, por ahora, mientras el amigo lejano se ahoga, metafóricamente, en los aledaños del centro preboste, y de forma real en las aguas turbias del MareNostrum, cloaca y cementerio a la vez.

Maldita Europa que cierra sus puertas a la desesperación de los que se ahogan camino de sus sueños. Maldita Europa que cierra las puertas a la esperanza de sus paisanos, que siguen acurrucados, inertes y solos, mientras pasan hambre y frío; ellos, los pobres, abandonados por los cronistas, los tertulianos, los aparejadores de este sistema informativo de ocasión y rebajas, con grandes cartelones de oferta pensados para políticos sin alma, arquitectos firmantes de la construcción de este drama, y cargados de ambición y vanidad. Esta misma España del éxodo y del llanto, se ha quedado sin camaradas. Están todos en Top Chef.

Perdemos la guerra por desistimiento, decíamos.